La piel que habito

Volver a encontrarnos

Vera

El avión aterriza en Tokio poco después del mediodía. Desde la ventanilla vuelvo a reconocer esa extensión interminable de edificios que tantas veces he contemplado desde el aire y, por un instante, siento una extraña sensación de familiaridad. No es como la primera vez que llegué. Tampoco como la última. Ahora Tokio parece estar en algún punto intermedio entre un lugar que conozco y uno que todavía puede sorprenderme. Bajo del avión con una maleta pequeña y la cabeza llena de cosas que debería estar pensando: la reunión de mañana, los documentos que tengo que revisar, las personas con las que voy a reunirme y la presentación que todavía quiero modificar. Sin embargo, mientras avanzo por el aeropuerto, hay una pregunta que aparece una y otra vez, aunque intento apartarla.

¿Estará Alessandro?

Me molesta reconocer que lo primero que hago al recibir la documentación de la reunión es buscar su nombre. Lo encuentro casi al final de la lista. Alessandro Moretti. Arquitecto. Responsable del proyecto de restauración y transformación del espacio cultural. Me quedo mirándolo durante unos segundos. No sé por qué me produce esa pequeña sensación de nerviosismo. Hemos hablado muy poco. No existe ninguna razón para que una reunión profesional tenga que hacerme sentir así. Cierro el documento y guardo el teléfono en el bolso.

Esta vez no voy a buscarlo.

Si nos encontramos, será porque tiene que ocurrir.

Tomo un taxi hasta el hotel y paso la tarde trabajando. Quiero llegar a la reunión preparada y, sobre todo, quiero recordar que estoy aquí por una razón profesional. Reviso los documentos, hago algunas anotaciones y modifico una parte de la presentación. Cuando finalmente termino, ya es de noche. Me acerco a la ventana de la habitación y observo las luces de Tokio. La ciudad parece exactamente igual que cuando me marché y, al mismo tiempo, completamente diferente. Me apoyo contra el cristal y pienso en mi madre. Ella habría querido saber cómo ha sido el viaje, qué lugares he visitado, qué libros he comprado. Durante un instante mi mano busca el teléfono por costumbre. Me detengo antes de desbloquearlo.

Todavía hay momentos en los que olvido que ya no puedo llamarla.

Respiro profundamente y cierro los ojos. Después de unos segundos vuelvo a mirar la ciudad. No quiero pasar la noche triste. He aprendido que echar de menos a alguien no significa que tenga que detener mi vida cada vez que aparece el recuerdo. Quizá eso también forma parte de seguir adelante.

A la mañana siguiente llego al lugar de la reunión unos minutos antes. El edificio donde se celebra el encuentro todavía conserva parte de su estructura original y eso consigue llamar inmediatamente mi atención. Hay algo en los espacios antiguos que siempre consigue hacerme detener. Las paredes parecen guardar historias incluso cuando nadie conoce exactamente cuáles son. Entro en la sala y saludo a varias personas. Dejo mis documentos sobre la mesa y saco el ordenador.

Estoy revisando una de las propuestas cuando escucho una voz detrás de mí.

—No esperaba encontrarte aquí.

Levanto la mirada.

Y ahí está.

Alessandro.

Durante unos segundos ninguno de los dos dice nada. Lleva una camisa oscura y una chaqueta ligera. Tiene el mismo aspecto tranquilo que recuerdo, aunque ahora parece completamente concentrado en el trabajo. Sonríe ligeramente.

—Yo tampoco esperaba encontrarte aquí —respondo.

—Entonces estamos igual.

Sonrío.

—Parece que Tokio sigue empeñada en hacer que nos encontremos.

—Empiezo a pensar que tiene algo personal contra nosotros.

Me río.

Y esa risa consigue quitarme de encima toda la tensión que llevaba acumulando desde que entré en la sala.

—¿Cómo estás? —pregunta.

La pregunta es sencilla, pero esta vez no me cuesta responder.

—Bien

Me observa durante un instante y asiente.

—Me alegro.

—¿Y tú? —pregunto.

—Bien. Aunque mi proyecto está consiguiendo que duerma menos de lo recomendable.

—Entonces no ha cambiado nada.

—¿Cómo sabes que duermo poco?

—Tienes cara de hacerlo.

Se ríe.

—Eso ha sido bastante cruel.

—Solo un poco.

Nos quedamos hablando durante unos minutos antes de que comiencen a llegar los demás participantes. La conversación cambia rápidamente hacia el proyecto y descubro una faceta de él que no había visto antes. Habla de arquitectura con una pasión que me resulta familiar. No intenta impresionar a nadie. Explica sus ideas con claridad, defiende algunos puntos con firmeza y escucha cuando alguien propone una alternativa.

Lo observo mientras habla y pienso que quizá esa sea la razón por la que me resulta tan fácil estar cerca de él. No intenta llenar todos los silencios, no necesita demostrar nada, simplemente está ahí.

La reunión comienza y durante las siguientes horas dejamos de ser Vera y Alessandro para convertirnos en dos profesionales hablando de trabajo. Y, curiosamente, me gusta eso. Me permite conocerlo sin sentir que estamos intentando conocernos.




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