La piel que habito

Lo que no contamos

Encontramos una cafetería tranquila cerca del lugar del evento. Nos sentamos junto a una ventana y durante unos minutos ninguno parece saber exactamente por dónde empezar. Alessandro mira la carta.

—¿Café?

—Siempre.

—Eso me tranquiliza.

—¿Por qué?

—Porque después de conocerte en un museo, un hospital y una librería, empezaba a pensar que cada encuentro iba a ser completamente diferente.

Me río.

—No sé si eso es algo bueno.

—Todavía no lo he decidido.

El camarero se acerca y hacemos nuestro pedido. Cuando se marcha, volvemos a mirarnos.

—Así que llevas varios años viviendo en Tokio —digo.

—Sí. Vine por un proyecto que debía durar dieciocho meses.

—¿Y te quedaste?

—Como puedes ver.

—¿Por qué?

Mira hacia la ventana.

—Porque me acostumbré. Al principio todo me parecía extraño. Después empecé a encontrar lugares que sentía míos, personas que se convirtieron en amigos y proyectos que me interesaban. Y cuando quise darme cuenta, habían pasado años.

—Entiendo eso.

—¿Tú?

—No vivo aquí, pero me pasa algo parecido con algunas ciudades. Hay lugares que consiguen hacerte sentir diferente.

—¿Tokio es uno de ellos?

Pienso unos segundos.

—Sí.

No le cuento por qué. Él tampoco pregunta.

Me gusta eso.

No intenta llenar cada silencio.

Nuestra conversación continúa durante bastante tiempo. Hablamos de Italia, de Japón, de arquitectura, de arte y de libros. Descubro que tiene gustos muy diferentes a los míos en algunas cosas, pero coincidimos en otras. Me cuenta que le gusta caminar por la ciudad cuando necesita pensar y que suele visitar exposiciones sin planearlo demasiado.

—Eso no parece muy propio de alguien que trabaja con planos y estructuras —le digo.

—No todo tiene que estar planeado.

Lo miro.

—Eso lo dices porque no conoces mi agenda.

—Creo que ya empiezo a conocerte un poco.

—Ah, ¿sí?

—Lo suficiente para saber que te cuesta muchísimo no tener un plan.

Me río.

—Puede ser.

—¿Y tú? ¿Qué haces cuando quieres desconectar?

La pregunta parece sencilla, pero me quedo callada durante unos segundos.

—Leo.

—Eso ya lo sabía.

—Escucho música.

—También lo imaginaba.

—Voy a museos.

—Eso también.

—Entonces no necesitas preguntarme nada.

—Quiero saber qué más haces.

Bajo la mirada hacia mi taza. No sé por qué esa pregunta me resulta más difícil.

—A veces simplemente me siento en una cafetería y observo a la gente.

—Eso me gusta.

—¿Qué cosa?

—Que no tengas que hacer nada para sentirte bien.

Sonrío ligeramente.

—Estoy aprendiendo.

Él asiente.

Durante unos segundos nos quedamos en silencio. Pienso que podría contarle muchas cosas. Podría hablarle de mi madre, de la enfermedad, del hospital y de todas las veces que he sentido que mi piel decide quién soy antes de que yo pueda hacerlo.

Pero no lo hago.

Todavía no.

No porque quiera ocultárselo para siempre. Simplemente porque hay cosas que necesitan tiempo.

Y él parece entenderlo.

Cuando terminamos el café, salimos de la cafetería.

—¿Tienes que volver al hotel? —pregunta.

—En algún momento.

—Entonces no te entretengo más.

Lo miro.

—No me estás entreteniendo.

Sonríe.

—Bien.

Caminamos unos minutos más. Antes de separarnos, se queda quieto.

—Vera.

—¿Sí?

—Me alegra haberte encontrado otra vez.

Siento algo extraño en el pecho. No sé qué responder, así que sonrío.

—A mí también.

Nos quedamos mirándonos durante unos segundos. Después él da un paso atrás.

—Que tengas una buena noche.

—Tú también, Alessandro.

Camino hacia el hotel sin mirar atrás, pero cuando entro en la habitación, cierro la puerta y apoyo la espalda contra ella.




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