Vera
A la mañana siguiente me despierto antes de que suene la alarma. Durante unos segundos me quedo mirando el techo, intentando recordar qué tengo pendiente, hasta que la conversación del día anterior vuelve a mi cabeza. Alessandro. La reunión. Su propuesta de enseñarme un lugar que cree que me gustará. Me incorporo lentamente y sonrío al darme cuenta de que estoy pensando demasiado en algo que, en realidad, no debería ser tan importante. No es una cita. Al menos eso me digo. Es simplemente una salida entre dos personas que se conocen poco y que han descubierto que tienen algunos intereses en común. Me repito esa explicación mientras me visto, aunque incluso yo sé que no termina de convencerme.
Nos encontramos a media mañana cerca de una calle tranquila, bastante alejada de las zonas más concurridas. Lo veo antes de que él me vea a mí. Está apoyado contra una pared, mirando el teléfono, y durante unos segundos simplemente lo observo. No lleva la ropa formal de la reunión. Tiene unos pantalones oscuros, una camisa clara y una chaqueta ligera. Parece diferente cuando no está rodeado de planos, documentos y personas esperando que tome decisiones. Cuando levanta la mirada y me encuentra, sonríe.
—Llegas puntual.
—No quería darte motivos para pensar que no sé organizarme.
—Ya tengo una opinión sobre eso.
—Ah, ¿sí?
—Sí.
—¿Y cuál es?
Empieza a caminar.
—Te la diré después.
Lo sigo riendo. El lugar al que me lleva resulta ser exactamente el tipo de sitio que podría pasar horas recorriendo. Es un pequeño espacio cultural escondido entre edificios modernos, con una exposición temporal en la planta baja, una biblioteca en la segunda y una cafetería junto a un jardín interior. Me detengo apenas entramos. Alessandro me mira y parece satisfecho con mi reacción.
—Sabía que te gustaría.
—¿Cómo lo sabías?
—No lo sabía. Solo tenía una sospecha.
Después subimos a la biblioteca. Hay grandes ventanales que dan al jardín y mesas de madera ocupadas por personas leyendo. Paso los dedos por los lomos de algunos libros y encuentro una edición que llevo años buscando. La saco del estante y la miro con incredulidad.
—No puede ser.
—¿Qué?
Le enseño el libro.
—Llevo mucho tiempo buscándolo.
—Entonces supongo que Tokio acaba de darte otra razón para volver.
Lo miro.
—Quizá.
Hay algo en la forma en la que dice esa frase que hace que el silencio posterior sea diferente. Bajo la mirada hacia el libro. No quiero pensar demasiado en lo que acaba de insinuar.
Finalmente nos sentamos junto a una de las ventanas. Afuera empieza a llover y las gotas resbalan lentamente por el cristal. Alessandro observa la calle durante unos segundos antes de mirarme.
—¿Sabes qué me llamó la atención de ti la primera vez que te vi?
La pregunta me sorprende.
—¿Qué?
—Que estabas llorando y, unos minutos después, estabas sonriendo.
Bajo la mirada.
—No sabía que me estabas mirando.
—No quería incomodarte.
—No lo hiciste.
Juego distraídamente con la taza entre mis manos.
—A veces una persona puede estar triste y, aun así, encontrar un momento bonito.
—¿Eso fue lo que te pasó aquel día?
Tardo unos segundos en responder.
—Sí.
No digo nada más y él tampoco insiste. Agradezco que no lo haga. Después de unos segundos, Alessandro cambia de tema.
—¿Qué es lo que más te gusta de viajar?
Pienso la respuesta.
—Que durante unos días nadie sabe quién soy.
Me mira con atención.
—¿Y eso te gusta?
—Mucho.
—¿Por qué?
Sonrío ligeramente.
—Porque puedo dejar de ser todo lo que esperan de mí.
Alessandro permanece en silencio unos segundos.
—¿Y quién eres cuando nadie espera nada de ti?
La pregunta me deja sin respuesta. Lo miro y no sé por qué una pregunta tan sencilla consigue llegar tan lejos.
—Todavía estoy intentando descubrirlo.
Él asiente lentamente.
—Entonces quizá viajar te está ayudando.
—Quizá.
Miro nuevamente la lluvia al otro lado del cristal. Por primera vez en mucho tiempo no siento la necesidad de tener una respuesta para todo y eso, extrañamente, me gusta.
En algún momento me pregunta por mi familia y la pregunta consigue cambiar algo dentro de mí.