La princesa del desierto

Capítulo 14

Salí antes del amanecer. No tuve que pedir permiso, hoy es mi día libre. Un día sin radios, sin cámaras, sin miradas que siempre se deslizan sobre mí, el exmiembro de las fuerzas especiales. Simplemente me senté al volante del viejo jeep y me dirigí hacia el noroeste, más allá de los límites de Doha, allí donde no había ni palacios ni personas.

La arena cambiaba de color mientras el sol despertaba: al principio era de un gris frío, luego dorada y después brilló con una blancura deslumbrante en la que se perdían los puntos de referencia. Pero yo sabía adónde iba. Un lugar que no figuraba en los mapas. Un saliente rocoso sobre un desfiladero desde el que se abría la vista al desierto silencioso. Allí no había nada. Y precisamente eso era lo que buscaba.

Apagué el motor, bajé. El viento tocaba mi piel, quemada por el sol, trayendo consigo un silencio que ni siquiera los recuerdos podían destruir. Pero solo por un minuto.

Me senté en una piedra e incliné la cabeza, cerrando los ojos.

Una explosión. La arena que estallaba en la cara, el metal caliente que volaba por el aire. Los gritos de alguien. Mi nombre. Luego, el silencio. Y de nuevo los disparos, el golpeteo del corazón en las sienes, el gatillo presionado. El olor a sangre ajena.

Inhalé lentamente, entre dientes.

No fue una sola batalla. Fueron años. Misiones de las que no todos regresábamos. Ciudades donde no quedó nada más que polvo. Y yo, por alguna razón, estoy vivo.

En cada uno de esos fragmentos fui preciso, concentrado, entregado. Pero cuanto más tiempo pasa, más a menudo me pregunto: ¿por qué? ¿Para quién?

Abrí los ojos. El desierto ante mí yacía como un libro abierto sin palabras. Me gustaba este mutismo. En él no había preguntas. En él no estaba Yasmin.

Recordé cómo se reía, abriendo los brazos, como si quisiera elevarse por encima de todo lo que la retenía. Ligera, viva, real. Y yo no me reía. Solo miraba, hasta que ella bajó los brazos. Y preguntó por qué era tan silencioso.

No sabía hablar de la guerra. De mí mismo. De lo que dejé allí, en el extranjero. En las montañas, en las operaciones nocturnas, en las miradas de los compañeros que ya no están. No podía decirle que el dolor en el pecho no era por celos, no era por un sentimiento prohibido. Sino por el hecho de que yo ya nunca volveré a estar completo. Y que el amor es un lujo que no me permito.

La arena crujía bajo mis pies. Me levanté, di unos pasos hacia el borde del precipicio. Abajo estaba vacío. Como si el mundo también quisiera olvidar todo lo que hubo aquí. Quería ser parecido a este paisaje: seco, inquebrantable, silencioso.

Seguí adelante, sin un plan claro, solo con la sensación de que el camino mismo me indicaría adónde ir. El asfalto cambió gradualmente a grava, y tras ella, a arena y piedras. Me encontré en un pequeño asentamiento que parecía de otra época, con calles estrechas donde el tiempo parecía haberse detenido, y un bullicio humano que resonaba por todas partes.

Al bajar del jeep, caminé entre los puestos del mercado, intentando distraerme de los pensamientos pesados que no me daban paz. Las huellas de la guerra y del pasado ya no parecían tan agudas cuando la sencillez y la cotidianidad estaban cerca.

Mis ojos se detuvieron en una tienda repleta de diversas joyas: collares, anillos, brazaletes; todos lucían modestos, pero con alma. Entre estas baratijas, llamó mi atención un pequeño broche en forma de rosa, fino, con pétalos grabados, hecho de plata. Parecía insignificante, pero por alguna razón había algo especial en él: fragilidad y, al mismo tiempo, fuerza.

Lo tomé en mi mano, sentí el frío del metal e imaginé a qué mujer podría pertenecer. Mi pensamiento regresó de inmediato a Yasmin, una princesa que no debería limitarse a nada menos que a todas las riquezas del mundo. Ella merecía la libertad, la elección, una vida libre de las cadenas de los títulos y los deberes.

Mientras regresaba al auto, el broche tintineaba suavemente en mi mano, como si dijera: “Ella vale más”.

***

Regresé al palacio al caer la tarde, cuando el aire sobre Doha aún conservaba el calor del día, pero el cielo ya se oscurecía lentamente, preparándose para la noche. Al entrar al territorio de la residencia, me detuve unos minutos en el auto, no porque tuviera asuntos pendientes, sino porque no quería regresar al silencio donde de nuevo me quedaría a solas con mi mente.

Pasé a través de la sombra de los altos arcos y los muros silenciosos, y me dirigí al jardín. Este lugar siempre regalaba al menos un poco de tranquilidad. Aquí todo estaba inmóvil: las estatuas, el agua de la fuente, los árboles que apenas se movían en el aire vespertino. Y, sin embargo, el jardín vivía, respiraba recuerdos que yo no podía expulsar.

Me senté en un banco cerca del viejo ficus. En la palma de la mano giraba ese mismo broche, la rosa de plata que hoy, por alguna razón, se había grabado en mi memoria. Sus pétalos esculpidos se deslizaban entre mis dedos, como un aliento que no se atreve a convertirse en toque. Este simple pedazo de metal me hizo recordar de nuevo a aquella que estaba demasiado lejos para pertenecerme, y demasiado viva para olvidarla.

Levanté los ojos hacia el balcón conocido, aquel desde el cual Yasmin a veces miraba al jardín, sin notar que yo estaba aquí. Quizás simplemente no lo demostraba. Cuántas veces me sorprendí a mí mismo esperando precisamente ese instante: su silueta de blanco, la sombra del cabello en su rostro, su silencio que sonaba más fuerte que cualquier palabra.




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