La Primicia (sector R-0 — Libro 1)

El primer pulmón del Yermo

***

El viento que entraba por los huecos cuadrados de la celosía metálica no era una simple corriente de aire: era un torrente gélido, espeso, salvaje y denso a cuatro grados centígrados que aullaba como una turbina sin gobierno contra la boca circular del cilindro de hierro nodular.

Leo Brand apoyó las dos rodillas en el lecho fangoso de la tubería, fijó los ojos en los barrotes de hierro dulce cruzados que clausuraban la tobera de descarga y levantó el punzón de acero forjado con ambas manos. La penumbra del conducto vibraba con la presión del aire exterior, sacudiendo la lona de su chaquetón con ráfagas continuas que traían el polvo mineral del desierto.

La celosía exterior estaba formada por cuatro gruesas pletinas soldadas a un aro perimetral de fundición empotrado directamente en la roca de basalto. Durante más de medio siglo, el flujo ininterrumpido de salmuera ácida, lodos de condensación y vapores sulfurosos calientes vertidos por la Fosa había devorado los anclajes de plomo, transformando el metal en una costra carcomida de escamas parduscas y verdosas que crujían bajo el empuje incesante de la intemperie.

El muchacho encajó la punta afilada y cónica del punzón en la unión entre la pletina central y el marco del tubo.

Apoyó la cadera izquierda contra la pared curva de hierro, flexionó los codos y tiró de la empuñadura encintada en cáñamo negro con una palanca furiosa, desesperada e implacable. Volcó en el acero todo el peso de su cuerpo, la memoria de su padre Iván y la rabia contenida tras la muerte de Mara en el lecho de basalto.

El metal podrido crujió con un chasquido agudo, seco y desgarrador que resonó en el abismo exterior.

Una lluvia de óxido rojo, salitre seco y virutas metálicas cayó sobre el rostro del muchacho mientras el primer anclaje de plomo saltaba violentamente de su alojamiento en la roca viva.

Leo no esperó a que la vibración se apagara en el conducto. Retiró el punzón con un movimiento ágil, se apoyó sobre los omóplatos contra el techo del conducto de ochenta centímetros de luz libre y descargó una patada brutal con el talón reforzado en acero de su bota de calderería contra el centro mismo de la celosía.

El impacto fue demoledor y definitivo.

La rejilla oxidada cedió con un estruendo metálico que se perdió en el vacío de la noche, desprendiéndose del aro de fundición y precipitándose en caída libre hacia la oscuridad del barranco.

La boca del Ducto de Purga 7 quedó abierta de par en par al mundo exterior.

Una ráfaga violenta de viento gélido entró en el conducto como una bofetada helada, arrastrando partículas minerales y humedad ácida que golpearon los ojos desprotegidos de Leo. El aire no tenía el sabor estéril, enrarecido y reciclado de los respiradores mecánicos de la colonia: sabía a piedra volcánica molida, a humedad profunda de pantano y a ozono frío que jamás había sido tocado por filtros industriales.

El muchacho no titubeó ni miró hacia atrás. Sabía que la muerte de su madre solo tendría sentido si él cruzaba ese umbral sin detenerse.

Cumpliendo el juramento sagrado que le había hecho a Mara en la penumbra del conducto, Leo empujó su torso fuera del borde circular de la tubería y dejó que la gravedad hiciera su trabajo en la noche.

Su cuerpo cayó al vacío en la noche del basalto.

No fue un impacto seco y mortal contra la roca madre. A lo largo de medio siglo de purgas industriales ininterrumpidas de la Fosa, los lodos minerales y las cenizas vertidas por el Ducto 7 habían acumulado un gigantesco cono de detritos aluviales bajo la tobera: un talud inclinado a cuarenta y cinco grados formado por fango salino, arcillas blandas, sedimentos de carbón y gravilla volcánica suelta.

Leo impactó con las caderas sobre la pendiente de lodo blando, resbalando a toda velocidad por el plano inclinado durante diez metros de descenso vertiginoso mientras una marea de lodo grisáceo y frío salpicaba su chaquetón de faena y le cubría los brazos de barro salado.

El deslizamiento frenó en seco al alcanzar la base misma del barranco, levantando una ola espesa de salmuera y sedimentos que amortiguó la caída.

El muchacho quedó sumergido hasta la cintura en el lecho viscoso, denso y espeso del Mar de Ceniza: un manto interminable de lodos volcánicos que se extendía en la penumbra bajo la niebla nocturna.

El frío exterior a cuatro grados centígrados le caló los huesos al instante a través de las fibras del chaquetón de faena, paralizándole los músculos del abdomen con una punzada helada que le cortó el movimiento por unos segundos. Pero sus manos seguían aferradas al mango del punzón de acero forjado, sin soltarlo ni un solo instante.

Leo apoyó las palmas de las manos en el fango viscoso, sintió la densidad viva de la tierra no domesticada, levantó la cabeza empapada y miró hacia arriba.

Por encima de él ya no había bóvedas de hormigón armado, ni tuberías de alta presión suspendidas de los techos, ni focos industriales parpadeando con luz mortecina.

Sobre su cabeza se abría el cielo exterior: una bóveda colosal, infinita, sobrecogedora y sin límites, teñida de un resplandor cobrizo y ceniciento por las partículas de azufre y polvo en suspensión que cruzaban la atmósfera nocturna.




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