Han pasado varias semanas desde que regresé de Japón. Mi vida ha recuperado su ritmo habitual y, aunque intento conservar algunas de las cosas que aprendí durante el viaje, no siempre resulta fácil. El trabajo vuelve a ocupar buena parte de mis días, las reuniones se acumulan y mi agenda vuelve a estar llena. Hay momentos en los que me descubro haciendo exactamente lo mismo que antes: intentar organizar cada minuto, anticiparme a cada problema y sentir que, si tengo todo bajo control, nada puede sorprenderme.
Mi piel continúa bastante estable. Hay días mejores y días peores, pero ya no tengo la inflamación que tuve en Tokio y puedo concentrarme en otras cosas. Eso debería tranquilizarme y, en parte, lo hace. Sin embargo, también he aprendido que no puedo confiarme demasiado. Una mañana puedo despertarme sintiéndome perfectamente y al día siguiente encontrar una nueva lesión que me recuerde que mi cuerpo tiene sus propios planes.
Una tarde estoy revisando unos documentos en la oficina cuando mi asistente deja una carpeta sobre mi escritorio.
—Te han enviado esto.
Levanto la mirada.
—¿De qué se trata?
—Una invitación. Creo que te puede interesar.
Abro la carpeta sin demasiada curiosidad. Dentro hay información sobre una exposición internacional que se celebrará dentro de unas semanas. El proyecto reúne diferentes disciplinas artísticas y, además de la exposición, habrá varias conferencias relacionadas con la conservación de espacios culturales.
Empiezo a leer con más atención. Hay algo en la propuesta que consigue despertar inmediatamente mi interés.
—¿Dónde es?
—En Tokio.
Me quedo quieta unos segundos.
Tokio.
La palabra consigue traerme demasiados recuerdos de golpe. Las calles, las librerías, las mariposas, el hospital, Clara y, sin querer, él.
Alessandro.
No sé por qué su nombre aparece en mi cabeza con tanta facilidad. Vuelvo a mirar la invitación.
—¿Quién organiza el proyecto?
Mi asistente señala una de las páginas.
—Un estudio de arquitectura internacional. También participan varios museos y fundaciones.
Continúo leyendo. Hay una sección dedicada a la restauración y adaptación de edificios históricos para usos culturales. Esa parte me interesa especialmente.
—Quiero asistir.
Mi asistente sonríe.
—Sabía que dirías eso.
—¿Por qué?
—Porque llevas cinco minutos leyendo la misma página.
Miro el documento. Tiene razón.
—Confirma mi asistencia.
—Lo haré.
Cuando se marcha, vuelvo a mirar la invitación. No debería significar nada. Es simplemente un evento profesional, una oportunidad para conocer otros proyectos, escuchar ideas y quizá encontrar inspiración para mi propio trabajo. Nada más.
Eso es lo que me repito.
Y, aun así, cuando cierro la carpeta, vuelvo a pensar en aquella librería, en aquella sonrisa y en la última frase que me dijo.
Parece que Tokio empieza a quedarnos pequeña.
Sonrío sin querer.
Después vuelvo a trabajar.
No voy a Tokio por él. Ni siquiera sé si estará allí. Voy porque quiero ir.
Eso es todo.
Dos semanas después vuelvo a estar en un avión. Esta vez viajo sola. Clara no puede acompañarme porque tiene trabajo y, aunque insiste en que debería quedarme unos días más después del evento, le prometo que intentaré disfrutar del viaje sin llenar cada hora de actividades.
Cuando el avión empieza a descender, miro por la ventanilla. Tokio aparece otra vez bajo las nubes y siento algo extraño en el pecho. No es nerviosismo. No exactamente. Es la sensación de regresar a un lugar que ya no me resulta completamente desconocido.
Y quizá eso sea lo que más me sorprende.