***
Cuando la chapa corredera del Módulo 14-B no ofreció resistencia al empujarla, Mara Sidorov sintió una rigidez inmediata en la nuca antes de cruzar el umbral.
En La Fosa, una puerta sin el pestillo de hierro corrido a las seis y media de la tarde solo significaba dos cosas: una inspección extraordinaria de la guardia pretoriana o un cuerpo postrado sin fuerzas para levantarse.
Mara entró en la celda con un movimiento rápido, cerró el batiente tras de sí y dejó caer la tranca de madera con un golpe seco que encajó en el marco de acero.
En el interior, la penumbra olía a sudor agrio, a tela húmeda de caldera y a la calidez densa y febril que brotaba del camastro inferior. Leo estaba tendido de costado, encogido sobre sí mismo con las rodillas pegadas al pecho. Todavía llevaba puesta la chaqueta de cuero crudo de soldador y se cubría hasta la coronilla con la manta áspera de estopa sintética, pero sus dientes entrechocaban con un repiqueteo seco y rítmico, como guijarros agitados dentro de una lata vacía.
Mara arrojó su cantimplora de chapa sobre la mesilla y cayó de rodillas sobre las tablas del suelo.
—Leo —susurró, apartando la manta con dedos que quemaban por el calor acumulado en las calderas.
Al apoyar la palma sobre la frente del muchacho, la piel ardía como una pletina recién sacada del horno de recocido. Tenía los pómulos encendidos en un rubor escarlata vidrioso y los párpados hinchados por el edema, pero los labios, resecos y agrietados por la deshidratación rápida, mostraban un ribete violáceo que delataba el colapso de la oxigenación alveolar.
—Mamá… —balbuceó el chico con un hilo de voz espesa, sin lograr enfocar las pupilas dilatadas—. El maestro Mork… me sacó de la línea de fragua… me dijo que me metiera al camastro…
—No te muevas, muchacho. Respira despacio. Mírame a los ojos.
Mara desabrochó los cierres de latón de la chaqueta de soldadura y rasgó con las uñas la botonadura del mono de dril oscuro.
Cuando apartó la tela del hombro izquierdo, el aliento se le detuvo en la garganta.
El deltoides estaba deformado por una masa dura, un nódulo del tamaño del puño de un recién nacido que sobresalía de la línea anatómica del músculo. En el centro exacto de la tumefacción, el punto de punción no era una herida limpia: era una costra negruzca rodeada por una red de estrías purpúreas que se ramificaban en abanico bajo la piel, cruzando la masa del bíceps hasta estrangular el contorno de la cápsula de fósforo de su implante dérmico.
La dermis sobre la hinchazón estaba tan tirante y brillante que parecía a punto de rasgarse con el menor roce de la uña.
—La inyección… de la mañana —gimió Leo, con la respiración entrecortada mientras una contracción involuntaria le sacudía el diafragma—. El diácono… sacó un vial plateado de una caja térmica con hielo. Dijo que era un refuerzo para el polvo de azufre… Me quemó hasta el fondo del hueso, mamá. Y luego, frente al soplete… la vista se me puso blanca. Las rodillas se me doblaron solas.
Mara no pronunció palabra. Mantuvo la vista fija en las líneas violáceas que estrangulaban el implante. Aquello no era una reacción alérgica al hollín ni una fiebre por inhalación de gases de carburo. Aquello era un reactivo biológico calibrado, inoculado en el tejido profundo para simular una degeneración pulmonar fulminante.
«Criba extraordinaria», recordó la advertencia que Boris le había soltado durante el receso del mediodía. «Los diáconos bajaron con las planillas rojas.»
Con dedos rápidos, Mara metió la mano en el bolsillo de la pechera del mono de taller de Leo. Sus uñas palparon el tacto encerado de una cartulina doblada. La extrajo y la abrió bajo el hilo de luz amarillenta que entraba por el tragaluz de la celda.
Era la cartilla técnica oficial de la Caserna de Forja. En el reverso, junto al cómputo de horas de soldadura y el sello de asistencia, figuraba la marca que Elias Mork no había podido borrar:
Un sello circular estampado con tinta encarnada fresca. Un heptágono regular con la letra T en el centro, y debajo, trazada a pluma con caligrafía de intendencia: 0-772-L.
El pulso de Mara resonó en sus sienes con la cadencia de una compuerta hidráulica.
Conocía esa tinta. Cuatro años atrás, los mismos hombres del Templo habían estampado ese tinte rojizo sobre el acta de cesión de Iván antes de vestirlo con la túnica blanca de lino. La marca no era una advertencia médica ni un diagnóstico de salubridad: era una orden de confiscación para el despiece.
—¿Mamá? —preguntó Leo, buscando la mano de ella con dedos temblorosos—. ¿Es la Gris? ¿Me van a encerrar en las tinas de cal?
Mara dobló la cartulina despacio, con una calma forzada que le desgarraba los tendones del cuello, y la deslizó en el bolsillo interior de su propio overol, apretándola contra sus costillas.
Luego acarició la mejilla ardiente del chico, retirándole los mechones empapados de sudor de la frente.
—No tienes ninguna peste, Leo —dijo en un susurro firme, sin dejar que el temblor de sus manos se transmitiera a la piel del muchacho—. Es una mala reacción al reactivo de la fragua. El maestro Mork hizo bien en mandarte a descansar.
#62 en Ciencia ficción
#331 en Thriller
#116 en Suspenso
distopía implacable, conspiración y secretos, cuenta regresiva
Editado: 25.09.2026