La piel que habito

Una razón para volver

Vera

Las semanas siguientes pasan entre reuniones, viajes cortos y una cantidad absurda de correos electrónicos. Mi vida vuelve a llenarse de horarios y responsabilidades con una facilidad que casi me resulta reconfortante. Durante un tiempo consigo dejar Tokio en un segundo plano. Trabajo desde primera hora de la mañana hasta que anochece, reviso propuestas, tomo decisiones y vuelvo a sentir que tengo el control de mi vida. Es una sensación que conozco bien y que durante años he utilizado para no pensar demasiado en todo lo demás. Sin embargo, algunas noches, cuando finalmente cierro el ordenador y me quedo sola en el silencio de mi apartamento, Tokio vuelve a aparecer en mi cabeza. No pienso únicamente en la ciudad. Pienso en el museo, en las mariposas, en aquella tarde en la librería y, aunque intento evitarlo, también pienso en Alessandro.

No sé qué me pasa con él. Ni siquiera estoy segura de que me pase algo. No hemos tenido suficientes conversaciones para llamarlo de ninguna manera. Apenas nos hemos encontrado unas cuantas veces y hemos hablado durante unos minutos. No tengo su número, no conozco realmente su vida y probablemente él tenga cosas mucho más importantes en las que pensar. Por eso me parece absurdo que su recuerdo haya conseguido quedarse conmigo después de regresar. Quizá simplemente fue una coincidencia demasiado extraña. Dos desconocidos que se encuentran varias veces en una ciudad de millones de personas. Eso es todo.

El correo de la reunión continúa abierto en mi ordenador. Lo he leído tantas veces que prácticamente me sé los detalles de memoria. El proyecto me interesa profesionalmente y eso debería ser suficiente para explicar por qué acepté participar. Hay una propuesta para integrar varias disciplinas artísticas dentro del nuevo espacio cultural y algunas de las ideas coinciden con proyectos en los que he trabajado anteriormente. Es una oportunidad importante y, si soy completamente sincera conmigo misma, también me entusiasma volver a Tokio. Lo que no quiero admitir es que existe una pequeña parte de mí que espera encontrar un nombre concreto entre los asistentes.

La reunión está prevista para dentro de unos días. Cuando llega el momento de preparar el viaje, saco una maleta del armario y comienzo a guardar algunas cosas. Esta vez no llevo demasiada ropa. Será un viaje corto y profesional. Tres o cuatro días como máximo. Me digo que no tiene nada que ver con el viaje anterior, que no voy buscando desconectar ni escapar de nada. Esta vez tengo un objetivo concreto. Trabajo.

Mientras cierro la maleta, encuentro el libro que compré en Tokio. Lo había dejado sobre una estantería y durante unos segundos me quedo mirándolo. Paso los dedos por la portada y recuerdo la voz de Alessandro detrás de mí.

"Supongo que estás mejor."

Sonrío sin querer.

—Esto es ridículo —murmuro.

Dejo el libro sobre la mesa y cierro la maleta.

No voy a Tokio por él.

Voy por trabajo.

Y esta vez estoy decidida a recordarlo.

Alessandro

La noticia de la reunión no tarda en convertirse en uno de los temas principales del estudio. Llevamos meses trabajando para conseguir que el proyecto avance y ahora tendremos la oportunidad de presentar una parte importante de la propuesta ante varios colaboradores internacionales. Para mí significa horas adicionales de preparación, revisar documentos y asegurarme de que cada detalle esté listo.

No me molesta.

Al contrario.

Este proyecto me importa demasiado como para permitir que algo salga mal.

Paso buena parte de la mañana revisando los planos de la estructura principal cuando recibo la lista definitiva de participantes. Abro el documento sin demasiado interés. Empiezo a leer nombres, empresas y cargos hasta que encuentro uno que me hace detenerme.

Vera.

Me quedo mirando la pantalla durante unos segundos.

No es una coincidencia que esté allí. Su participación tiene sentido por su experiencia profesional y por los proyectos en los que ha trabajado. Eso debería ser lo único que pienso.

Pero sonrío.

No puedo evitarlo.

Cierro el documento y vuelvo al plano que tengo delante. Intento concentrarme, pero durante los siguientes minutos descubro que estoy pensando en la última vez que la vi. Recuerdo la librería, los libros alrededor de nosotros y esa forma que tiene de sonreír cuando intenta ocultar que algo le hace gracia.

También recuerdo el hospital.

La primera vez que la vi allí parecía querer desaparecer. No sabía quién era, pero podía notar que estaba pasando por algo difícil. Nunca quise acercarme porque sentí que no me correspondía hacerlo. Después volvimos a encontrarnos y, cuando la vi rodeada de libros, parecía mucho más tranquila.

Me pregunto cómo estará ahora. Espero que esté mejor. Eso es todo lo que intento decirme mientras vuelvo a concentrarme en el trabajo, aunque una parte de mí sigue regresando a ella una y otra vez.

Mi teléfono vibra sobre el escritorio y me saca de mis pensamientos. Miro la pantalla. Es un mensaje de mi padre.

"¿Vas a cenar conmigo?"




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.