La pobreza del millonario [ Rom Com]

Capítulo 29

CAPÍTULO 29: La Confesión (Parte II)

Día 301 – Décimo mes, apartamento de Adelina Gómez, 10:47 AM

Arturo se quedó sentado en su auto durante no sabía cuánto tiempo. Diez minutos. Treinta. Una hora. El tiempo se había vuelto fluido, sin significado.

El sol ya estaba alto, calentando el interior del vehículo hasta hacerlo incómodo, pero él apenas lo notaba. Las lágrimas se habían secado en sus mejillas, dejando rastros salados que picaban ligeramente. Miraba el edificio sin realmente verlo, reproduciendo la escena una y otra vez en su cabeza.

La había perdido. Completamente. Definitivamente.

Pero no había terminado. No le había dicho todo.

Los celos. La impotencia. El amor tan profundo que lo había paralizado durante meses.

Su teléfono vibró en el asiento del pasajero. Ricardo.

—¿Arturo? ¿Ya terminaste? ¿Cómo fue?

—Exactamente como esperaba. Devastador —su voz sonaba como grava—. Ella me pidió que me fuera. Dijo que me contactaría cuando estuviera lista. Podría ser nunca.

—Lo siento, amigo.

—No lo sientas. Esto era inevitable —Arturo limpió sus ojos con el dorso de la mano—. Pero Ricardo, no terminé. No le dije todo.

—¿Qué? ¿Qué más hay?

—Los celos. Sebastián, Eduardo, Mariana —todos cortejándola mientras yo solo podía observar. La impotencia de amarla sin poder competir porque revelar la verdad significaba perder todo. Y… no le dije exactamente qué tan profundo va mi amor. Me acobardé a mitad.

—Arturo, le dijiste suficiente por un día. Déjala procesar—

—No —la determinación en su voz lo sorprendió incluso a él—. Ella merece la verdad completa. No una versión editada. No una confesión parcial que me hace sentir mejor sobre mí mismo pero todavía oculta piezas —encendió el motor—. Voy a regresar.

—¿Ahora? ¿Te pidió que te fueras—

—Lo sé. Pero si voy a perderlo todo de todas formas, al menos voy a asegurarme de que sea por la verdad completa, no por la verdad a medias.

Colgó antes de que Ricardo pudiera argumentar más, salió del estacionamiento y dio la vuelta al edificio.

Presionó el intercomunicador de nuevo.

—¿Sí? —la voz de Adelina sonaba ronca, como si hubiera estado llorando.

—Soy yo. Sé que pediste que me fuera. Pero no terminé. Por favor. Cinco minutos más.

Silencio largo. El corazón de Arturo latió tan fuerte que lo sintió en los oídos.

Luego, el sonido de la puerta desbloqueándose.

Subió de nuevo. Los mismos pisos. El mismo pasillo. La misma puerta 1204.

Esta vez estaba entreabierta. Entró sin tocar.

Adelina estaba parada junto a la ventana, los brazos envueltos alrededor de sí misma como si se estuviera abrazando, mirando el parque abajo. No se volvió cuando entró.

—Dijiste que te irías.

—Dije que te diría toda la verdad. No terminé.

—Arturo, no puedo… no puedo manejar más ahora mismo.

—Lo sé. Y lo siento. Pero esto es parte de la verdad que necesitas para entender completamente. No solo qué hice, sino por qué cada día fue más insoportable que el anterior.

Finalmente se volvió. Sus ojos estaban rojos, el maquillaje corrido. Lucía pequeña, vulnerable de formas que nunca había visto en la oficina.

—Cinco minutos. Entonces realmente te vas.

—Cinco minutos —Arturo se quedó cerca de la puerta, manteniendo la distancia—. No te dije sobre los celos. Sobre tener que observarte siendo cortejada por hombres que podían ofrecerte todo lo que yo fingía no tener.

—¿Sebastián Mora? Ya mencionaste que él descubrió…

—No solo que descubrió. Que lo observé perseguirte implacablemente. Cada invitación a cena que le dabas con paciencia que nunca me diste. Cada vez que tocaba tu brazo y tú no te apartabas inmediatamente. Y yo tenía que estar ahí, tu asistente, coordinando encuentros, reservando restaurantes, sonriendo profesionalmente mientras me moría por dentro.

Su voz se quebró ligeramente.

—Eduardo Salinas. El heredero hotelero que tus padres querían que consideraras. Tuve que organizar sus citas. Literalmente reservar mesas en los restaurantes más románticos de la ciudad para que otro hombre te cortejara. Escuchar cómo hablabas de él —“es agradable, inteligente, apropiado”— y saber que yo nunca podría ser esas cosas. No como Arturo Vega.

—Arturo, no tenías que hacer eso…

—Sí tenía. Era mi trabajo. Y cada vez era un recordatorio de que había construido una prisión perfecta para mí mismo. Amándote. Incapaz de competir. Incapaz de confesar. Solo… observando mientras hombres mejores que yo —hombres honestos, hombres de tu nivel social— intentaban ganarte.

Caminó más cerca, deteniéndose a una distancia respetuosa.

—Y Mariana Osorio. Ella fue peor de cierta forma porque te vi sonreír con ella de formas que nunca sonreíste conmigo. Vi química real. Vi la posibilidad de algo genuino. Y tuve que confrontar la idea de que tal vez mi género era el obstáculo, no solo mi mentira. Que tal vez nunca hubiera tenido una chance de todas formas.

—Ella me rechazó —la voz de Adelina era quieta—. Educadamente. Pero definitivamente.

—Lo sé. Y debí sentirme aliviado. En cambio me sentí… nada. Porque incluso si ella no era competencia, alguien más eventualmente sería. Alguien honesto. Alguien apropiado. Alguien que no estaba construyendo una relación completa sobre un engaño fundamental.

Arturo se dejó caer en el sofá, el agotamiento finalmente alcanzándolo.

—La impotencia fue lo peor. No poder competir. No poder declarar mis intenciones. No poder ser nada excepto tu asistente leal mientras internamente me desmoronaba viendo a otros hombres intentar ganarte. Sabiendo que cualquiera de ellos sería una mejor pareja que yo porque al menos eran honestos sobre quiénes eran.

Se levantó de nuevo, incapaz de quedarse quieto.

—Entonces aquí está la parte final de la verdad, la parte que es más importante que todas las mentiras: Te amo, Adelina. Profundamente. Irrevocablemente. No de una forma superficial o casual o conveniente. Te amo de formas que me asustan porque nunca antes sentí esto.



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En el texto hay: humor, romance, amor

Editado: 20.01.2026

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