La Primicia (sector R-0 — Libro 1)

El taller y la inoculación selectiva

***

El camino a la Caserna de Instrucción Técnica no tenía esquinas rectas: eran callejones de barro endurecido que serpenteaban entre las bases de hormigón de los condensadores de vapor.

Leo Brand caminaba a paso ligero, esquivando los charcos de agua ferruginosa que goteaban desde las pasarelas del nivel superior. Llevaba las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta de dril, cerrando los puños para retener el calor de los dedos. A sus dieciséis años, el cuerpo aún conservaba la elasticidad que a los treinta se convertía en madera seca; el agua pura que su madre le había dado la noche anterior y el trozo extra de pasta le mantenían el estómago tranquilo, sin el ardor ácido que solía morderle las tripas a primera hora.

En el acceso al Patio Norte de las casernas, un pelotón de doce aprendices con monos oscuros se agrupaba frente al portón de chapa ondulada. Nadie bromeaba. La disciplina de la Fosa no necesitaba guardias con látigo: la necesidad de no perder los veinte pulsos de la jornada mantenía las filas tan rectas como si estuvieran trazadas con escuadra y tiza.

Leo empujó la pesada cortina de tiras de goma que cerraba el taller número 4.

El aire interior olía a lo de siempre: a polvo de amoladora, a carburo de calcio húmedo y al calor tibio que desprendían las fraguas de templado. A lo largo de la nave, diez bancos de trabajo de fundición maciza se alineaban bajo las lámparas de filamento protegido por rejillas de alambre.

Junto al compresor principal, con una llave fija de veinticuatro milímetros en la mano enguantada, estaba el maestro Elias Mork.

Tenía cuarenta y tres inviernos en los huesos. En la Fosa, cruzar la barrera de los cuarenta sin haber vestido la túnica del Tránsito Blanco era una anomalía que el Clero solo permitía bajo la estricta figura de la Dispensa Técnica: una prórroga de dos mil pulsos otorgada a los instructores de fundición insustituibles a cambio de capacitar a dos promociones anuales de soldadores. Para que los vecinos no lo acusaran de envenenar el aire comunal con el supuesto veneno de la vejez, cada primer domingo de mes Elias debía acudir al dispensario a recibir la Infusión de Gracia, un suero purificador que, según la doctrina, neutralizaba la oxidación de la sangre. Aquella prórroga lo convertía en un hombre solitario, mirado con recelo por unos obreros que se preguntaban en susurros si algún día pagaría su deuda o si había entregado algo más oscuro a los diáconos.

Tenía la piel del cuello curtida por las radiaciones del arco eléctrico y los ojos entrecerrados por la costumbre de mirar a través de cristales oscuros de soldar.

—Tres minutos tarde, Brand —dijo Elias sin volverse, apretando una tuerca de purga con un golpe seco de muñeca.

—El sumidero del Bloque 12 estaba desbordado, maestro —respondió Leo, colgando su chaqueta de un gancho de hierro y atándose a la cintura el delantal de cuero crudo.

Elias soltó la herramienta sobre la bandeja de chapa con un chasquido sordo y se limpió las palmas con un trapo impregnado en aceite de parafina. Miró de arriba abajo al muchacho. Se fijó en la postura erguida de sus hombros y en la respiración pausada, sin el jadeo asmático que arrastraban casi todos los hijos de caldereros a su edad.

—Tienes las placas de la tolva 6 en el banco dos —dijo el maestro con su voz grave, señalando con la barbilla hacia el fondo—. Hay que biselar los bordes a cuarenta y cinco grados con la lima basta antes de que enciendan los grupos de acetileno. Y hazlo derecho. Ayer dejaste una rebaba en la costura inferior que habría rajado una manguera de presión.

—La corregí antes de salir, maestro.

—La corregiste tarde. En la Cúpula no pagan el cobre para que un aprendiz lo pula dos veces. —Elias tomó un calibrador de espesores y se acercó al banco—. Si quieres que te pase a la cuadrilla de corte térmico, la mano tiene que obedecer al ojo sin dudar.

Leo asintió en silencio. Tomó la lima pesada de acero templado, colocó la primera chapa de dos milímetros en la mordaza de tornillo y comenzó el desbaste.

El roce del metal arrancaba un chirrido agudo que vibraba en el banco de trabajo y en los huesos de sus antebrazos. El muchacho mantenía el ritmo: quince pasadas por minuto, apoyando el peso del torso en cada carrera hacia adelante y aliviando la presión en el retroceso, exactamente como le había enseñado Elias durante los últimos diez meses. Mientras limaba, las palabras que su madre le había susurrado en la penumbra del camastro volvían a su mente: «Si te hacen preguntas sobre el pecho o la fatiga, dices que respiras hondo. Que nunca te mareas.»

No entendía por qué su madre parecía tan inquieta por una simple revisión sanitaria. Todos los años, al comienzo de la temporada de lluvias ácidas, los médicos bajaban con sus maletines de cuero para inyectar el protector bronquial a los operarios de los talleres. Era una rutina administrativa más, como sellar la cartilla de racionamiento o cambiar los filtros de carbón de las máscaras de gas.

A las siete en punto, una campana neumática repicó tres veces desde el altavoz del pasillo central.

El ruido de las limas y los martillos se extinguió en toda la nave.

La voz metálica del megafonista comunal resonó a través de las rejillas de ventilación:

—Atención, Aprendices de Primer y Segundo Ciclo de Metalurgia. Formación inmediata en el pasillo de Enfermería Técnica para el suministro del Refuerzo Antiazufre. Presentarse con el implante descubierto y la ficha de taller en mano.




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