Espero que lo disfrutes, una mezcla de emociones: tristeza, amargura, dolor.
Por más que lo intentaba, Maribel no conciliaba el sueño; lloraba en silencio pensando y acomodando sus sentimientos. Miraba fotos en el pequeño álbum familiar, aquellas de cuando su padre la llevaba a cuestas.
Algunas fotografías estaban manchadas y otras el enfoque no era de la mejor calidad. Sin embargo, en ese momento se podría considerar que eran de las mejores, tecnología de punta.
Miró fotografías de su cumpleaños número cinco. Llevaba un vestido azul cielo con botones blancos, tenía un listón en sus coletas y zapatos negros con un pequeño listón de color blanco. El pastel era de color rosado, y allí se dio cuenta de que no le gustaba el pastel de galletas.
Su padre la tenía en brazos donde ambos sonreían. La siguiente fotografía era similar; un ligero cambio fue que en sus narices tenían una mancha de merengue del pastel con las sonrisas engrandecidas. Acarició la fotografía, humedeció el plástico protector con sus lágrimas.
La siguiente fotografía era la de su madre con ella, sonriente, sin verse pálida ni con ojeras, y llena de vida, energía. La última fotografía que miró esa noche fue en la que los tres estaban sonriendo. A la izquierda la madre, a la derecha su padre y ella en medio. Apoyaba ambos brazos sobre la mesa a un costado del pastel antes de ser cortado.
Levantó el álbum atrayéndolo hacia su pecho, lo abrazó con fuerza siendo inevitable no romper en llanto. «Te extraño, me haces tanta falta», susurró. Siguió llorando aquella noche desconsolada.
Más tarde, los problemas de su casa y de su madre desaparecieron; el llanto le sirvió para reiniciar el sufrimiento, como un cronómetro.
Un cuarto de hora antes de las cinco de la mañana, Maribel fue al baño a mirarse en el espejo, encontró una cara triste y cansada que, a pesar de su plena juventud, pareciera que había envejecido o quizá así se sentía por haber estado llorando y por la carga que llevaba consigo. Frotó sus ojos con las manos, se dio pequeñas bofetadas hasta hacer un esfuerzo extendiendo los párpados para que el sueño se le quitara y permanecieran abiertos.
Se dirigió a la cocina. Una pequeña parrilla de dos quemadores hacía su labor de todas las madrugadas y por el resto del día. Calentaba un poco de agua para su madre, para sus pastillas.
Se sentó en la silla de la mesa recostando levemente la cabeza sobre una de sus manos, pestañeó y, si no fuese por el agua chillando por hervir, no se habría despertado. Reaccionó despavorida, olvidando lo caliente que se encontraba el recipiente de metal, y soltó un alarido al sentir sus manos quemarse. Apagó la parrilla de gas y se dijo a sí misma una y otra vez: «¡Tonta!».
Llegó a donde su madre. A un costado de ella se encontraba una mesa de madera donde ponía las comidas y bebidas. Agarró el brazo de su madre con un poco de fuerza, se detuvo, y los pensamientos negativos llegaban como punzadas de cuchillo.
Las primeras veces que despertaba a su madre no tenía ningún problema, pero desde hacía días comenzaba esa idea maligna en su cabeza de que, al sacudirle el brazo, su madre no despertaría. Eso le aterraba; le pedía a Dios tenerla un día más con vida.
Había leído en los periódicos noticias de suicidios y en su mayoría eran jóvenes de su edad que salían por la «puerta falsa». No fue en una ocasión, sino varias, en las que llegó a divagar sobre qué pasaría si ella dejara de existir, si dejara todo —incluyendo dejar a su madre a la deriva y que su tía se encargara—, incluso dejar de existir cuando su madre ya no estuviera.
A su parecer, no le quedaba una meta o sentido a su vida, ni una promesa viviente por la cual luchar. En las noticias describían los motivos de los suicidios, y uno de ellos era sentirse vacía, sin metas. «Qué locura pensaba».
No fue hasta la quinta sacudida cuando la madre se movió, mostrando ligeros malestares de dolor. Día a día se esforzaba por mover todo el cuerpo con la esperanza de que respondiera como antes. Suavemente, pronunció el nombre de su hija. Tragó las pastillas y asintió levemente con la cabeza, dando por sentado que seguirá descansando y sobreviviendo mientras su voluntad y Dios lo permitan.
La tía llegó puntual como siempre a relevar a Maribel, quien estaba terminando de desayunar con la actitud desganada. Dejó la taza y el plato en el pequeño fregadero y se marchó por la puerta trasera. Iba en dirección a la tienda de don Fermín, donde ella trabaja.
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