La primavera llegó

Capítulo 4 “Cena por las apariencias”

ELLA

Ha pasado un año desde el descubrimiento de la infidelidad y mi vida se podía decir que era una vil mentira.

Supongo nunca esperé que yo tomará este camino, el de pretender que nada sucedió.

Esa misma noche devuelta en mi hogar esperé ser recibida con los brazos abiertos y de apoyo luego de revelar el engaño de Stephan. Eso no sucedió ni sucederá en el futuro.

Mi madre había sido directa diciendo qué por tan poco lloraba. Qué ella le había perdonado una y otra vez sus engaños a papá. Me pidió de favor que le siguiera el juego, que era parte de tener una pareja tan exitosa. ¿En qué sentido? En el económico, por supuesto.

Por otra parte, padre había dicho únicamente con mala cara que hablaría con él. Me imagino para que no fuera tan obvio.

Stephan, quien cabe resaltar era diez años mayor, se había hincado para pedirme perdón, diciendo que no lo volvería a hacer.

Al principio, le había botado los ramos de flores, los perfumes, chocolates, entre más cosas para emendar su error. Sin embargo, eso cambió cuando mi madre había asegurado que tanto ella como mi papá dejarían de reconocerme como familia si es que pensaba seguir rechazando a Stephan. Insinuaron que me correrían de la casa.

No tuve más remedio que pretender que no pasaba nada.

Esta noche tendríamos una cena.

Había dejado de salir de noche desde aquel encuentro tan desafortunado. Arreglarme era algo nuevo para mí.

Escogí uno de los muchos vestidos que Stephan me había regalado. Ya no usaba perfume como antes.

Es más, había vuelto a mi color natural de cabello, uno oscuro.

Antes de bajar al comedor, no olvidé tomar mi medicamento. Uno que me ayudaba a dejar de pensar tanto y a reprimir las ganas de llorar.

Relajé mi cara para tener la habilidad de gesticular más fácilmente.

Lista, vistiendo un vestido de coctel. Fui al encuentro de mi familia. Ellos sonrieron en seguida al verme. Les devolví el gesto.

– ¡Querida, te ves hermosa! – repitió Stephan antes de darme un beso. Muy desabrido, por cierto.

El estaba vestido elegante para ser una simple cena. A mí solo me habían avisado de vestirme para una velada.

Además de mis padres, también habían venido los padres de Stephan y su hermano menor, cuya edad rondaba los ocho años. Los saludé lo mejor que pude. No obstante, fue inevitable pensar ¿qué hicieron para criar un hijo tan decepcionante?

De repente noté la música de ambientación. Fue ahí que comencé a darme cuenta de que había gato encerrado. Era una señora que tocaba el arpa, muy angelicalmente. Nadie le quitaba merito de su manera esplendida de tocar una melodía, pero ¿por qué?

Nos sirvieron las entradas y charlaron cuanto pudieron los presentes. Mientras yo estuve tentada a cambiar el agua por otra bebida alcohólica, más con un respiro entendí que era mala idea. La medicación no tendría efecto y no podía lidiar con la versión de mí misma de hacía unos meses.

No tuve más sentido del tiempo y espacio. Solo estaba ahí, entre escuchando y asintiendo si así se requería. Prefería estar en mi habitación encerrada.

Fue comiendo el postre que finalmente las intenciones de todos fueron descubiertas.

Stephan se puso de rodillas con un anillo.

– Mi querida y hermosa Elise. No hay nada que me haría más feliz que fueras tú mi esposa, ¿aceptas?

Lo contemplé un poco. Su frente ya tenía signos de la edad, ligeros pero presentes. Sus ojos gritaban hipocresía. Alguna vez su color azul, me pareció encantador. Eso cambió luego de lo que hizo.

Miré a cada uno de los invitados. El niño era el que menos le interesaba estar ahí. Sus papás lucían con ojos abiertos sorprendidos ¿de qué? Y los míos estaban a punto de explotar para exigirme que respondiera. Y así lo hice

– Acepto. – dije logrando sacar unas lagrimas que escondían parte del dolor que no podía decirle a nadie.

Nos besamos. Él limpió mis lágrimas y susurró a mi oído: están mis papás.  En otras palabras “sonríe, quiero que te vean linda”.




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