La pobreza del millonario [ Rom Com]

Capítulo 25

CAPÍTULO 25: El consejo devastador

Día 300 – Décimo mes, oficina de Adelina, 7:02 AM

La oficina de Adelina estaba bañada en la luz grisácea del amanecer que se filtraba a través de las persianas entreabiertas. Era más temprano de lo que Arturo había llegado nunca —incluso antes que ella, algo que habría sido impensable meses atrás. El edificio estaba silencioso, solo el zumbido bajo del sistema de aire acondicionado y el tictac distante de un reloj rompiendo la quietud.

Se sentó en la silla frente a su escritorio, las manos entrelazadas sobre las rodillas para ocultar el temblor. Había pasado la noche en vela, ensayando las palabras una y otra vez, borrando y reescribiendo versiones en su cabeza hasta que todas sonaban igual de inadecuadas. No había dormido. No había comido. Solo había esperado, contando los minutos hasta este momento.

La puerta se abrió a las 7:00 en punto. Adelina entró con una taza de café humeante en la mano, vestida en su traje sastre habitual —gris carbón esta vez, moño impecable, expresión profesional pero con una sombra de preocupación en los ojos. Llevaba una carpeta bajo el brazo, probablemente documentos para la primera reunión del día.

—Arturo —dijo, cerrando la puerta con un clic suave—. Llegaste temprano. Bien. Siéntate. —Gestió hacia la silla donde ya estaba sentado, luego tomó la suya detrás del escritorio, colocando la taza y la carpeta con movimientos precisos—. ¿Estás listo para hablar?

Arturo asintió, garganta seca como arena.

—Sí. Pero antes de empezar… necesito que veas algo.

Se levantó, abrió la laptop que había traído consigo —la misma que había usado para planear la gala, la misma donde los archivos de venganza habían existido hasta anoche—. Giró la pantalla hacia ella, mostrando la carpeta vacía “ARCHIVADO—NO USAR”. Un documento de texto abierto con una copia del email confesional que había eliminado la noche anterior.

Adelina frunció el ceño, se inclinó hacia adelante para leer.

Sus ojos se movieron rápido sobre las palabras. Arturo observó su rostro: confusión inicial, luego comprensión creciente, luego algo que lo golpeó como un puñetazo —traición pura, cruda, seguida de una decepción tan profunda que casi dolía físicamente verla.

Cerró la laptop con un movimiento controlado, se recostó en su silla, manos temblando ligeramente sobre el escritorio antes de entrelazarlas para estabilizarlas.

—Explícate —dijo, voz peligrosamente tranquila—. Todo. Desde el principio. Sin omisiones.

Y Arturo lo hizo.

Contó todo. Sin filtros. Sin suavizar bordes.

La obsesión que lo había consumido desde la muerte de su madre: el miedo a que nadie lo amara sin el dinero de los De la Vega. Las relaciones superficiales que confirmaban ese miedo una y otra vez. Valentina planeando una boda de tres millones como si fuera un contrato de negocios. Isabella siendo brutalmente honesta sobre lo transaccional de su arreglo. Lucía desapareciendo sin explicación. Adriana ofreciendo ayuda práctica pero manteniendo distancia.

La decisión de orquestar la farsa completa. Ricardo ayudando a falsificar documentos. La familia participando con renuencia. La rueda de prensa transmitida en vivo donde “perdió” su imperio.

Los primeros meses en el edificio decrépito. El almacén, el hambre real, las lecciones de Marco y Sofía. Cómo habían humanizado su cinismo, mostrándole generosidad sin agenda.

Y luego ella. Adelina Gómez. La oferta de trabajo que lo sacó del abismo. Cómo había visto potencial en “Arturo Vega” basado en mérito puro. Cómo trabajar con ella había transformado su visión del liderazgo, de la ética, del valor humano.

Cómo se había enamorado. Profundamente. Irrevocablemente. De su mente brillante y su corazón generoso. De cómo se preocupaba ferozmente mientras fingía ser solo pragmática. De cómo había empezado a verlo como persona, no solo empleado.

La trampa. Cómo cada día hacía la mentira más pesada. Cómo la culpa lo consumía desde adentro. Cómo su desempeño colapsaba. Cómo ella había notado, ofrecido ayuda, dicho que se preocupaba por él “más de lo apropiado profesionalmente”.

La gala. El plan de venganza contra las cuatro mujeres. Cómo había estado a segundos de ejecutarlo, pero la conversación con Adriana el día anterior lo detuvo. Cómo había borrado los archivos delante de ella, eligiendo no lastimarlas.

Y finalmente, la verdad más cruda: la familia presionando para terminar la farsa. Sebastián Mora chantajeándolo. El ultimátum de dos semanas.

Cuando terminó, su voz era ronca, las manos temblando abiertamente ahora. La sala estaba en silencio absoluto, solo el tictac del reloj marcando los segundos.

Adelina no se movió. No habló. Solo lo miró, ojos pasando por todas las emociones —shock, ira, decepción, compasión, dolor— en una danza silenciosa que Arturo podía leer como un libro abierto.

Finalmente, habló. Su voz no era enojada. Era peor: profundamente herida, mezclada con una compasión que lo destrozaba.

—Arturo… no sé ni por dónde empezar.

—Lo sé. Lo siento. No hay excusa. Ninguna. Solo… lo siento.

—No me importa tu arrepentimiento. —Levantó una mano cuando él abrió la boca para protestar—. No porque no crea que es genuino. Creo que lo es. Pero arrepentimiento no arregla lo que hiciste. No borra el hecho de que usaste mi compañía, mi confianza, mi nombre, para facilitar plan cruel. Que planeaste humillar públicamente a cuatro mujeres —humanas, complejas, con sus propias vidas— solo para validar tu propia narrativa de victimización.

Arturo bajó la mirada, incapaz de sostener la suya.

—Y lo peor —continuó, voz quebrándose ligeramente— no es la mentira sobre tu dinero. Eso es... comprensible, de cierta forma retorcida. Es la traición de confianza. Te di acceso a mí. Compartí miedos que no comparto con nadie. Te vi como… amigo. Confidente. Alguien que me veía como persona, no como CEO. Y todo el tiempo estabas manipulando, ocultando, planeando salida dramática que habría usado todo lo que te di contra mí indirectamente.



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En el texto hay: humor, romance, amor

Editado: 20.01.2026

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