La pobreza del millonario [ Rom Com]

CAPÍTULO 1: Parte I

CAPÍTULO 1: La Boda de Dos Mundos

**PARTE I: LA CEREMONIA DEL CORAZÓN**

El salón comunitario del Barrio San Miguel olía a tamales recién hechos y café de olla. Las sillas plegables desiguales —algunas prestadas del comedor escolar, otras de la iglesia del padre Mendoza— formaban filas asimétricas frente a un arco improvisado de flores silvestres y listones blancos que Camila había pasado toda la noche cosiendo.

Arturo De la Vega, de pie junto a ese arco de quince dólares, sintió que su corazón latía más rápido que en cualquier sala de juntas donde había movido millones. Llevaba un traje sencillo —gris carbón, sin etiquetas de diseñador, comprado en una tienda departamental—; un atuendo que no lo definía, sino que lo liberaba.

Marco Sandoval, ahora con setenta y dos años y el cabello completamente plateado, ajustó sus lentes oscuros y carraspeó. Sus manos, marcadas por décadas de trabajo y guerra, sostenían un certificado impreso de internet que lo acreditaba como ministro ordenado de la Iglesia Universal de la Vida. Le había tomado quince minutos completar el curso en línea y enviarle el comprobante a Arturo con el mensaje: “Muchacho, si voy a verte casarte, lo haré bien. Aunque sea con papel del internet”.

—Hermanos y hermanas —la voz de Marco resonó en el salón pequeño, ronca pero firme—, estamos aquí porque estos dos tercos finalmente admitieron lo que todos sabíamos hace años.

Risas cálidas llenaron el espacio. Arturo sonrió, los ojos ya húmedos.

La puerta del salón se abrió y Adelina apareció.

No sonaba la música procesional de un cuarteto de cuerdas. Solo Sofía Ramírez con su teléfono conectado a una bocina Bluetooth, reproduciendo una versión instrumental de “La Llorona” que Adelina había amado desde niña. No había velo de encaje francés de tres metros. Solo un rebozo bordado que Eleanor Whitmore había usado en su propia boda cuarenta años atrás, prestado con lágrimas de felicidad.

El vestido de Adelina era simple —blanco, hasta la rodilla, de algodón con bordados discretos en el cuello. Costó ciento veinte dólares. Adelina Gómez, quien una vez usó un Valentino de quince mil dólares para una gala, nunca se había sentido más hermosa.

Daniel, el hijo de Sofía —ahora un joven de veinte años con barba incipiente y traje prestado—, la llevaba del brazo. Sofía caminaba al otro lado, porque Adelina había insistido: “Ustedes son mi familia. Ambos me entregarán”.

Arturo observó cómo Adelina avanzaba entre las treinta sillas ocupadas. Cada rostro era conocido, querido, ganado. Allí estaba doña Carmen de la tienda de la esquina, quien les había fiado arroz cuando Arturo “perdió todo” durante su experimento. Estaba el señor Pacheco, el veterano de una sola pierna que le había enseñado a jugar dominó. Patricia y Hector Reyes con sus tres hijos. Emmanuel y Chioma Okafor, quienes habían volado desde Nigeria para estar allí. Ricardo Morales, su único amigo de la infancia, sentado junto a su esposa, llorando sin vergüenza.

Y en primera fila, en silla de ruedas pero con postura digna, Marco. A su lado, en otra silla, el espacio vacío de su esposa Elena, fallecida dos años atrás. Sobre el asiento, una fotografía enmarcada de ella sonriendo. “Ella hubiera querido estar aquí”, Marco había dicho esa mañana. “Así que está”.

Adelina llegó al arco. Daniel y Sofía la abrazaron antes de soltarla. Camila, de diecisiete años y con el talento artístico que había heredado de Adriana, se acercó para ajustar el rebozo con manos temblorosas de emoción.

—Estás preciosa, Ade —susurró.

Adelina le apretó la mano.

Marco carraspeó nuevamente, ajustando el papel que Ricardo había ayudado a escribir.

—Arturo —comenzó Marco, su voz más suave ahora—, te conocí cuando eras un hombre roto fingiendo ser pobre. Pensé que eras idiota —risas generales—. Y lo eras. Pero también vi algo más: un hombre dispuesto a desaprender todo lo que creía saber. Pocos tienen ese coraje.

Arturo tragó saliva, las lágrimas ahora libres.

—Adelina —Marco giró su rostro hacia ella—, a ti te conocí después, cuando ya eras parte de la razón por la que este muchacho decidió quedarse. Vi en ti algo que él necesitaba: alguien tan rota como él, pero en direcciones diferentes. Juntos, se repararon mutuamente.

Marco extendió las manos. Arturo y Adelina las tomaron.

—El matrimonio —continuó Marco— no es cuento de hadas. Es trabajo diario. Es elegir al otro cuando es difícil. Es perdonar cuando duele. Es construir algo más grande que ustedes mismos. Ustedes ya hicieron ese trabajo. Este día solo lo hace oficial ante Dios, el gobierno y este grupo de testigos que los aman con todos sus defectos.

Miró vagamente hacia donde sabía que estaba la audiencia.

—¿Hay alguien aquí que objete esta unión?

Silencio. Luego, la voz de Sofía desde su asiento:

—¡Si alguien objeta, yo misma lo saco a patadas!

Carcajadas que quebraron cualquier tensión restante.

—Bien —Marco sonrió—. Arturo, tus votos.

Arturo respiró profundo. No tenía papel. Había memorizado cada palabra.

—Adelina, cuando te conocí, yo estaba ejecutando un experimento cruel diseñado para probar que nadie me amaría sin mi dinero. Y tenía razón, en parte. Pero aprendí que estaba haciendo la pregunta equivocada. No se trataba de si alguien me amaría sin dinero. Se trataba de si yo era capaz de amar sin condiciones, sin pruebas, sin manipulación.

Su voz se quebró ligeramente.

—Tú me enseñaste eso. No siendo perfecta —porque ninguno de nosotros lo es—, sino siendo honesta. Brutalmente honesta. Me viste en mi peor momento, después de confesar mis mentiras, y no me odiaste. Me viste con claridad dolorosa y dijiste: “Necesitas ayuda. Necesitas cambiar. Pero no eres irreparable”.

Lágrimas corrían libremente ahora por su rostro.

—Hoy prometo seguir haciendo ese trabajo. Cada día. No porque deba, sino porque quiero. Porque construir una vida contigo es el privilegio más grande que he conocido. Porque me enseñaste que la verdadera riqueza no está en ninguna cuenta bancaria, sino en momentos como este. En este salón con estas sillas desiguales y esta gente que nos ama. Prometo amarte en la abundancia y en la escasez. En la salud y en la enfermedad. En la fama y en el anonimato. Prometo no volver a mentirte, ni a mí mismo. Prometo ser tu compañero, no tu accesorio. Tu igual, no tu subordinado. Tu amor, siempre.



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En el texto hay: humor, romance, amor

Editado: 20.01.2026

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