La Primicia (sector R-0 — Libro 1)

La espera y la sospecha

***

El descenso por la columna del Elevador Tres devolvió a Mara y a Leo al fondo del pozo con la violencia de una caída libre en cámara lenta.

Al abrirse la compuerta neumática en la cota cero de la Muralla Perimetral, el aire sofocante de La Fosa —pesado por la humedad estancada, el hedor a dióxido de azufre y el estruendo incesante de las bombas de condensación— los golpeó en el pecho como un trapo sucio empapado en vapor caliente. Mara pasó un brazo firme por la cintura de Leo y lo guió a través de las pasarelas encharcadas hacia el Bloque 14, sin detenerse ante las miradas recelosas de los obreros que regresaban del cambio de turno.

Durante las cuarenta y ocho horas que siguieron a la consulta en el Despacho 4, el universo entero quedó reducido a los cuatro metros cuadrados de chapa corrugada del Módulo 14-B.

Afuera, la sirena de vapor aullaba con puntualidad militar a las cuatro de la madrugada y a las seis de la tarde, marcando el ritmo de las cuadrillas de labor. Mara no acudió al torniquete de las calderas. Su cartilla laboral acumulaba marcas encarnadas de absentismo con una penalización automática de veinte pulsos por jornada, pero la advertencia que el Doctor Thorne había deslizado antes de despedirlos resonaba en su cabeza con la frialdad de un cerrojo: «Si este muchacho intenta cruzar el retén antes de la cita del jueves, la guardia pretoriana intervendrá su barracón.»

En la penumbra de la celda, el único sonido era el goteo monótono de la condensación del techo cayendo dentro de una lata vacía de conservas.

Mara permaneció sentada en las tablas desparejas del suelo, con la espalda apoyada contra el marco de hierro de la litera inferior. Cada tres horas encendía la resistencia de carburo del hornillo, ponía a hervir un cazo de agua reciclada con olor a cal y diluía un tercio de su propia barra de Ración Cero para preparar unas gachas saladas que administraba a Leo con una cuchara de peltre abollada. Para no agotar los cupones del chico, ella apenas masticaba un trozo de corteza sintética al anochecer, sintiendo la punzada sorda del hambre apretando los músculos del estómago.

Hacia el mediodía del miércoles, el cuerpo del muchacho comenzó a enfriarse.

El rubor febril de sus pómulos se fue apagando, sustituido por una palidez mate y limpia que delataba el cese del reactivo químico en su torrente sanguíneo. El edema del deltoides izquierdo —la masa dura que amenazaba con reventar la piel tras el colapso frente al soplete— se había aplanado casi por completo, dejando al descubierto una costra negruzca en el punto exacto de la punción, rodeada por una aureola circular de color violeta oscuro que parecía un tatuaje carnal indeleble.

Leo abrió los ojos despacio. Sus pupilas, libres del velo vidrioso de la hipertermia, buscaron el rostro de su madre con lucidez recuperada.

—Mamá… —susurró el chico, moviendo los dedos de la mano izquierda sobre la manta de estopa—. Ya no me quema el hombro. El pecho se siente suelto… ya puedo tomar aire sin que me pinche la garganta.

Mara le apartó un mechón de pelo pegado a la frente con una caricia lenta y contenida.

—Descansa, Leo. Todavía tienes que recuperar la sangre que te sacaron.

—El cirujano de la Cúpula… dijo que era solo una inflamación del polvo, ¿verdad? —insistió el muchacho, cerrando los párpados con una sonrisa ingenua que le desgarró las entrañas a Mara—. Mañana a las ocho me darán el pase sellado y podré bajar a la caserna. El maestro Mork me dejó una placa de tres milímetros a medio soldar en el banco tres.

Mara no respondió. Mantuvo la mano sobre la muñeca de su hijo, esperando a que el muchacho se sumiera de nuevo en un sueño tranquilo y acompasado.

En el silencio denso de la celda, los pensamientos de Mara retrocedieron cuatro inviernos en el tiempo.

Recordó la última semana de Iván Brand.

Iván tenía la misma contextura atlética de Leo: los omóplatos anchos templados por la forja pesada y una paciencia infinita para ajustar tuercas de fundición. Pero dos semanas antes de cumplir los cuarenta años, cuando los enfermeros del dispensario le suprimieron el analgésico que venía disuelto en la ración diaria (El Freno), el cuerpo de Iván comenzó a doblarse. Los dolores en las rodillas y en las vértebras lo consumieron en cuestión de días; se arrastraba por las pasarelas gimiendo en la penumbra y miraba los carteles del Círculo Blanco con una sumisión patológica y suplicante.

El día de su cuadragésimo cumpleaños, Iván se calzó la túnica blanca de algodón crudo sin que ningún diácono tuviera que empujarlo. No lloró. No miró a Leo, que entonces tenía doce años y gritaba abrazado a sus piernas con las lágrimas resbalándole por el mono sucio. Iván solo sonreía con una calma despojada de voluntad, repitiendo que sus pulmones estaban cargados de ponzoña ácida y que el Tránsito Blanco era el único descanso digno para un obrero de La Fosa.

«No era religión», comprendió Mara, sintiendo un nudo de bilis amarga en la garganta mientras miraba la puerta atrancada del barracón. «Era química. Les cortan el sedante para que el dolor los quiebre y supliquen el cuchillo creyendo que es una bendición del cielo.»

Leo no tenía cuarenta años. Tenía dieciséis. Y el brillo codicioso que había detectado en los ojos del Doctor Thorne cuando contemplaba los tubos de sangre pura de su hijo no tenía nada que ver con la compasión litúrgica: era el cálculo frío de un carnicero calibrando el peso de una res en el muelle de descarga.




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