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El primer golpe del ariete neumático sacudió la compuerta blindada de la Celda Siete con el estruendo seco y ensordecedor de un cañonazo en una bóveda cerrada.
La plancha de acero macizo de dos pulgadas vibró con una violencia salvaje, haciendo saltar esquirlas de esmalte blanco del marco y abombando el centro del panel hacia el interior del cubículo. Las juntas de goma estanca crujieron bajo la sobrepresión, liberando un silbido agudo de aire helado que se escapaba hacia el corredor exterior. Al otro lado de la mirilla blindada de cristal, la voz del Doctor Varek Thorne resonó con una frialdad tajante y autoritaria a través del altavoz de la pared:
—¡Fuerzen los pernos inferiores de inmediato! —ordenó el cirujano jefe a los guardias con voz glacial—. No disparen al pecho ni a la garganta del muchacho; abatan a la intrusa con dardos paralizantes y arrástrenla fuera de mi vista.
El segundo impacto del ariete deformó la chapa con un quejido agónico de metal desgarrado, abriendo una holgura de tres centímetros en el borde superior por donde asomó el vaho blanco del pasillo. Los goznes de acero chirriaron bajo la presión de los pistones y una lluvia de polvo de hormigón cayó del techo sobre los hombros de Leo.
Mara no desvió la mirada hacia la compuerta ni perdió medio segundo en evaluar los daños del marco. Sabía que a los cerrojos les quedaban menos de veinte segundos de resistencia antes de ceder bajo los golpes de los soldados.
Se arrodilló sobre la rejilla del suelo en la esquina trasera de la celda, apartando con un manotazo firme la canaleta perimetral de drenaje donde el agua helada a cuatro grados corría con un murmullo continuo. En el vértice del tabique de acero descansaba una tapa circular de hierro gris de sesenta centímetros de diámetro, sellada por años de costras de cal viva y salitre petrificado: la escotilla de mantenimiento del tiro de purga que conectaba el piso frigorífico con los sumideros del Nivel -3.
—¡Leo, clava los talones y ayúdame con la palanca! —ordenó Mara con un susurro ronco y metálico que no admitía la menor vacilación—. ¡Si entran nos matan a los dos!
Introdujo la mandíbula dentada de la llave de fontanero de catorce pulgadas bajo el labio biselado de la tapa de hierro. Bloqueó el talón de su bota de faena contra el zócalo de hormigón, apoyó el esternón sobre el mango macizo de fundición y descargó todo el peso de su cuerpo hacia abajo en un empuje seco, brutal y continuo.
El óxido acumulado en la ranura crujió con el chasquido seco de una vértebra quebrándose bajo una prensa.
La tapa de dieciocho kilos se despegó tres centímetros del marco de asiento, liberando de inmediato una bocanada de aire húmedo, caliente y nauseabundo que subió en tromba desde el fondo del túnel: el hedor espeso a azufre recalentado, lodos salinos en putrefacción y condensados ácidos que caracterizaba a los sumideros industriales del Nivel -3.
Leo se arrodilló al lado de su madre, introdujo la punta afilada del punzón de acero templado en la ranura abierta y tiró con ambas manos hacia arriba con una fuerza desesperada nacida del instinto animal de supervivencia.
El hierro de la tapa cedió por completo, saltando de su quicio y rodando sobre la rejilla con un golpe sordo que hizo vibrar el suelo metálico.
Bajo sus rodillas desnudas se abrió una boca oscura y circular de sesenta centímetros de diámetro. El conducto no era una caída libre vertical al abismo: era una bajante de hormigón centrifugado con una inclinación pronunciada de sesenta grados, por donde discurría una película resbaladiza de salmuera, grasa de maquinaria y sedimentos minerales hacia la cota de menos ciento cincuenta metros.
Un tercer golpe del ariete neumático reventó los pernos superiores de la compuerta blindada.
La puerta de acero de la Celda Siete se abrió hacia adentro unos veinte centímetros con un chirrido agudo de goznes torcidos. A través de la abertura asomó la boca cilíndrica y estriada del cañón de un fusil neumático Vindicator-300, barriendo la penumbra azulada del cubículo en busca de un blanco humano.
Mara agarró a Leo por las solapas del chaquetón grueso con ambas manos enguantadas, clavándole la mirada en los ojos con una intensidad feroz.
—Pies por delante, Leo —le gritó al oído, cubriendo el estruendo de los golpes—. Cruza los brazos firmes sobre el pecho, pega la barbilla al esternón y no sueltes el punzón bajo ningún concepto. ¡Tírate ya!
El muchacho no dudó un solo instante. Miró el abismo oscuro del desagüe, introdujo las piernas en la boca del tubo y empujó el cuerpo hacia adelante con un impulso seco de los talones.
La salmuera resbaladiza lo absorbió de inmediato. El roce violento de la lona del chaquetón contra las paredes de hormigón sonó como un siseo prolongado que se hundió en la profundidad del pozo, acompañado por el eco amortiguado de su respiración contenida.
En ese instante, la compuerta blindada de la celda colapsó definitivamente bajo la embestida combinada de dos soldados pretorianos.
—¡Ahí está la madre! —gritó el pretoriano de vanguardia—. ¡Fuego!
Mara no esperó a ver el fogonazo de los percutores.
Apretó la pesada llave de fontanero de catorce pulgadas contra su vientre con el brazo izquierdo, se dejó caer de espaldas sobre el borde de la trampilla y se lanzó de cabeza hacia la boca del desagüe en el mismo segundo en que tres proyectiles de teflón macizo perforaban el aire, arrancando chispas y esquirlas incandescentes al chocar contra el borde de fundición de la escotilla vacía.
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distopía implacable, conspiración y secretos, cuenta regresiva
Editado: 25.09.2026