CAPÍTULO 25: Dos Años de Falsa Normalidad
OTOÑO - AÑO UNO POST-VICTORIA
"¡Papi! ¡Mira lo que hice!"
Esperanza—ahora tres años, toda energía y curiosidad sin fin—corría a través del parque con hoja de papel ondeando tras ella como bandera de victoria. Su cabello oscuro, tan rizado como el de Adelina, había escapado de sus coletas y rebotaba salvajemente con cada paso.
Arturo estaba en una banca, laptop balanceada en sus rodillas, supuestamente revisando "propuesta de cliente" pero realmente aprobando fusión de $200 millones que requería su firma digital. Cerró la laptop rápidamente mientras Esperanza llegaba.
"¿Qué hiciste, cariño?" preguntó, levantándola a su regazo.
"¡Arte!" declaró, mostrándole lo que parecía ser explosión de pintura de dedos en verde, azul y algo que podría haber sido café pero esperaba que fuera marrón. "¡Es tú y mami y yo en el parque!"
Arturo inclinó la cabeza, tratando de ver figuras. "Es hermoso. ¿Cuál soy yo?"
"¡El grande café!" dijo, señalando mancha particularmente grande. "¡Y mami es la azul! ¡Y yo soy la verde porque el verde es mi favorito!"
"Por supuesto," dijo Arturo solemnemente. "Verde te queda perfectamente."
"¡La maestra Jen dice que tengo talento artístico!" continuó Esperanza, sin pausa para respirar que era característica de niños de tres años. "¿Qué es talento artístico?"
"Significa que eres muy buena haciendo arte," explicó Arturo, besando su frente.
"¡Oh! ¡Entonces tengo! ¡La maestra Jen dice!" Esperanza vio a su mejor amiga Isabela en los columpios y se retorció para bajar. "¡Tengo que mostrarle a Isa!"
Y se fue, dejando a Arturo sosteniendo la pintura de dedos que probablemente arruinaría su laptop si la acercaba demasiado.
"¿Interrumpo reunión de junta importante?" preguntó voz divertida.
Patricia se acercó, dos cafés en mano. Le ofreció uno a Arturo.
"Solo revisando propuesta," dijo Arturo, aceptando el café. "Nada urgente."
"Mmm," dijo Patricia, sentándose junto a él. "Propuesta que requiere laptop encriptada de grado empresarial. Interesante para freelance."
Arturo sintió tensión familiar. Patricia había estado haciendo estas observaciones más frecuentemente—nunca acusatorias, siempre casuales, pero definitivamente notando cosas.
"Algunos clientes requieren medidas extra de seguridad," dijo, la mentira fluyendo fácilmente ahora. "Información propietaria."
"Por supuesto," acordó Patricia, pero sus ojos decían que no compraba completamente la historia.
Observaron a las niñas jugar—Esperanza e Isabela habían desarrollado su propio mundo de imaginación donde eran "princesas astronautas" que salvaban dragones de aliens malos. La lógica era confusa pero su compromiso era absoluto.
"Son inseparables," observó Patricia. "Isabela habla de Esperanza constantemente. 'Esperanza dice esto', 'Esperanza hace aquello'."
"Esperanza es igual con Isabela," dijo Arturo. "Sería bonito si pudieran crecer juntas. Ser amigas a través de escuela."
"Sería," acordó Patricia. Luego, después de pausa: "¿Planean quedarse? ¿En Valle Sereno?"
La pregunta colgó en el aire—casual en superficie pero cargada con implicación.
"No tenemos planes de mudarnos," dijo Arturo honestamente. "Este es nuestro hogar ahora."
"Bien," dijo Patricia. "Porque sería triste si Esperanza tuviera que dejar a Isa. Corazones rotos de niñas de cuatro años son serios."
"Lo son," acordó Arturo, preguntándose si Patricia estaba hablando solo de las niñas o haciendo punto más amplio sobre confianza y permanencia.
INVIERNO
Las cenas rotativas se habían convertido en tradición.
Cada viernes, una de las cuatro familias—Vega-Morales, Reyes, Okafor, o Whitmore—organizaba cena. Nada elegante, solo comida hogareña, conversación, niños jugando mientras adultos hablaban.
Esta noche era turno de Arturo y Adelina. Su comedor—que raramente usaban para solo ellos dos—estaba lleno.
Hector y Patricia con sus tres hijos. Emmanuel y Chioma con sus dos. Charles y Eleanor. Dieciséis personas apiñadas alrededor de mesa que técnicamente se suponía sentaba ocho.
Adelina había hecho lasaña—receta que había perfeccionado durante dos años de cocinar real en lugar de tener chef. No era perfecta pero era suya, hecha con sus propias manos, y eso significaba algo.
"Esto está increíble," dijo Chioma, sirviendo segunda porción. "¿Cuál es tu secreto?"
"Tres tipos de queso," reveló Adelina. "Y amor excesivo."
Risas alrededor de la mesa.
"Tía Lina hace la mejor comida," declaró Esperanza desde su posición entre Isabela y el hijo menor de Emmanuel. "Excepto cuando quema las galletas. Entonces huele gracioso."
Más risas. Adelina se sonrojó.
"Eso pasó una vez," protestó.
"Tres veces," corrigió Arturo, sonriendo. "Pero quién cuenta."
"Aparentemente tú," dijo Adelina, lanzándole servilleta a través de la mesa.
Era momento como este—ruidoso, caótico, completamente ordinario—que Arturo más atesoraba. No había poder dynamics o posicionamiento social. Solo personas que se gustaban genuinamente compartiendo comida y compañía.
"Entonces," dijo Emmanuel, dirigiéndose a Arturo, "Hector dice que ayudaste con su software de contabilidad el otro día. ¿Implementaste sistema completo de gestión de inventario?"
"Solo sugerí algunos ajustes," dijo Arturo modestamente.
"'Ajustes' que triplicaron mi eficiencia," interrumpió Hector. "Arturo, ese sistema que configuraste es nivel corporativo. ¿Dónde aprendiste eso?"
"Experiencia previa," dijo Arturo vagamente. "Trabajé con varios sistemas a través de los años."
"Debe haber sido posición bastante senior," observó Emmanuel, y había curiosidad en su voz. "Ese tipo de experiencia generalmente viene de gestionar operaciones completas, no solo consultando."
Arturo sintió mirada de Adelina—advertencia sutil. Estaba pisando cerca de territorio peligroso.
Editado: 20.01.2026