La Promesa De Mi Madre (atada a Un Extraño)

CAPITULO I: ¿COINCIDENCIA O DESTINO?-PARTE I: UN ÁNGEL.

PARTE I: UN ÁNGEL.

El atardecer bañaba el cielo y, a su vez, las nubes se abrían para darle paso a los destellos naranjas, tornando casi al rojo, una llama de amor como la de los enamorados que se demuestran su afecto cada vez que se miran, en los principios del coqueteo…

Las palomas aterrizaban como avionetas de guerra, directo a las torres de madera, mientras recibían su premio: maíz molido. Picaban el maíz mientras zureaban; sin exagerar, rondaban veinticinco aves, blancas y otras con manchas azuladas en un tono fuerte. Joel contemplaba cómo las palomas estaban ya domesticadas, pensaba en lo fácil que ahora pudiera ser atraparlas, meterlas en una bolsa y llevárselas a su casa.

Metía la mano en la bolsa de maíz, tomaba un puñado y después las aventaba como aspersor de izquierda a derecha; anteriormente las tiraba de derecha a izquierda, pero desde hace varios minutos dejó de hacerlo de esa manera. Sonreía y sentía placer y paz.

Las demás aves hacían su canto en los árboles que estaban alrededor del parque, Joel estaba en un lugar perfecto, no le daba demasiado el sol, podía ver todo el parque, el quiosco y a los vendedores, y lo mejor no era bombardeado por las avionetas con plumas de dos patas. Los rayos del atardecer atravesaban el quiosco como si ángeles bajaran; instantes una de ellas caminaba en dirección a él. La luz del atardecer lo segaba y una mano del ángel no le permitían verle el rostro. Los cabellos que se movían de un lado para otro conjugaban con el momento celestial. Esperaba atónito que en cualquier momento el ángel extendiera la mano y lo invitara a irse con él. O al menos destellara su luz.

Bajó la mirada enseguida al darse cuenta de la jovencita, no quería parecer un acosador que se sienta en las banquetas de cualquier parque para observarlas. O que alguien malinterpretara su visión imaginaria.

La joven se sentó sin más sollozando, pequeñas lágrimas se deslizaban en su mejilla rojiza y para Joel era inevitable no escucharlo. Llevaba unos jeans y una blusa blanca. Tenía los ojos cafés claros, cabello negro largo, lacio y brillante.

Joel se encontraba ligeramente incómodo, por alguna extraña razón él se sentía parte del dolor de la joven desconocida. Se detuvo en alimentar las palomas, dejó reposar sobre las piernas la bolsa de maíz triturado y con la mano izquierda sacó una servilleta de papel en la pequeña bolsa de su camisa, lo extendió en dirección de la joven.

Ella permanecía sentada inmóvil, con la mirada al suelo, sin prestarle atención a su alrededor, ni a las palomas ni a quien estaba a lado de ella.

Nuevamente, Joel insistió con la servilleta, pero esta vez agitó la mano. Ella siguió en su mundo, perdida.

—Toma —dijo al fin con un tono amable.

La joven giró el rostro como un robot que ha sido accionado con un botón, indicándole la acción de mover solo una parte de todo su cuerpo, la cabeza.

—Gracias… Señor…

El sollozo de la joven iba disminuyendo, con pena se limpiaba la nariz. Joel continuó arrojando con delicadeza el maíz, al parecer las palomas ya sabían que Joel no se iba nunca hasta acabar la bolsa y dedicarles unas palabras.

La mirada de la joven cambió hacia las palomas, se llevó el dedo índice de la mano izquierda a los labios, ligeramente se le notaba los dientes. Las palomas picaban, zureaban, el maíz caía como agua que riega plantas y eso le comenzó a dar tranquilidad, serenidad y pensar en lo que le ocurrió antes de llegar allí. El llanto cesó, el corazón latía con normalidad y al fin un pequeño suspiro desprendió de su pecho.

Joel se preguntó por instantes lo que pudo haberle ocurrido para llegar a donde él y sentarse con lágrimas en los ojos, recordó aquella canción:

sécate las lágrimas, pequeña, que aún tienes por vivir, un fallo en el amor no significa el fin del mundo

Después de todo, él conocía las facetas de la tristeza ocasionada por el amor. Apostaba a que eso ocurrió…

—Gracias por la servilleta señor —dijo con la voz apagada—, no era necesario.

—Descuida, no me gusta que una joven como tú esté llorando a mares.

—Debe estar pensando que estoy loca por andar llorando en el parque.

—Para nada —sonrió—, yo creo fielmente que las lágrimas son una manera de liberar dolor, angustia y calmar el alma. Después de la tormenta viene la calma. Eso dicen muchas personas…

La joven asintió con la cabeza y sonrió al escuchar esas palabras con ligero toque a rima. Ella seguía mirando las palomas y por largos momentos sus ojos parpadeaban, en una de esas la última lágrima que permanecía aferrada a sus lindas pestañas se desprendió cayendo en alguna parte de su blusa.

—Eso es lindo —dijo—. ¿Usted sabe a qué hora es el último autobús para Caltún?

—Creo que es a las 7:30 p.m. No estoy muy seguro.

Nuevamente asintió con la cabeza. Aún con el dedo en los labios sonrió, le dio gracia lo que Joel hacía en esos momentos.

—¿Eres de allí?

—Sí, solo vine con…

Se lo pensó, dejó sus palabras al aire.

—Entiendo, tus padres deben estar buscándote, no deberías estar molesta con ellos. ¿Hiciste algún berrinche?




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