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Maribel llegó a la terminal de autobuses. No tenía intenciones de encontrarse con Esteban, por lo que se detuvo en la entrada para observar si él estaba entre las personas. Avanzó hasta colocarse en la fila de los próximos pasajeros que compraban su boleto.
El guardia anunciaba a todo pulmón el último autobús con destino a Caltún, llegó a donde se encontraba la fila y, sin parar, repetía una y otra vez el destino. El reloj marcaba 7:26 p.m.; las personas caminaban con prisas y entre ellas Maribel. No estaría tranquila hasta subirse y cerciorarse de que Esteban no esté ocupando un asiento en primera fila. Entregó su boleto al chofer, caminó mirando disimuladamente los asientos. La extraña sensación de no querer encontrarse con él invadió todo su cuerpo; las piernas no se detuvieron sino hasta llegar en los últimos asientos. Dejó caer el cuerpo en uno de los asientos, suspiró y, por fin, comenzó a tranquilizarse el corazón.
El autobús dio marcha al destino programado. El guardia hacía sus últimos registros en su bitácora, indicando por fin que era la hora de hacer la última limpieza en la sala de espera y en los baños. Deslizó la enorme reja que da acceso a los autobuses y en ella un letrero: «NO PASAR». Fue en busca de un cubo de plástico, escoba, jalador y detergente; pronto vendría su relevo.
Una delas cosas que siempre hacía Maribel era dormirse durante su viaje; el aireacondicionado era el complemento ideal para profundizar en sus sueños. Pero esedía, al tener un pleito con Esteban, le bastó con ponerse en los oídos losaudífonos y escuchar música para permanecer despierta. Tenía cosas que pensar ydecisiones que tomar.
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El autobús llegó al pueblo, estacionándose frente al pequeño parque. Maribel se bajó junto con diez personas; las reconocía e intentaba no entablar una conversación. Como en cualquier parte del mundo, no necesariamente todos son amigos o conocidos que se puedan considerar personas amables. Mientras el autobús se marchaba en su próximo destino, siendo el final, una voz de fémina le gritaba su nombre. De no tener los audífonos, habría escuchado enseguida. Caminó rumbo a su casa sin prisas, perdiéndose en las melodías melancólicas, recordando momentos de su niñez de cuando era feliz, de cuando era abrazada por su padre y de cuando le compraban juguetes o dulces. Una lágrima inocente rodó en su mejilla, dio un suspiro dando algunos pasos juguetones de izquierda y derecha; eso hacía cuando de niña iba de compras a la tienda con su padre. Se detuvo en la esquina de la calle, una mano posó en su hombro.
—Te he estado gritando, quita eso que traes en tus oídos.
—¡Tía! —dijo asustada—, lo siento. No la escuché...
—Claro que no, si esa cosa está metida en tus oídos. Aún no entiendo como los jóvenes se ponen eso, no pueden escuchar nada.
Maribel dibujó una ligera sonrisa, al final se quitó los audífonos.
—¿Dónde están los medicamentos? ¿Por qué tardaste mucho?
—Tía, yo...
—Sabes que no tienes tiempo que perder, debes ocuparte de tu casa, cuidar tu empleo y sobre todo cuidar... de tu madre. Ella te necesita.
Cuando Maribel se subió al autobús con Esteban para llegar a la ciudad de Los Santos Reyes, pudo respirar ese aire fresco que te llena los pulmones de vida y no es porque en el pueblo Caltún no abundara el aire puro y natural (comparado con el de la ciudad, o cualquier otro pueblo mágico); al estar lejos de casa aprovechó tener un día de descanso sin tener que seguir almacenando problemas de casa. Esteban le daba un escape a su realidad; junto a él se sentía protegida, querida y comprendida. Hasta que tuvieron esa discusión.
Ella estaba lamentando profundamente, hasta odiándose, por tomarse a la ligera la salud de su madre y no regresar lo más rápido posible con los medicamentos. Una mentira grave por su bienestar mental, una mentira por estar enamorada y siendo Esteban ese escape a la realidad. Se estaba odiando y recriminando justamente en ese momento, dando por hecho que no valió la pena haber mentido.
—Vamos, se hace tarde y tu madre debe tomar su pastilla —sentenció.
La casa tenía dos piezas: una hecha de concreto y la de atrás, de maderas y guano. La casa de concreto le fue otorgada hace un par de años, cuando su padre aún vivía. La madre descansaba en su hamaca con dolores en los brazos, piernas; tenía dificultad para pronunciar palabras.
Al ver a su hija, los ojos se llenaron de lágrimas; estaba feliz de verla. Tenía esos ojos de madre y el sentido para detectar que algo mal rondaba en ella. Lloró también al no poder consolarla como debiera y al verla triste; en su mente pedía que ella le confesara cuál era su temor y así abrazarla.
—¡Mami, ya estoy aquí! —sollozó Maribel.
La tía fue por agua para darle la pastilla y preparar la jeringa para la inyección.
—¿Por qué hasta ahora llegas? —dijo con gran esfuerzo, y su respiro era tenue.
Maribel tomó los brazos de su madre, se recostó como niña pequeña en el pecho hasta lograr que los brazos de su madre posaran sobre su espalda. Pequeñas lágrimas rodaban por sus mejillas lisas y blandas, no podía confesarle a su madre el disgusto que se había suscitado entre ella y su novio. La madre tenía conocimiento de la existencia de Esteban en la vida de su única hija; en tiempos difíciles, tener a alguien cerca era lo adecuado para sentirse de cierta manera protegida y no cargar con todo el peso, y su madre sabía exactamente eso. Estaba agradecida en silencio con el muchacho por brindarle compañía y su buena amistad; eso era lo que ella tenía en mente: amistad.
Las lágrimas se colaban en la bata sencilla que llevaba puesta la madre, quien podía sentir el frío de las gotas en el pecho. Con un gran esfuerzo de la madre, movió los dedos para darle palmadas a su hija. Las circunstancias presentes hicieron dudar a la madre el motivo real de la tristeza de Maribel.