Continua:
Al día siguiente, como de costumbre, repitió su rutina: una ducha con agua fría, vestimenta casual y marcharse hacia el despacho. Algunas veces antes de llegar a su destino hacía una parada para desayunar, en otras ocasiones lo compraba y lo llevaba a la oficina, y otras veces pedía su desayuno desde la oficina.
Al llegar el día menos deseado, él permanecía acostado sobre su cama con los brazos y piernas extendidas, miraba el techo vagamente y pensaba si en verdad quería dar malas noticias o inventarse algo bueno y dar falsas esperanzas. «Todo estaba marchando bien... muy bueno para ser verdad, esos malnacidos siempre se salen con las suyas», pensó.
Poco después se giró sobre la cama quedando boca abajo, manteniendo los brazos y piernas extendidas. Cerró los ojos y fue imposible no imaginar a aquella mujer implorando ayuda con los ojos tristes.
Abrió los ojos y las cerró de nuevo para tomar valor y levantarse de una vez por todas. Se echó una ducha con agua fría y se marchó rumbo al pueblo Caltún.
Al llegar, giró hacia la izquierda y avanzó el último tramo de asfalto. Levantaba el polvo aun con velocidad baja; se perdió en algunas calles hasta llegar a una casa de mampostería. Casas que en su momento el gobierno del Estado regaló; algunas fueron de cuatro metros por el frente por seis a lo largo, con sala, comedor, cocina y baño integrado, y otras casas que regaló el gobierno fueron una sola pieza de cuatro por cuatro metros y baño independiente, aproximadamente tres por dos metros. Justamente donde Joel estacionó se encontraba una casa pequeña con una ventana que miraba la calle a donde él, el terreno era algo grande.
Se bajó del coche y caminó hacia la puerta. Golpeó varias veces y pronto alguien abrió.
—Buenos días, es usted, pase por favor. Ella está dormida, ¿trae buenas noticias? —sonrió.
—Buenos días —repitió Joel, no sabía qué responder a esa pregunta, y si la tenía, no se lo diría a quien le abrió la puerta.
—¿Sabe? Soy la hermana, su única hermana y cualquier noticia yo podría decírsela después.
—No quiero ser irrespetuoso, pero es a ella a quien se lo diré. —dijo Joel tajante.
La hermana miró a Joel con una sonrisa inmóvil por la respuesta de él, esperaba enterarse de algo.
—Claro, claro —se dio media vuelta y enseguida desapareció la sonrisa amable—, sígame por favor.
El cuarto de mampostería tenía entreabierta la puerta y Joel se fijó que no tenía mucho en el interior; había bolsas y dedujo que estaban llenas de ropas, una pequeña mesita y silla de madera, y un espejo vertical.
Continuó caminando hasta llegar a la segunda pieza, la de maderas y guano. A un costado la señora a quien vino a visitar descansaba.
—Mari despierta —la hermana sacudía el cuerpo débil—, el joven ha venido. Mari despierta.
La señora daba quejidos y Joel no supo con certeza si eran de dolor o molestia por ser despertada bruscamente de sus sueños.
—El joven está aquí.
—¿Quién? —dijo somnolienta. Trataba de levantarse de su hamaca.
—El joven que está viendo la indemnización de Diego.
—Sí, ya lo recuerdo.
Intentó levantarse nuevamente, soltó un alarido y Joel se acercó para ayudarla.
—No te esfuerces Mari, lo sabes —dijo la hermana.
—Estoy bien, estoy bien —jadeaba.
La hermana le colocó entre la cabeza y parte de la espalda una almohada casera que habían hecho con ropas viejas.
—Déjame sola con él —decretó.
La hermana, sin mirar a Joel, se alejó, pero se quedó cerca a escondidas para escuchar la conversación. Joel miró a sus lados y vio una silla de plástico.
—Tomaré la silla...
—Sí, está en su casa, joven.
Joel acercó la silla hacia la señora y se sentó.
—¿Son buenas?
Joel quedó callado, carraspeó y no sabía exactamente cómo iniciar con las malas noticias. Ella giró levemente la cabeza para mirar la cara de Joel.
—Hay buenas..., ¿cómo ha estado? —Joel se apresuró a decir.
—Bien, trato de pensar positivo —sonrió.
—Se ve bastante bien, mejor que la última vez que la vi.
—¿Usted cree? —sonrió nuevamente.
—Sí.
—Hace tres meses que me vio y siento que he estado empeorando; tres meses siento como si fuesen años, no creo que me vea bien... Pero es lindo de su parte.
Joel no dijo nada. Estaba allí sentando, pero no a gusto. Ella volvió a mirar el rostro de Joel y notó lo serio y sereno que se encontraba.
—Algo tiene y puedo darme cuenta.
Joel miró a la señora. Notaba un rostro pálido con los cabellos revueltos, los ojos con ojeras y las manos delgadas; había perdido peso.
—No se sienta mal, si son noticias malas estoy dispuesta a escucharlas, pero no quiero que me mienta, quiero que sea honesto conmigo.
—La indemnización —dio una pausa y con mucho dolor prosiguió—, nadie ha recibido ni un solo peso y no se los darán, a ningún empleado se lo entregarán. El gobierno tratará que extender el pleito.
—Debí imaginarlo —tosió levemente—, esos desalmados no les interesa como viven las personas, no les interesa si necesitan el dinero... Trabajas para ellos y al final te abandonan. Mi esposo trabajó día y noche en esa empresa, ¿todo para qué?
—Lo siento, señora.
—Ya no sé qué hacer, no tengo nada —comenzó a sollozar—, mi hija ya no estudia, se la pasa trabajando para ayudarme con el alimento y mis medicamentos, y con lo que me da la empresa por adelantado a cuenta de la indemnización, me ayuda bastante —hizo una pausa—. Ella es una linda muchacha y no debería pasar por esto, no después de la muerte de su padre.
A Joel se le formó un nudo en la garganta.
Sorpresivamente la señora se detuvo con los ojos llenos de lágrimas y miró directamente a Joel.
—Joven, usted me mintió.
Joel sintió una sacudida y un ligero temblor en el cuerpo, sentía como poco a poco las palabras: «Me mintió», le reclamaban algo que no sabía con exactitud. Apunto de decir: «¿Yo?».