La princesa del desierto

Capítulo 3

Los jardines del palacio eran el único lugar donde podía respirar aire sin la mezcla de la voluntad ajena. Los altos muros me cerraban del mundo exterior, pero por dentro creaban la ilusión de la libertad. La fuente en el centro, el silencio, las rosas, el jazmín, las palmeras, el viento ligero; todo esto parecía pertenecerme.

Salí aquí para huir, aunque fuera por un instante, de las cartas de felicitación, de las conversaciones sobre el futuro, sobre el matrimonio, sobre el deber. Quería silencio. Y soledad. Pero no estaba sola.

Lo noté a él de inmediato. Un hombre con traje negro permanecía en la sombra, cerca del arco, tranquilo, silencioso, atento. En su oído se apreciaba un auricular. Obviamente, uno de los guardaespaldas. Uno como todos. Pero no. En realidad, no era como todos.

Él no se dio la vuelta cuando aparecí. No bajó la mirada, como manda el protocolo. Él miraba. Simplemente, con calma y directo a los ojos.

Por un instante me quedé inmóvil. Nuestros ojos se encontraron de nuevo. Y esta vez, más cerca. Este hombre era alto, de hombros anchos, con rasgos faciales afilados, con ojos oscuros en los que se ocultaba algo más profundo que el simple deber. Fuerza. Calma. Y algo más… algo muy peligroso.

Yo no sabía quién era él. Pero de él emanaba algo diferente, no una obediencia ciega, sino algo más profundo. Una amenaza silenciosa. O una protección.

—¿Es usted nuevo? —pregunté, aunque sabía que no me correspondía hablar primero.

El hombre asintió levemente.

—Sí, Su Alteza.

Su voz era baja y uniforme. Sin temblor, sin excesiva reverencia.

—Lo he visto antes —dije—. Cerca de las caballerizas.

Su rostro permaneció imperturbable.

—Soy parte de la seguridad de su padre.

Sentía que él no se parecía a los otros guardaespaldas que se veían en el palacio, aquellos que solo cumplen órdenes en silencio y se mueven sin pensar en la sombra. Este hombre parecía contener una tormenta en su interior, pero la dominaba con una fría confianza. Sus ojos, oscuros y penetrantes, no se apartaban, sino que me miraban directo al alma.

Permanecíamos en silencio, entre nosotros colgaba un muro invisible de precaución y de palabras no dichas. Sentí cómo despertaba en mí un extraño deseo de romper ese muro, de hablar, de comprender, de sentir.

No era fácil; tras los muros del palacio había aprendido a ocultar mis verdaderos sentimientos, a esconder la debilidad detrás de la fría máscara de una princesa. Pero aquí, en el jardín, donde la luz apenas tocaba nuestros rostros, esta máscara se aflojaba un poco.

—¿Suele estar mucho aquí? —continué la conversación, aunque esto estaba fuera de los límites de lo permitido. ¿Dónde se ha visto que una joven se permitiera hablar con un hombre? Incluso si es el guardaespaldas de su familia.

El hombre no respondió de inmediato. Su mirada permaneció concentrada, como si pesara cada palabra antes de pronunciarla.

—Solo cuando el trabajo lo permite. Pero este jardín es uno de los pocos lugares donde uno puede escucharse a sí mismo.

Sonreí, aunque fue algo pequeño y pasajero. Esta simple verdad, pronunciada por él, me tocó más profundamente que cualquier palabra lujosa o promesa pretenciosa. El hombre comprendía lo que yo tanto tiempo había ocultado incluso de mí misma: que la vida que me están preparando es una trampa de la que no hay salida.

—¿Y usted no tiene miedo? —pregunté en voz baja.

Él dio un paso más cerca, y sentí cómo crecía la tensión entre nosotros, como si el aire se hubiera vuelto más espeso.

—El miedo no es lo que me guía —respondió con firmeza—. Hay cosas que son más importantes que él.

Lo miraba a los ojos y comprendía: este desconocido no es simplemente un guardaespaldas. Es un hombre con un pasado que difícilmente quiere revelar, pero que ya lo ha cambiado para siempre. Un hombre que, a pesar de todo, eligió estar de guardia del orden y proteger a quienes más lo necesitan.

—Me llamo Kasim —dijo el hombre de repente, como si fuera algo importante que debía decirse.

—Yasmin —respondí yo, aunque no era necesario hacerlo.

Este fue nuestro primer encuentro real, pero no entre una princesa y un guardaespaldas, sino entre dos personas cuyos mundos nunca debieron cruzarse.

Desde entonces, el jardín se convirtió para mí en algo más que un simple lugar de huida. Se convirtió en un espacio donde se podía, aunque fuera por un instante, olvidar los límites y las reglas, donde el encuentro con Kasim no parecía una casualidad, sino el comienzo de algo nuevo: peligroso y fascinante al mismo tiempo.




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