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La cabina del Elevador Tres cayó en un descenso continuo de cuatro minutos, arrastrando a Mara a través de los trescientos metros de roca maciza que separaban los hospitales de arriba de la oscuridad del fondo. En el interior blindado no había ventanas, solo el zumbido sordo de los cables de acero y el chasquido seco en el fondo de los oídos a medida que la presión del aire se volvía pesada y caliente.
Bajo la tela de su mono de faena, a la altura de la clavícula, la placa de bronce dorado golpeaba contra su piel con cada sacudida del montacargas. Madre Donante de Gracia. El metal conservaba la frialdad de las salas médicas, un peso plano y afilado que parecía quemarle la carne más que una brasa de soldadura.
En su antebrazo izquierdo, los números del reloj brillaban con una luz nueva y deslumbrante:
3.648
Casi diez años completos de vida. Mil cuatrocientos sesenta días inyectados de golpe por los sacerdotes del Clero a cambio de la firma que entregaba a su hijo para siempre.
Cuando las zapatas de frenado chirriaron contra los rieles y el portón de hierro se abrió, el aire de La Fosa la recibió como un trapo empapado en agua sucia. Treinta y ocho grados de calor asfixiante, cargados con ese olor penetrante a azufre quemado y a grasa de máquina que se metía en la ropa y en los poros.
Dos guardias armados con armaduras negras bajaron los cañones de sus rifles al ver el destello de la medalla dorada que colgaba de su cuello. El centinela más viejo ni siquiera le pidió la cartilla de paso; se limitó a marcar el código en el torniquete y escupió al suelo con un gesto de desprecio que no intentó disimular.
—Paso libre a la donante —dijo el hombre al altavoz de la caseta—. Que no estorbe el camino de los que sí trabajan.
Mara cruzó la pasarela central hacia el Bloque 14 con la mirada fija en el suelo de rejilla.
Eran las nueve y media de la mañana. En el patio de distribución, una cuadrilla de cargadores descansaba junto a los bidones de comida, masticando los bloques grises mientras esperaban el cambio de turno. Al verla avanzar sola, con el paso rígido y la cabeza baja, las conversaciones se fueron apagando una a una en una marea de carraspeos y silencios tensos.
—Miren el brazo —susurró una mujer que llevaba el delantal sucio de las lavanderías, señalando con el dedo el brillo verde brillante de los números de Mara—. Diez años enteros. Se compró diez años de vida.
—¿Y el muchacho? —preguntó un herrero con los ojos enrojecidos por el humo de la fragua—. Subió con el chico al hospital al amanecer.
Nadie tuvo que responderle. La medalla dorada que asomaba por el cuello de la camisa de Mara era un idioma que todos en los barracones sabían leer con claridad: el Indulto Filial. La compra de tiempo extra a cambio de entregar a un hijo sano.
Mara no aminoró el paso ni levantó la barbilla. Mantuvo los puños hundidos en los bolsillos del pantalón, sintiendo el ardor en las yemas de los dedos, donde todavía guardaba la memoria del tacto helado de la mano de Leo cuando los guardias se lo llevaron hacia los sótanos fríos.
Al pasar junto a la entrada del Barracón 12, una mujer de treinta y nueve años, encorvada y destruida por treinta años de cargar sacos de cal —con el reloj dérmico parpadeando en rojo a menos de cincuenta días de ser enviada al matadero— se apartó contra las vigas como si Mara despidiera una nube de veneno.
—Maldita seas —masculló la anciana sin mirarla a los ojos, con la voz rota y áspera—. Vender a tu propio hijo para ganar cuatro años más en la litera. Cobarde.
Mara siguió caminando sin detenerse. Cada palabra le caía en la espalda como una palada de tierra húmeda, pero no apretó los labios ni devolvió el insulto. Sabía que la rabia y el desprecio de sus vecinos eran, en realidad, su mejor escudo: mientras todos creyeran que era una madre cobarde que había vendido a su muchacho para salvarse a sí misma, ningún soldado sospecharía que estaba planeando romper los túneles y asaltar las cámaras de hielo.
Llegó a la puerta de su celda en el Módulo 14-B y empujó el cerrojo de hierro.
Adentro, la penumbra olía a un vacío desgarrador. La litera baja de Leo estaba deshecha, con la manta vieja conservando todavía la forma de su cuerpo encogido durante la última noche de fiebre. Sobre la mesilla de lata, la escuadra de forja y el compás de dibujo del chico descansaban junto a un vaso de agua sucia que nadie había retirado.
Mara cerró la puerta por dentro, bajó la tranca de madera y apoyó la espalda contra el metal frío, dejando escapar por fin el aire que llevaba retenido en los pulmones.
Se acercó despacio a la cama de su hijo, se arrodilló sobre las tablas del suelo y hundió el rostro en la almohada de arpillera. El olor a sudor de muchacho, a jabón barato de taller y a aceite mineral de las herramientas de Leo seguía impregnado en la tela. Una punzada dolorosa le atravesó el pecho, pero no se permitió derramar una sola lágrima: llorar era un lujo de los débiles, y ella necesitaba cada gota de fuerza en sus músculos para lo que venía.
Miró las herramientas de su hijo sobre la mesa. Se quitó la medalla dorada del cuello y la arrojó sobre el plato de zinc con un golpe seco. Tenía exactamente setenta y dos horas antes de que la fiesta de los Patriarcas comenzara en lo alto de la ciudad y se llevaran la sangre de Leo. No iba a esperar sentada a que llegara ese momento.
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distopía implacable, conspiración y secretos, cuenta regresiva
Editado: 25.09.2026