La pobreza del millonario [ Rom Com]

Capítulo 19

CAPÍTULO 19: Presión Familiar

Día 238 – Octavo mes, Restaurante Mirador, 11:15 AM

El Restaurante Mirador estaba estratégicamente ubicado a una hora de la ciudad, escondido en las colinas donde la élite de élite iba cuando quería privacidad absoluta de paparazzi, periodistas y ojos curiosos. No tenía nombre visible desde la carretera. No aparecía en aplicaciones de reservaciones. Solo sabías de su existencia si pertenecías a ciertos círculos, y solo conseguías mesa si tu apellido abría puertas automáticamente.

Arturo llegó quince minutos temprano, conduciendo el Mercedes que usualmente mantenía escondido. Ya no le importaba el riesgo. Si su familia iba a forzar la confrontación, al menos la enfrentaría como quien realmente era.

El estacionamiento contenía exactamente el tipo de autos que esperaba: un Bentley Continental negro, dos Range Rovers último modelo, un Porsche Cayenne gris metálico. Dinero viejo y nuevo mezclándose en una exhibición casual de riqueza. Su Mercedes encajaba perfectamente, un recordatorio brutal de que este era su mundo original, el que había estado fingiendo haber perdido durante nueve meses completos.

Nueve meses. El tiempo suficiente para gestar una nueva vida. Suficiente tiempo para que su “experimento” de tres meses se convirtiera en algo completamente diferente, algo que ya no podía controlar.

El interior del restaurante era todo madera oscura pulida, iluminación tenue que creaba sombras íntimas, y privacidad absoluta. Solo ocho mesas en el espacio completo, cada una separada por biombos decorativos que garantizaban que ninguna conversación se filtrara. El tipo de lugar donde se cerraban tratos de millones de dólares, donde se planeaban divorcios estratégicos, donde familias poderosas confrontaban a sus miembros descarriados.

La hostess —mujer de cincuenta y tantos con el porte de quien había visto todo y juzgaba nada— lo reconoció inmediatamente.

—Señor De la Vega. Su familia ya llegó. Mesa privada en la esquina trasera.

Por supuesto que llegaron temprano. Querían la posición táctica de poder, tiempo para organizarse antes de su entrada.

Arturo siguió a la hostess a través del espacio silencioso, sus pasos amortiguados por una alfombra persa que probablemente costaba más que el salario anual de una persona promedio. Pasaron las otras mesas ocupadas —ejecutivos de edad mediana con amantes jóvenes, políticos discutiendo estrategia con voz baja, herederos planeando herencias con calculadoras en mano—, cada mesa su propio drama privado.

La mesa familiar estaba en el rincón más alejado, oculta detrás del biombo más elaborado. Y ahí estaban, esperando como un jurado:

TÍA PATRICIA DE LA VEGA, sesenta años, matriarca no oficial de la familia desde que la madre de Arturo murió. Llevaba Chanel de pies a cabeza, perlas que habían pertenecido a su propia abuela, y una expresión que mezclaba preocupación genuina con exasperación maternal.

PRIMO CARLOS, treinta y cinco, CFO de las empresas De la Vega, traje Tom Ford perfectamente cortado, gemelos de oro que eran regalo de graduación de su padre. Su expresión era más fría que la de Patricia —puro pragmatismo de negocios sin el amortiguador emocional.

Y RICARDO MORALES, cuarenta y dos, su abogado de toda la vida, quien lucía exactamente como alguien que sabía que esta reunión sería un desastre y había venido de todas formas por lealtad. Llevaba un traje menos caro que Carlos pero más cómodo, corbata ligeramente aflojada —señal de que había estado preparando argumentos legales toda la mañana.

Tres contra uno. Aunque técnicamente Ricardo debería estar de su lado, Arturo sospechaba que la lealtad del abogado estaba siendo severamente probada.

—Arturo, gracias por venir —Patricia fue la primera en hablar mientras él se sentaba, su tono caminando la línea delgada entre cálido y severo—. Sé que has estado... ocupado.

—Hola, Tía. Carlos. Ricardo —Arturo señaló al mesero discretamente estacionado cerca—. Whisky, solo, por favor.

—¿No es un poco temprano para alcohol fuerte? —preguntó Carlos con una ceja arqueada—. Son apenas las 11 AM.

—Considerando lo que sospecho es la agenda de esta reunión, creo que está perfectamente justificado.

Patricia suspiró, un sonido que Arturo había escuchado desde niño cuando hacía algo que la preocupaba profundamente.

—Arturo, no estamos aquí para atacarte. Estamos preocupados. Esta... situación se ha extendido mucho más allá de lo que cualquiera de nosotros anticipó.

—Tres meses, dijiste —Carlos se inclinó hacia adelante, dedos entrelazados sobre la mesa—. Querías probar algo sobre la naturaleza humana, sobre amor y dinero. Te apoyamos, aunque con reservas. Pero han pasado nueve meses, Arturo. Nueve. ¿Cuándo termina?

—Cuando yo decida que termina.

—Esa no es una respuesta —la voz de Carlos era dura—. Eres miembro de la junta directiva. Tienes responsabilidades fiduciarias. Tu ausencia prolongada está generando preguntas. Hemos cubierto por ti con excusas sobre “proyecto especial” y “tiempo de reflexión personal”, pero la gente no es estúpida. Eventualmente alguien investigará más profundo.

El whisky llegó. Arturo tomó un sorbo largo antes de responder.

—He estado cumpliendo con mis responsabilidades esenciales remotamente. Los reportes están actualizados. Las decisiones importantes han sido consultadas.

—Consultadas a las 2 AM por email encriptado, sí —Carlos sacó su tablet—. Pero eso no es lo mismo que presencia real. El consejo quiere verte en persona. Los inversionistas están haciendo preguntas. Y francamente, Arturo, esto está afectando la valuación de la compañía. La incertidumbre sobre liderazgo se refleja en nuestro precio de acciones.

—Entonces diles la verdad.

—¿La verdad? —Carlos rió sin humor—. ¿Que el heredero De la Vega ha estado jugando a ser pobre durante casi un año para probar una teoría sobre la superficialidad humana? ¿Que has estado engañando a empleados, socios de negocios, posiblemente mujeres que confiaron en ti? Eso no es relaciones públicas, Arturo. Es suicidio corporativo.



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En el texto hay: humor, romance, amor

Editado: 20.01.2026

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