La Promesa De Mi Madre (atada a Un Extraño)

PARTE VI: UN ADIÓS EN SILENCIO

Continuación y última Parte del Capíutlo I: ¿Coincidencia o Destino?

En ese mismo día, pasado de las 2:00 p.m. Maribel se despedía de don Fermín, quien sabía de su problema le regaló algunas cosas para que su madre y ella comieran, por si no tenían en casa.

Caminó como siempre, vacilando sus pasos, miraba hacia abajo como buscando algo, quizá un portal subterráneo para escaparse de sus males. De cierta manera, la tienda de don Fermín le daba horas de distracción y en qué ocupar la mente; era una tienda muy surtida en productos y una de dos tiendas en todo el pueblo.

Muchas personas iban a comprar y siempre había que barrer, limpiar productos por el polvo, acomodar refrescos, pesar y embolsar frijol, azúcar y, desde luego despachar a los clientes. Don Fermín es quien le recordaba a Maribel la hora de salida, y en muchas ocasiones llegó a sospechar que el tiempo no es más que un enemigo cuando se tiene problemas.

Ella siempre quería hacer algo más de lo habitual, pidiendo quedarse diez, veinte, treinta minutos de más aun cuando ese tiempo no se las pagaran, estaba conforme con tener un sueldo semanal fijo y trabajar un turno. Y por las tardes cuidar a su madre reemplazando a su tía. Don Fermín la regañaba diciéndole lo suficiente que hace en la tienda y no es necesario quedarse más tiempo del acordado, incluso la regañaron el día que pidió trabajar un horario de 7:00 a.m. A 8:00 p.m.

—Aplaudo tu entusiasmo querer trabajar de más, pero tienes a tu madre que necesita de ti. No lo acepto.

Don Fermín deducía que la joven trataba de no ir a casa para no enfrentar sus problemas.

—Oye, no soy tu padre... Tienes que afrontar los problemas de la vida, no siempre es huir.

Le dijo don Fermín en una ocasión.

La tienda era su refugio de Maribel.

Al llegar a casa su madre dormía y su tía estaba bordando una servilleta; al ver a Maribel ella saltó de su silla.

—Llegas tarde, mira la hora. ¡Mueve más rápido esas piernas!

Maribel solo la escuchaba y odiaba tener una relación de familia con ella.

La tía hizo un gesto de molestia y se marchó a su casa, estaba a lado de donde Maribel vivía.

Maribel preparó el almuerzo, sancochó papas, caldo de pollo con calabaza tierna. Sirvió la comida con ese olor a recién hecho que abre el apetito. Ella iba a despertar a su madre.

—Hasta allí huele muy rico.

Maribel estaba paralizada, hace mucho tiempo que no veía esa alegría en el rostro de su madre.

—Tienes mi sazón... no, la sazón de toda una generación —nuevamente sonrió, sus cabellos cubrían el rostro.

Maribel comenzó a llorar desconsoladamente, abrazó a su madre y la presionó con tanta fuerza.

—Despacio, mi cielo.

La madre abrazó a su pequeña y le acarició su cabello. A Maribel le encantó que le dijeran: «Cielo». Era el apodo que su madre y padre le habían puesto.

—Mamá, mamá... Te amo.

—Yo igual te amo. ¿Comemos juntos? El caldo sabe mejor caliente.

Maribel no quería despegarse de su madre ni que dejaran de acariciar sus cabellos. Su cuerpo comenzó a calentarse y a sentir lo que le faltaba: el calor de madre.

—Comamos, también quiero disfrutar ese momento.

Las dos se sentaron y Maribel sostuvo la mano de su madre como cuando una niña va a la escuela. La madre probó el caldo de pollo.

—Mmm, ¡está rico! Ya te puedes casar —soltó una risa.

Maribel acompañó a su madre con una sonrisa divertida.

—Veamos qué tal la papa... simple, pero así es como la debo comer.

—Sí, ¿quieres agua?

—Sí, mi cielo.

Maribel fue por agua y vasos, sirvió el agua, se sentó y volvió a tomar la mano de su madre.

—¿Cómo te trata don Fermín?

—Bien, hay mucho trabajo y es bueno conmigo.

—Ese señor se ganará el cielo. Cuando lo vuelvas a ver, dile que estoy agradecida con él por toda su ayuda.

Maribel asintió con la cabeza. Se aclaró la garganta y sacó lo que pensaba desde hace unos segundos.

—Mamá ¿ya sanaste? —preguntó aun con temor, la voz comenzaba a quebrarse—, te levantaste y ahora estás aquí comiendo conmigo.

—No lo sé, mi cielo, solo sentí las ganas de levantare y mi cuerpo me lo permitió. Si estoy aquí es por la gracia del Señor.

—Ahora podemos ver la tele juntos —dijo entusiasmada—, platicar, salir a comprar los elotes que te gustan, podemos ir a visitar a papá, podemos bailar, podemos cantar, podemos...

—Calma —ella regaló una sonrisa—, no te adelantes, apenas estoy recuperando fuerzas.

—Lo siento...

—Pero en verdad, mi cielo, ya te puedes casar... rica la comida.

—¡Ay! Mamá, ni pienso en eso. Los hombres son unos tontos, estúpidos, unos perros... —hasta ella misma se asustó con lo que dijo—, perdón mamá.

La madre soltó una carcajada sintiendo un ligero dolor en la espalda y en el pecho, pero aun así siguió riendo. Maribel se sorprendió que no le llamaran la atención por decir: Estúpidos, perros.

—¿Qué? Tienes esa cara cuando dices palabras malas frente a tu madre —sacó su lengua y sonrió. Maribel solo miró a su madre hacer esa reacción como una niña—, no te preocupes, ni tengo las fuerzas de pegarte ni las fuerzas para regañarte. Pronto serás una mujer mayor de edad y ya debes saber que está mal y que no... Sigamos comiendo.

—Está bien, mamá.

Más tarde, Maribel llevó los platos y las cucharas al fregadero. La madre se levantó y fue hacia la puerta trasera para salir al patio trasero.

Caminaba con ligereza como cuando no estaba enferma, mientras avanzaba hacia la luz del día podía escuchar como los árboles hacían cantares con sus hojas, el viento golpeaba su rostro y sus cabellos bailaban. Inhaló hasta que sus pulmones aguantaran, soltó el aire con una sonrisa, quizá de agradecimiento por ver una vez más la vida, la naturaleza.

—Mamá, ¿qué haces allí? ¿No te sientes cansada?

—No, mi cielo.

Su madre salió de la casa y caminó hasta llegar al pozo que estaba a unos metros. Maribel caminó rápido hasta llegar con su madre.




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