Vera
La pausa termina demasiado rápido. Cuando volvemos a la sala, intento concentrarme en las propuestas que tenemos delante, pero ahora soy demasiado consciente de que Alessandro está sentado al otro lado de la mesa. No hablamos durante un rato. Cada uno está pendiente de sus propios documentos y, curiosamente, esa distancia me resulta cómoda. No necesito estar hablando con él todo el tiempo para sentir su presencia. La reunión continúa durante un par de horas y, cuando finalmente llegamos a un acuerdo sobre los puntos principales, varias personas comienzan a recoger sus cosas. Yo cierro el ordenador y guardo mis documentos en la carpeta, aliviada por haber terminado. Ha sido una reunión intensa, pero también mucho más interesante de lo que esperaba.
—¿Te quedas unos días más? —pregunta Alessandro mientras salimos de la sala.
Lo miro.
—Dos.
—Entonces quizá podamos coincidir otra vez.
La frase es sencilla, pero consigue sorprenderme.
—¿Quizá?
Sonríe.
—No quiero abusar de las casualidades de Tokio.
—Ya hemos tenido bastantes.
Se queda pensativo.
—Tienes razón.
—Entonces ya no sé si podemos seguir llamándolo casualidad.
Nos miramos durante unos segundos y ninguno de los dos parece saber qué decir después. Finalmente sonrío.
—Tengo que irme.
—Claro.
Doy unos pasos, pero antes de alejarme escucho su voz.
—Vera.
Me giro.
—¿Sí?
—Si mañana tienes tiempo, conozco un sitio que creo que te gustaría.
No sé por qué mi primera reacción es sonreír.
—¿Qué sitio?
—Eso tendrás que descubrirlo.
—No me gustan las sorpresas.
—Eso no me lo creo.
—¿Por qué?
—Porque tienes cara de ser una persona que necesita saberlo todo antes de decidir.
Me río.
—Quizá tengas razón.
—Entonces tendrás que confiar en mí.
Lo observo durante unos segundos. No sé si debería aceptar. Una parte de mí recuerda que apenas lo conozco. Otra recuerda que ya nos hemos encontrado demasiadas veces como para seguir fingiendo que no existe cierta curiosidad entre nosotros.
—Está bien.
Su sonrisa aparece lentamente.
—¿Está bien?
—Mañana.
—Mañana.
Me indica el lugar en donde nos vamos a encontrar, nos despedimos y cada uno toma una dirección diferente.
Camino hacia el ascensor con una sensación extraña en el pecho. No es nerviosismo exactamente. Tampoco emoción. Es algo más pequeño, más difícil de definir. Como cuando sabes que algo puede convertirse en un recuerdo importante, aunque todavía no sepas por qué.
Cuando llego al hotel, dejo el bolso sobre la cama y me siento unos minutos. Miro el teléfono. Tengo varios mensajes pendientes, pero ninguno consigue interesarme demasiado. Pienso en la conversación con Alessandro y en aquella última frase.
"Tendrás que confiar en mí."
Sonrío.
No sé qué voy a encontrar mañana.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no necesito saberlo.
Alessandro
Cuando salgo del edificio, me doy cuenta de que estoy sonriendo. No es algo que haga demasiado a menudo después de una reunión de trabajo. Normalmente termino pensando en todo lo que salió mal, en lo que hay que corregir y en las cosas que todavía quedan pendientes. Esta vez, sin embargo, mi cabeza está en otra parte. En Vera.
No sé exactamente qué me ocurre con ella. Me atrae su manera de observar el mundo, pero no quiero ponerle un nombre a algo que todavía no lo tiene. Apenas estamos empezando a conocernos. Lo último que quiero es precipitar las cosas o convertir una serie de encuentros casuales en algo que todavía no sabemos qué puede ser.
Por eso quiero enseñarle un lugar que me gusta.
No es un restaurante elegante ni un sitio especialmente conocido. Es un pequeño espacio cultural que descubrí durante mis primeros años en Tokio y al que regreso de vez en cuando necesito alejarme del ruido de la ciudad. Tiene una biblioteca pequeña, exposiciones temporales y una cafetería tranquila en la parte trasera. Creo que le gustará porque combina varias de las cosas que parecen hacerla feliz: arte, libros y un lugar donde nadie tiene demasiada prisa.
Antes de llegar a casa paso por el estudio. Todavía tengo trabajo pendiente, pero por primera vez en varios días no me importa terminar un poco más tarde. Reviso algunos documentos, respondo varios correos y dejo preparada la agenda del día siguiente. Mi padre me llama cuando estoy a punto de marcharme.