La piel que habito

Después del café

Vera

Los días siguientes pasan más rápido de lo que esperaba. Después de aquella tarde con Alessandro intento convencerme de que no significa nada. Regreso al hotel, continúo con mis compromisos profesionales y aprovecho el resto del viaje para caminar por Tokio, visitar algunas exposiciones y entrar en librerías que, según Clara, empezarían a parecer una segunda casa para mí si estuviera aquí. Pero Clara no está conmigo esta vez y, aunque durante el primer viaje habría podido contarle todo en cuanto ocurriera, ahora tengo que quedarme sola con mis pensamientos. No vuelvo a ver a Alessandro durante el resto de mi estancia. Una parte de mí se pregunta si volveremos a encontrarnos y otra intenta no darle demasiada importancia. Al fin y al cabo, nuestras vidas siguen caminos completamente diferentes. Él tiene su trabajo, sus proyectos y su vida en Tokio. Yo tengo la mía, lejos de aquí. Lo lógico sería dejar aquella tarde en la cafetería como lo que fue: una conversación agradable entre dos personas que tuvieron la suerte de coincidir varias veces.

Pero no consigo hacerlo del todo. A veces me descubro recordando alguna frase que dijo o la manera en la que me miró cuando hablábamos. No es que piense constantemente en él. No llega a eso. Simplemente aparece en mi cabeza en momentos inesperados, como cuando entro en una librería, cuando paso frente a una exposición o cuando estoy sentada en una cafetería observando a la gente. Me digo que es normal. Después me río de mí misma porque, en realidad, no sé qué significa normal cuando apenas conozco a una persona.

Mi último día en Tokio llega demasiado pronto. Estoy sentada en una cafetería revisando algunos correos cuando levanto la mirada hacia la calle. Hay personas caminando en todas direcciones, bicicletas pasando frente al escaparate y coches detenidos en un semáforo. Todo parece estar en movimiento. Pienso en lo extraño que resulta que una ciudad tan enorme pueda hacerme sentir, al mismo tiempo, completamente sola y extrañamente acompañada. Termino mi café y regreso al hotel. Tengo que preparar la maleta y organizar algunos documentos antes de marcharme. Mientras guardo mis cosas, encuentro el libro que compré durante mi último paseo por la ciudad. Lo sostengo unos segundos y sonrío. Pienso en la librería. En aquella conversación. En Alessandro. Sacudo ligeramente la cabeza.

—Basta —murmuro.

No sé si se lo digo a él o a mí misma.

Al día siguiente regreso a casa. Durante el vuelo duermo casi todo el trayecto. Cuando aterrizo, mi teléfono vuelve a llenarse de mensajes y llamadas pendientes. En cuanto salgo del aeropuerto, Tokio queda atrás otra vez. Pero esta vez es diferente. No regreso pensando únicamente en lo que he visto o en los lugares que he visitado. Regreso pensando en una persona. Y eso me incomoda.

Durante los primeros días intento olvidarlo. Me concentro en el trabajo, tengo reuniones, reviso documentos y tomo varias decisiones importantes que había dejado pendientes. Mi agenda vuelve a llenarse y agradezco esa sensación de normalidad. Es más fácil concentrarme en problemas que tienen solución que en una persona de la que no sé prácticamente nada.

Hasta que una tarde recibo un correo. Lo abro sin prestar demasiada atención. Es una invitación para participar en una reunión relacionada con un proyecto cultural internacional. Leo los detalles y frunzo el ceño. La propuesta tiene relación con un proyecto de restauración y transformación de un espacio cultural en Tokio. Continúo leyendo y descubro que algunas de las empresas participantes están trabajando directamente con el estudio de arquitectura que conocí durante mi último viaje.

Vuelvo a leer el mensaje. La reunión será en Tokio dentro de unas semanas. Mi primera reacción es pensar que podría ser una buena oportunidad profesional. La segunda es preguntarme si él estará allí. Cierro el correo. No quiero pensar en eso. Pero unos segundos después vuelvo a abrirlo. Reviso la fecha. El lugar. Los participantes. No aparece su nombre y, sin embargo, mi cabeza vuelve inmediatamente a él.

Me apoyo contra el respaldo de la silla y cierro los ojos. No sé si Alessandro estará allí. No sé siquiera si se acordará de mí. Y no sé por qué me importa tanto averiguarlo. Abro los ojos y vuelvo a mirar la pantalla. Acepto la invitación.

No voy por él, voy por trabajo. Eso me repito y esta vez intento creerme.

Alessandro

Cuando regreso a Tokio después de unos días fuera, encuentro mi escritorio exactamente como lo dejé: documentos acumulados, planos pendientes de revisar y varios mensajes de mi equipo. Mi padre está bien, lo que me tranquiliza, y el proyecto también avanza. Todo debería volver a sentirse normal. Pero no lo hace. Hay algo que me distrae. O, mejor dicho, alguien.

No he vuelto a ver a Vera desde aquella tarde en la cafetería, pero pienso en ella más de lo que esperaba. No conozco su historia completa. No sé qué le gusta además de los libros, el arte y la música. No sé cómo es su vida cuando no está viajando ni qué hace cuando tiene un día difícil. Y quizá precisamente por eso me interesa. No siento que tenga que descubrirla de golpe. Solo quiero conocerla poco a poco.

Una tarde estoy revisando unos documentos cuando uno de mis compañeros entra en el despacho.

—La reunión internacional está confirmada.

Levanto la mirada.

—¿Cuándo?




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