El último día en Tokio llega demasiado rápido. Durante el desayuno, Clara revisa por última vez el itinerario mientras yo miro por la ventana del hotel. La ciudad se mueve como siempre, ajena a que para mí este viaje ha terminado siendo mucho más de lo que esperaba.
—¿Estás triste? —pregunta Clara.
—Un poco.
—¿Por Tokio?
Pienso unos segundos antes de responder.
—No exactamente.
Ella deja el teléfono sobre la mesa y me observa.
—Entonces, ¿por qué?
Sonrío.
—Creo que por todo lo que ha pasado.
Clara me mira durante unos segundos y finalmente sonríe.
—Ha sido un viaje bastante intenso.
—Demasiado.
—Y aun así volverías.
No necesito pensarlo.
—Sí.
—Lo sabía.
Después del desayuno regresamos a la habitación para terminar de preparar las maletas. Doblo la ropa con más cuidado del necesario y compruebo varias veces que no olvido nada. Cuando encuentro el libro que compré en Kioto, lo meto en la maleta y me quedo unos segundos mirándolo. Pienso en mi madre, en la pintura que compré, en las mariposas y en todo lo que ha ocurrido desde que llegamos. Hace un año habría pensado que viajar significaba escapar de algo. Ahora entiendo que no siempre es así. A veces simplemente necesitamos alejarnos lo suficiente para poder mirar nuestra propia vida desde otro lugar.
—¿Vera?
Levanto la mirada. Clara está junto a la puerta.
—¿Vienes?
—Sí.
Cojo el bolso y salgo.
Durante el trayecto hacia el aeropuerto miro Tokio a través de la ventanilla. Intento guardar algunos detalles en la memoria: los edificios, las calles, los pequeños comercios y las personas caminando con prisa. No sé cuándo volveré, pero sé que volveré.
Cuando llegamos al aeropuerto, Clara se encarga de comprobar los billetes mientras yo me siento unos minutos. Mi teléfono vibra. Es un mensaje de mi padre.
¿Ya van camino al aeropuerto?
Sonrío y respondo.
Sí. Te llamo cuando lleguemos.
Guardo el teléfono. Durante unos segundos pienso en mi madre. Ella habría querido saberlo todo. Habría preguntado por cada lugar, cada restaurante y cada libro que compré. Probablemente también habría querido ver todas las fotografías.
La ausencia sigue doliendo, pero ya no siento que tenga que huir de ella. Quizá eso también sea parte de seguir adelante.
—Vera.
Miro a Clara.
—¿Sí?
—Tenemos que embarcar.
Asiento y me levanto para tomar mi maleta. Mientras camino hacia la puerta de embarque, siento una extraña mezcla de tristeza y tranquilidad. No sé qué me espera cuando vuelva a casa, pero por primera vez en mucho tiempo no necesito saberlo todo. Solo necesito seguir.
El vuelo de regreso transcurre con bastante tranquilidad. Clara duerme buena parte del trayecto y yo intento leer, aunque termino mirando por la ventana. Cuando finalmente llegamos, el cansancio se apodera de mí.
Mi padre está esperándome.
En cuanto lo veo, sonrío.
—¿Cómo estás?
—Bien.
Me mira durante unos segundos.
—¿De verdad?
—De verdad.
Me abraza y durante unos segundos cierro los ojos. No necesito explicar nada. Él tampoco pregunta.
Después mira mi maleta.
—¿Cuántos libros has comprado esta vez?
Me río.
—No tantos.
—Eso significa que son demasiados.
—Quizá.
Mi padre niega con la cabeza mientras caminamos hacia la salida. Y por primera vez desde que murió mi madre, regresar a casa no me produce la misma sensación de vacío.
Ella sigue faltando.
Siempre faltará.
Pero yo sigo aquí.
Y quizá eso sea suficiente para empezar de nuevo.
Los primeros días después del viaje pasan demasiado rápido. Vuelvo a trabajar, reviso correos, respondo llamadas y recupero poco a poco la rutina que dejé atrás. Mi agenda vuelve a llenarse de reuniones, proyectos, comidas de trabajo y decisiones. Todo parece exactamente igual y, sin embargo, yo no me siento igual.
Hay algo que no consigo explicar. Antes necesitaba tenerlo todo bajo control. Ahora intento dejar algunos espacios vacíos. No siempre lo consigo, pero lo intento.
Mi piel también parece mantenerse estable. No está perfecta, pero las lesiones han disminuido y la inflamación es mucho menor que durante el brote de Tokio. Cada mañana me miro al espejo. Ya no lo hago buscando defectos. Simplemente observo cómo está mi piel y continúo con mi día.