«La arruga no es el paso de los años; es la gangrena del alma que fermenta en la carne vieja. Quien ama la colonia se entrega a los cuarenta; quien oculta su deterioro envenena el aire de sus hermanos.»
— Dogma de la Oxidación y el Cierre, Canto II
«Catorce mil seiscientos días de servicio. Ni un solo pulso más, ni un solo pulso menos.»
— Inscripción en el torniquete de acceso a La Fosa
* * *
La campana de vapor no sonaba: golpeaba directo en el pecho.
Era un golpe sordo y pesado que hacía temblar las patas de hierro de la litera antes de que el oído pudiera reaccionar. Mara Sidorov ya tenía los ojos abiertos cuatro minutos antes de la alarma. En el Sector R-0, el cuerpo aprendía a adelantarse a las sirenas para no malgastar el corazón en sustos; con la escasa comida que daban a diario, nadie tenía energía para sobresaltos.
Mara bajó las piernas del camastro despacio, apoyando los pies descalzos sobre la rejilla metálica del suelo. El metal estaba helado, húmedo por el agua sucia que goteaba sin descanso desde las tuberías del techo.
En la litera de al lado, separada apenas por una cortina de tela vieja y rota, su hijo Leo dormía con una respiración tranquila y profunda. Tenía dieciséis años y la espalda ancha de quien pasa diez horas al día apretando tuercas y cargando planchas de acero en los talleres, pero cuando dormía su rostro volvía a ser el de un niño. Mara contuvo el aliento un segundo, escuchando con atención el pecho de su hijo para asegurarse de que no tuviera ese silbido ahogado y áspero que solía pudrir los pulmones de los chicos en las calderas. Su respiración era limpia. Tan limpia como era posible en aquel pozo sin sol.
Se puso las botas de trabajo gastadas sin hacer ruido, moviéndose en la penumbra para no gastar la batería de la pequeña linterna de mano. Luego, antes de abrocharse la manga del mono gris, levantó el brazo izquierdo hacia la rendija de luz amarillenta que entraba por el respiradero del barracón.
Bajo la piel pálida, incrustada directamente en el hueso de su antebrazo, la pequeña pantalla de cristal brillaba con números de un verde frío e implacable:
2.190
Seis años exactos. Dos mil ciento noventa días antes de cumplir los cuarenta y que el reloj llegara a cero. En ese momento, los sacerdotes del Clero vendrían a buscarla con sus túnicas blancas para llevarla a su supuesto «retiro digno».
A sus treinta y cuatro años, a Mara no le asustaba esa fecha lejana. En los barracones de La Fosa nadie pensaba en la muerte a los cuarenta; el verdadero terror era lo que pasaba antes: que se te rompieran los dedos de tanto apretar tuercas y te echaran del trabajo, que te diera fiebre y los inspectores te declararan inservible, o que algún vecino envidioso dijera que respirabas con veneno para quedarse con tu litera.
Mara acarició el borde metálico que rodeaba los números verdes. La piel alrededor estaba hinchada, una cicatriz morada que llevaba con ella desde que era una niña de cuatro años. Corrió la cortina con suavidad, dejó media botella de agua sobre la mesita de lata de Leo junto a un trozo de papel con su letra rápida —Taller a las 06:30. No bebas del grifo del pasillo— y salió al corredor.
El pasillo del Barracón 14-B era un túnel estrecho de cemento donde el aire apestaba a sudor agrio, a desinfectante barato y al vapor caliente que subía desde los sumideros del fondo. Cientos de hombres y mujeres caminaban en silencio en la misma dirección, vestidos con los mismos monos oscuros y las cabezas agachadas. Nadie hablaba. Hablar a las cuatro de la madrugada significaba tragar bocanadas de aire cargado de polvo y hollín que te dejaban la garganta ardiendo durante horas.
Mara se unió a la fila de sombras que bajaba por las escaleras hacia las pasarelas exteriores.
La Fosa despertaba con el zumbido abrumador de los gigantescos extractores de aire que hacían vibrar las paredes de roca. A trescientos metros por encima de ellos, ocultos tras una densa niebla de vapor y grasa, se alzaban los palacios iluminados y los jardines de La Cúpula, donde vivían los gobernantes. Abajo, en la oscuridad del fondo, ochenta mil obreros se repartían entre las naves de calderas y los hornos de fundición para mantener viva la ciudad.
En la entrada de la Planta de Condensación, la fila avanzaba despacio frente a la cabina de control. Dos guardias armados con pesadas armaduras negras y rifles de presión vigilaban desde lo alto de una plataforma. No se movían; parecían estatuas de hierro fundido vigilando un rebaño.
Cuando llegó su turno, Mara colocó el antebrazo izquierdo sobre el sensor de cristal del torniquete. El aparato soltó un pitido seco y un calambre leve le recorrió el músculo mientras la máquina le descontaba los veinte puntos de su jornada.
—Sidorov, Mara. Caldera 4-Norte —anunció la voz metálica del altavoz.
Una compuerta de hierro se abrió y una bandeja mecánica expulsó la comida del día: un ladrillo duro, rectangular y gris, envuelto en plástico fino. La ración diaria obligatoria. Una masa espesa hecha de pasta de algas secas, harina y sales minerales que sabía a tierra mojada y a óxido.
Mara agarró el bloque con manos firmes. No se lo comió entero. Partió con los dientes apenas una tercera parte para engañar al estómago y envolvió el resto en un trapo limpio de tela que guardó en el bolsillo interior del mono, pegado al pecho. Aquel pedazo guardado no era para ella: era la comida extra que Leo necesitaría para no desmayarse en su turno de soldadura.
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distopía implacable, conspiración y secretos, cuenta regresiva
Editado: 10.09.2026