La Primicia (sector R-0 — Libro 1)

El arrastre por el Ducto 7

***

La oscuridad en el interior del tubo de desagüe no era una simple falta de luz: era una masa sólida, pesada y asfixiante que apretaba los ojos como una venda empapada en barro negro.

Leo Brand avanzaba en cabeza con los brazos estirados hacia adelante, arrastrándose sobre el pecho en los escasos ochenta centímetros de luz libre que dejaba la tubería de hierro fundido nodular. Cada metro de avance exigía un esfuerzo muscular agotador aprendido en las galerías bajas de La Fosa: clavar la punta cónica de la barra de acero en las costras de óxido fosilizado, flexionar los codos contra las paredes redondas del cilindro y traccionar el torso hacia adelante mientras las punteras de sus botas resbalaban en el fango del fondo.

El lecho del conducto estaba cubierto por una película viscosa de agua salina, lodos residuales y sedimentos de azufre: una pasta fría y negra que empapaba la tela basta de su mono de faena y calaba hasta la piel en las rozaduras de los codos y las rodillas con un escozor persistente. A pesar de la estrechez opresiva que le rozaba los omóplatos en cada inhalación y del dolor punzante en el hombro contuso por la caída desde la trampilla, el muchacho no aminoraba el compás del avance. La necesidad implacable de poner distancia entre los rifles de la guardia pretoriana y el cuerpo de su madre le infundía una determinación acerada en los brazos.

Avanzaba deslizando los dedos por la curvatura inferior del metal, utilizando el punzón forjado para tantear las uniones de plomo entre tramo y tramo de la fundición. Cada golpe sordo del metal contra una brida marcaba una muesca en la negrura de la roca madre:

Tres metros más lejos de las mesas quirúrgicas. Tres metros más cerca del exterior.

Justo detrás de él, pegada a sus talones, Mara se arrastraba con un ritmo metódico, apoyando las palmas de sus guantes de calderería en el lecho salobre.

—¿Sientes la inclinación, Leo? —susurró Mara desde la penumbra. Su voz llegaba encajonada, con un eco metálico que vibraba en las paredes del conducto—. El tubo baja diez grados hacia el suroeste. Pasa por debajo de los cimientos de basalto y de las murallas blindadas del sector.

—La siento, mamá —respondió Leo, tragando saliva con la barbilla a escasos centímetros del fango—. El tiro de aire viene mucho más frío por aquí. Huele a piedra quebrada, a sales viejas y a ceniza limpia.

No era una sugestión nacida de la fatiga.

A medida que devoraban los primeros cien metros del conducto, la corriente de aire se volvía progresivamente más fría, áspera y veloz. Era el viento que entraba directamente desde el Mar de Ceniza: un flujo continuo a ocho grados que soplaba de frente, arrastrando un polvillo mineral finísimo que se depositaba en las pestañas y dejaba en los labios un sabor seco y amargo a tierra volcánica sin tamizar. Aquel aire gélido era el primer aliento no recirculado por los filtros mecánicos de la Cúpula que entraba en sus pulmones en dieciséis años de encierro.

El estrépito de las alarmas del Nivel -2 y los impactos lejanos de los guardias contra la compuerta de hierro se habían extinguido por completo, sepultados bajo trescientos metros de basalto macizo. El único sonido que llenaba la estrechez del tubo era el roce áspero de la lona contra las costras de óxido, el chapoteo rítmico de las rodillas en el agua salobre y el compás fatigado de sus respiraciones.

Leo apoyó la frente en el lodo durante dos segundos para dar tregua a sus tríceps agotados. Los dedos le temblaban por la tensión constante contra el hierro y sentía el sudor frío resbalándole por la nuca hasta enfriarse en el cuello del mono. Sobre ellos gravitaba el peso colosal de toda la ciudadela: miles de toneladas de hormigón armado, tuberías de alta presión y torres nobles que, en ese instante, no podían tocarles ni dictarles el destino.

—El suelo se vuelve más resbaladizo aquí —dijo Leo con voz ronca pero firme—. El agua corre con más fuerza hacia la pendiente.

—No aflojes el paso, Leo —dijo Mara desde la oscuridad, y en su tono asomó una vibración áspera, un silbido sordo que se trababa en el fondo de sus bronquios—. Sigue empujando con los talones y los codos. Mientras la corriente fría nos dé en la cara, vamos en la dirección correcta hacia la salida.

El chico asintió en la negrura, clavó de nuevo la punta de acero en la junta de dilatación y reanudó la marcha con un empuje metódico. Para cualquier obrero de La Fosa, quedar confinado en un tubo de desagüe bajo cientos de metros de roca habría sido una pesadilla asfixiante; para ellos, aquel cilindro de hierro nodular constituía el único pasaje hacia la libertad.

El fango se volvía más denso en las hondonadas del metal, obligándolo a mantener la cabeza alzada para no inhalar el agua amarga que bajaba hacia la desembocadura. Con la mano derecha tanteaba la pared buscando rebabas o remaches sueltos que pudieran desgarrarles la ropa, mientras sus rodillas martilleaban el hierro con una cadencia implacable. El frío del exterior empezaba a calar los huesos de sus muñecas, pero en el centro de su pecho ardía el calor visceral de la fuga. Detrás de él, la respiración entrecortada de su madre le servía de brújula y de escudo: mientras escuchara ese aliento a su espalda, sabía que la promesa hecha en el camastro de La Fosa seguía en pie.

Cada metro conquistado en la garganta de basalto era un palmo de tierra arrancado a la tiranía del enclave; cada golpe de codo en la penumbra los alejaba de los bisturís del Doctor Thorne y los acercaba al horizonte indómito del Mar de Ceniza.




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