La Primicia (sector R-0 — Libro 1)

El sacrificio en el hierro

***

La claridad cobriza que entraba por la tobera exterior dibujaba en la penumbra del conducto el contorno exacto de sus dos siluetas: dos figuras humanas manchadas de fango negro, grasa de purga y salitre, encajadas milimétricamente en los ochenta centímetros de un cilindro de hierro nodular que cortaba las entrañas de basalto del mundo.

Leo estaba arrodillado en el lodo con el torso inclinado hacia adelante, sosteniendo la cabeza de su madre sobre su propio regazo con un temblor incontrolable en los antebrazos.

El aire en ese tramo final de la tubería soplaba con una frialdad cortante a seis grados centígrados, trayendo a ráfagas continuas el aullido del viento del Mar de Ceniza y un olor espeso a polvo seco, sales ácidas y azufre exterior. Pero sobre el pecho de Mara, el calor de la fiebre térmica seguía ardiendo bajo la lona del mono de faena como el rescoldo sofocado de una caldera a punto de fundirse por sobrepresión.

Mara levantó los párpados con lentitud agónica.

Sus pupilas, nubladas por la asfixia y el sufrimiento físico, se clavaron en los ojos de su hijo con una fijeza absoluta, profunda y lúcida que parecía devorar las sombras de la tubería.

—Leo… acércate más —susurró Mara, y cada sílaba sonó como el roce desgarrador de dos limas oxidadas en una cámara de descompresión vacía—. No llores sobre este hierro salado. Escúchame con los oídos bien abiertos, como te enseñé durante los turnos de guardia en las plantas de condensación.

El muchacho inclinó la cabeza hasta que su frente rozó los cabellos empapados de sudor, cal y lodo negro de su madre.

—Aquí estoy, mamá. Te estoy sujetando con los dos brazos. No te voy a soltar.

—A mí ya no me sujeta nadie en este mundo, hijo —dijo Mara en un susurro áspero, donde el gorgoteo traqueal no lograba quebrar la firmeza pétrea e indestructible de su voz—. Mis pulmones se quedaron en la Válvula Siete-B cuando reventé el vástago de plomo a diez bares. No existe cirujano en La Fosa ni en la Cúpula que pueda reconstruir lo que el vapor saturado deshace por dentro. Y tú lo sabes tan bien como yo, porque conoces el calor de los tubos.

Las lágrimas resbalaron calientes por las mejillas tiznadas de Leo, cayendo gota a gota sobre el pecho de su madre y disolviendo las costras de sangre seca.

—No te puedo dejar en este tubo, mamá —sollozó el chico, con los dedos crispados sobre la lona empapada de su manga—. Si salgo ahí afuera en solitario… el aire del Yermo me va a matar en dieciocho minutos. Toda la vida nos enseñaron en el taller que los pulmones se revientan en cuanto respiras el polvo exterior…

Mara cerró los dedos de su mano derecha sobre la muñeca de Leo con un espasmo de fuerza agónica y salvaje que le dejó la marca de los nudillos grabada en la piel.

—¡Que se pudra el dogma del Clero y de la Cúpula! —susurró la mujer con una rabia feroz, sagrada y maternal que le devolvió por un segundo todo el aliento de su juventud—. La Voz del Núcleo es una máquina de mentiras industriales construida para que los obreros nos arrodillemos a los cuarenta años y nos entreguemos mansamente como carne de despiece en las mesas de perfusión. A tu padre Iván lo vistieron con la túnica blanca del Tránsito y lo convirtieron en raciones de proteína para los guardias de la esclusa. A ti te marcaron con fuego químico en la enfermería para que los Patriarcas centenarios se comieran tu sangre pura y frenaran su peste…

Hizo una pausa obligada por un estertor sordo que le sacudió la caja torácica, apretando los dientes para tragar la flema amarga antes de continuar con la mirada encendida.

—Tu cuerpo no les pertenece a esos viejos podridos, Leo. No naciste en el camastro de hierro del Barracón catorce para ser el plato regenerativo de nadie. Tu carne es tuya. Tu sangre es tuya. Y si el aire del exterior tiene que quemarte los bronquios, que te los queme bajo el cielo abierto, como un hombre libre de la Fosa, y no bajo los bisturís de Thorne en un sótano frigorífico a cuatro grados.

Con la mano derecha temblorosa por la parálisis inminente, Mara palpó el fondo encharcado del conducto y recogió la barra de acero forjado de treinta centímetros con la empuñadura encintada en cáñamo negro.

Tomó la mano derecha de Leo, abrió sus dedos agarrotados por el frío y le encajó el mango de la herramienta en la palma, cerrando los dedos del muchacho sobre el acero con una presión inquebrantable.

—Toma esto —dijo Mara, mirándolo fijamente al fondo de las pupilas—. Esta barra perteneció a tu padre antes de que lo llamaran a la Falsa Capilla. Con esta misma punta ajusté las juntas de las calderas durante diez inviernos para que tú tuvieras sopa caliente y agua limpia en la litera. Ahora es tu única herramienta y tu única arma en el Yermo.

Leo apretó el acero templado, sintiendo la frialdad áspera y firme del metal fusionándose con el calor residual de las manos de su madre.

—Mamá…

—Prométeme una sola cosa antes de que se me apague la voz, Leo Brand —dijo Mara con los ojos brillando intensamente bajo la luz cobriza que entraba por la tobera—. Cuando yo cierre los ojos… vas a empujar con los codos y los talones por esos cincuenta metros que faltan. Vas a reventar la rejilla de salida con este punzón y vas a caer al fango sin mirar atrás. No te vas a quedar a velar un cadáver en un sumidero de basura. ¿Me lo juras por tu sangre y por tu vida?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.