La Promesa de los 18 Años

La Carga del Compromiso

La mañana siguió con su ritmo frenético, con los alumnos entrando y saliendo de las aulas, y las horas deslizándose como si fueran solo un suspiro. Pero para Samantha, cada minuto parecía alargarse como si el tiempo mismo quisiera recordarle que no había escapatoria.

Había hecho todo lo posible por mantener la calma y pasar desapercibida durante el resto de la mañana, pero el pensamiento de Alexander seguía rondando en su mente, como una sombra que no la dejaba. A cada momento que pasaba, sentía la incomodidad de lo inevitable. Él sería su futuro, y ella no podía hacer nada para cambiarlo.

Durante el almuerzo, Valeria la buscó rápidamente, como siempre, pero esta vez tenía una expresión extraña en su rostro, algo entre curiosidad y preocupación.

—¿Te pasa algo? —preguntó Samantha, mientras apartaba su mirada de su ensalada.

—No —respondió Valeria, sentándose frente a ella—. Pero hay algo raro en todo esto.

Samantha alzó una ceja.

—¿A qué te refieres?

Valeria miró hacia todos lados antes de hablar, como si estuviera a punto de contar un secreto.

—He escuchado cosas sobre tu prometido.

Samantha frunció el ceño.

—No me digas que ya empiezan los rumores.

—No, no es eso. Es algo más… raro. Alexander no parece tan interesado en ti como en lo que la familia Mora representa. Ya sabes, tu apellido.

Samantha se tensó. El corazón le dio un vuelco al escuchar las palabras de su amiga. Sabía que el matrimonio era un arreglo de negocios, que los padres de ambos lo habían decidido por conveniencia, pero no esperaba que fuera tan obvio. ¿Era eso lo que él también veía en ella? ¿Un simple apellido, una familia poderosa para afianzar su propio estatus?

—¿Y qué más sabes? —preguntó, tratando de mantener la calma.

Valeria miró a su alrededor de nuevo, y luego bajó la voz a un susurro.

—Al parecer, ha estado bastante interesado en las conexiones de tu familia con el negocio familiar de los Belmont. Como si de alguna manera, fuera lo único que le importara. Los estudios, la política, todo eso… parece secundario. Lo que realmente busca es algo más práctico.

Samantha no pudo evitar sentir una punzada de ira. ¿Eso era todo? Un matrimonio arreglado para que él pudiera beneficiarse de la riqueza de los Mora, para aumentar el poder de los Belmont.

—¿Eso es lo que él piensa de mí? —preguntó en voz baja, sin esperar una respuesta clara. La pregunta era más para ella misma que para Valeria.

—No lo sé. Pero lo que sé es que no puedes dejar que eso te controle. Tienes el poder de hacer que esto no sea solo un juego para él.

Samantha la miró fijamente, pensando en las palabras de Valeria. Era cierto que tenía una opción. Al menos, podía pelear por sus propios intereses. Pero, ¿realmente quería seguir con esta farsa, ser parte de una tradición que no tenía nada que ver con ella?

—Mañana, a las 6 p.m. —dijo Valeria, sacándola de su ensoñación—. Te espero en mi casa para estudiar. Y no, no es solo para estudiar, ya sabes, quiero que hablemos de esto.

Samantha asintió distraída, sin dejar de pensar en la situación que tenía ante ella. Todo esto era un desastre.

La tarde pasó entre las clases aburridas y la constante presencia de Alexander en su mente. Cada vez que lo veía o pensaba en él, la incomodidad se apoderaba de ella. Aunque no lo aceptaba completamente, sabía que parte de él la atraía. No solo por su físico, sino por esa arrogancia que irradiaba, por esa seguridad con la que parecía caminar como si todo le perteneciera. ¿Pero valía la pena seguir con este compromiso solo por esa chispa de atracción momentánea?

Al llegar a su casa, la presión aumentó. Los murmullos familiares eran inevitables. Su madre la miraba con una sonrisa que ocultaba más de lo que mostraba, y su padre se mantenía en su mundo de negocios, como siempre. Pero, por alguna razón, ese día la situación la hacía sentir más agobiada.

—Samantha, ¿cómo te fue en el colegio? —preguntó Luisa, mirando a su hija con atención mientras sacaba la cena.

—Bien. —Samantha no tenía ganas de entrar en detalles. No quería hablar de lo que pasaba en su cabeza ni de lo que sentía por el "futuro" que le imponían.

Luisa la observó un momento, como si pudiera leer sus pensamientos, pero no dijo nada más. Era evidente que había algo raro en el aire.

La noche pasó lentamente, y al final, Samantha se dirigió a su habitación. Cuando entró, cerró la puerta tras de sí con un suspiro de agotamiento. Se tumbó en su cama, mirando al techo, pensando en todo lo que sucedería en los próximos meses.

Dos años. Eso era todo lo que le quedaba. Dos años hasta su graduación, hasta el día en que su futuro, de alguna manera, estaría sellado. Podía luchar, podía rebelarse, pero al final, todo seguía siendo una sombra que la perseguía.

¿Qué haría si Petunia no venía? ¿Qué haría si nunca cumplía la promesa?

Samantha cerró los ojos, dejándose llevar por el peso de esas preguntas. El sonido de la casa parecía desvanecerse mientras sus pensamientos tomaban el control. La promesa de Petunia seguía en su corazón, como un faro que la guiaba. No podía dejarla ir.

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