La Primicia (sector R-0 — Libro 1)

La vigilia de salmuera

***

El ascenso por las cincuenta grapas de hierro del tiro vertical le exigió a Mara un esfuerzo muscular que le encendió los tendones de los hombros y le hizo arder las palmas de las manos.

Cuando su cabeza asomó por el hueco del suelo del Módulo 14-B, el aire de La Fosa —pesado por los treinta y ocho grados de calor húmedo— le pareció casi fresco en comparación con los cuarenta y cinco grados asfixiantes del túnel de vapor. Encajó la pesada rejilla de hierro en su ranura con un cuidado milimétrico, empujó el bidón viejo sobre la junta para disimular la abertura y aseguró la tranca de madera de la puerta corredera.

Se dejó caer de rodillas sobre las tablas del suelo, respirando hondo con la boca abierta hasta que los latidos furiosos en su pecho recuperaron un ritmo normal.

Se abrió la cremallera del mono de faena y vació los bolsillos sobre la plancha de zinc que Leo utilizaba para dibujar y marcar piezas de soldadura.

Allí estaban las piezas del asalto:

La tarjeta rectangular de plástico gris con la banda magnética plateada; la pequeña llave de latón pesado con tres dientes; el punzón de acero afilado a piedra; y la pesada llave de fontanero de catorce pulgadas. Junto a ellos, la medalla dorada de Madre Donante de Gracia brillaba como un recordatorio burlón de la condena de su hijo.

Mara tomó un trozo de tiza de la mesita de lata y se sentó con las piernas cruzadas frente a la plancha de metal.

Con trazos firmes y rápidos, comenzó a dibujar el mapa vertical de la ciudad subterránea.

En la parte superior marcó el suelo donde estaban: La Fosa, el Bloque 14 y el ascensor principal vigilado por los centinelas armados. Cincuenta metros más abajo dibujó una línea recta: el Nivel -1, las galerías oscuras y la Sección de Válvulas donde el Cabo Marcus Grau hacía su guardia solitaria entre tuberías ardientes.

Luego bajó cincuenta metros más en el dibujo: el Nivel -2, a cien metros bajo la roca madre.

Allí la tiza se detuvo. Dibujó un rectángulo dividido en doce celdas cerradas: las cámaras de congelación donde guardaban los cuerpos de los jóvenes para que no envejecieran. En la séptima casilla marcó una cruz profunda y escribió a su lado los números y letras que Grau le había dictado en la penumbra: 7-B-99.

—Celda Frigorífica Siete —susurró Mara, mirando los trazos blancos sobre el zinc frío—. Cuatro grados bajo cero.

Sabía por la advertencia del guardia que era imposible intentar sacar a Leo hacia arriba por los ascensores del hospital. Las plantas superiores estaban vigiladas por escáneres que medían los latidos del corazón y cámaras térmicas que alertaban a los soldados ante cualquier presencia extraña. Si intentaban escapar hacia arriba, los guardias los acorralarían y los acribillarían en menos de dos minutos.

La única salida posible estaba abajo, en el fondo más oscuro del abismo.

Mara deslizó la tiza cincuenta metros más hacia abajo, alcanzando los ciento cincuenta metros de profundidad: el Nivel -3.

Era el vertedero de la ciudad: los túneles de desagüe por donde corrían las aguas sucias con azufre, los lodos hirviendo y los desperdicios de los mataderos de las élites. En el extremo sur, dibujó el círculo de una enorme compuerta de hierro con un volante manual: la Válvula de Azufre 7-B, conectada directamente con el Ducto de Purga 7.

Esa era la única grieta en las murallas de la ciudadela.

Una tubería de hierro fundido de casi un metro de ancho que atravesaba los cimientos de roca y desembocaba directamente en el desierto exterior: el temido Mar de Ceniza.

Mara soltó la tiza. El polvo blanco le cubría las yemas de los dedos, marcando las líneas duras de sus manos curtidas por catorce años de trabajo en las calderas.

Examinó el mapa con la precisión fría de quien revisa la presión de un reactor a punto de estallar. Cada segundo estaba contado:

Descender por el pozo de ventilación con la llave de latón el sábado a las diez de la noche, dos horas antes de que comenzara el banquete de las élites. Abrir la Celda Siete con la clave 7-B-99 y la tarjeta magnética. Sacar a Leo en silencio, antes de que el frío le apagara el pulso, bajar por la escotilla al Nivel -3 al amparo del estruendo de las bombas de purga, alcanzar la compuerta del Ducto 7 y arrastrarse juntos por el interior del tubo hacia la noche exterior.

Afuera no había promesas de salvación. Afuera solo esperaba el viento helado cargado de polvo ácido y la vieja advertencia de los sacerdotes: dieciocho minutos de aire cáustico antes de que los pulmones colapsaran sin máscara. Pero Mara, tras catorce años lidiando con fugas de gas en las calderas, conocía la física del veneno: el polvo pesado de azufre se arrastraba por el fango de la planicie, pero en las grietas profundas de basalto y en las viejas galerías mineras del este —donde los rumores decían que resistían los parias fugitivos—, los estratos de sal filtraban el aire y permitían respirar bajo tierra a quienes lograban cruzar el páramo con trapos de carbón en la boca.

Incluso si las leyendas de los mineros libres mentían y el veneno del páramo era absoluto, Mara prefería mil veces ver a su hijo morir en sus brazos mirando las estrellas del cielo abierto que permitir que los carniceros de La Cúpula le abrieran el cuello en una bandeja de plata. Afuera, aunque solo fuera durante dieciocho minutos de agonía compartida, Leo sería libre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.