La Primicia (sector R-0 — Libro 1)

El diagnóstico y la sentencia

***

El reloj de péndulo empotrado en la pared de madera oscura del Despacho Cuatro dio las ocho campanadas con un tañido seco y metálico que resonó en el silencio de la sala.

Mara Sidorov y su hijo permanecían sentados en los sillones de cuero negro frente al escritorio de caoba maciza. Mara mantenía la espalda rígidamente erguida, con las manos cruzadas sobre el regazo en una postura de fingida sumisión. Aquella pose rígida le servía para disimular la tensión en sus hombros y amortiguar la presión de la pesada llave de fontanero y la barra de acero que llevaba apretadas contra las costillas bajo su ropa de trabajo. A su lado, Leo miraba fijamente la madera encerada de la mesa con las manos apoyadas en las rodillas y la respiración contenida, abrumado por el lujo limpio de una habitación donde no se olía el humo de las calderas ni se escuchaba el rugido de los talleres. El aire en aquel despacho no sabía a azufre ni a sudor viejo: olía a cera de sándalo, a alcohol puro y a flores secas, un aire acondicionado suave que parecía diseñado para hacer olvidar que unos pisos más abajo miles de personas escupían sangre negra sobre las rejillas.

Al otro lado del escritorio, el Doctor Varek Thorne cerró la carpeta de cuero negro que tenía ante sí con un movimiento lento y deliberado.

En la solapa del documento brillaba el sello en relieve del Consejo Superior. Detrás de su sillón de respaldo alto, un ventanal de cristal grueso dejaba ver los jardines colgantes del Nivel +2, donde crecían arbustos verdes regados con agua destilada pura mientras los obreros en el fondo se disputaban el agua reciclada de las tuberías.

Vestía una túnica blanca de lino impecable, abrochada hasta el cuello con botones de plata reluciente. Su mano izquierda, cubierta por un guante ajustado de cuero negro que ocultaba la rigidez de los tendones muertos de su muñeca, descansaba sobre la mesa con los dedos curvados, tamborileando con un compás lento, frío e implacable. Thorne tenía cuarenta y dos años, una edad que en La Fosa significaba estar sepultado bajo cal viva, pero en su rostro pálido apenas se insinuaban arrugas tenues alrededor de los párpados: el milagro artificial de los tratamientos con células jóvenes que la élite consumía a espaldas de la población.

—Los resultados de los análisis de sangre y las placas de tórax están terminados —dijo Thorne. Su voz era tranquila, suave y desprovista de cualquier calidez humana, la voz de un funcionario acostumbrado a decidir el destino de los obreros como si tachara números en una lista de carbón—. El diagnóstico no deja lugar a dudas, ciudadana Sidorov.

Thorne apoyó el dedo índice en la superficie de cristal de su consola.

Un rayo de luz azulada brotó del centro del escritorio y proyectó en el aire una imagen tridimensional translúcida del pecho de Leo. La figura giraba despacio sobre sí misma, mostrando unos pulmones iluminados con un brillo azulado y un laberinto de conductos que palpitaban al ritmo de un latido artificial.

Con la punta de una fina varilla de hueso blanco, Thorne señaló un grupo de manchas oscuras en la parte inferior del pulmón izquierdo.

—La muestra de sangre extraída durante la primera revisión confirmó un daño biológico grave y acelerado —explicó el médico jefe, contemplando la luz azul con la frialdad de quien revisa una tubería agrietada—. El polvo de azufre que su hijo ha respirado en los talleres de La Fosa ha provocado una infección profunda en los tejidos. En el lenguaje de nuestra religión, su hijo padece Fiebre Gris de Grado Uno.

Leo levantó la cabeza de golpe. Sus ojos oscuros se clavaron en el rostro del médico con una mezcla de indignación y asombro sincero.

—Doctor… eso no es verdad —dijo el muchacho, tocándose el pecho con la mano abierta—. Ayer por la tarde se me quitó la fiebre por completo. Ya no me duele cuando respiro hondo y la hinchazón del brazo desapareció. Me siento fuerte y listo para volver a trabajar en las calderas hoy mismo.

Thorne ni siquiera se molestó en mirar al muchacho. Mantuvo la varilla fija sobre las manchas que flotaban en el aire luminoso.

—La desaparición del dolor es precisamente la señal más peligrosa de esta enfermedad, muchacho —respondió Thorne con un tono paciente y autoritario que no admitía réplica—. El veneno del azufre destruye los nervios dentro del pulmón. No sientes dolor porque tus tejidos están adormecidos y muriendo por dentro. Si regresas al calor y al humo de las calderas, la rotura de los pulmones será inevitable y soltarás gases tóxicos que contagiarán a todos tus compañeros de barracón en menos de doce horas.

Mara no miró el dibujo azul flotante. Mantuvo los ojos fijos en la mirada fría del cirujano y en el leve temblor involuntario que agitaba la comisura izquierda de sus labios.

Observó la calma ensayada del hombre, la naturalidad sin escrúpulos con la que soltaba cada mentira médica y la perfección del dibujo de luz proyectado en la mesa. Comprendió, con un frío amargo en el estómago, que aquellas manchas no eran una enfermedad real: eran un truco preparado para justificar el secuestro de su hijo. El pinchazo que el sacerdote le había puesto a Leo en el taller no era una vacuna contra el polvo: era la marca deliberada para arrebatarle su cuerpo joven y sano. Los gobernantes no querían curar a Leo; querían su sangre pura para mantener sus propios cuerpos sin arrugas.

—¿Cuál es el tratamiento que manda la ley, doctor? —preguntó Mara, obligando a su voz a sonar débil y temblorosa, adoptando el tono sumiso que los inspectores esperaban de una pobre mujer de los hornos—. Si es una enfermedad contagiosa, las normas de la fábrica permiten que pase la cuarentena en casa, con descanso y agua hervida con salitre.




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