La Promesa De Mi Madre (atada a Un Extraño)

PARTE I: SORPRESA

Continuamos...

Pasó una semana y, si no hubiera sido por la llamada de la tía, Joel no habría ido al pueblo. Tuvo momentos de inquietud, pensaba demasiado en su promesa hecha y dudó por momentos de ir por su propia voluntad. En la oficina trataba de mantener su mente ocupada para no pelearse con su interior. A diferencia de aquella vez con la mala noticia del abogado acerca de la indemnización, ahora la promesa, su palabra, sí era capaz de desorientarlo y provocarle una tremenda desconcentración.

La tía le había dicho por teléfono que su hermana había muerto y también le dijo que prefirió ella misma, sin consultar a su sobrina, avisarle días después del fallecimiento. Joel supuso que así estuvo bien. La tía le dijo que puede pasar cuando él guste por el pendiente...

«¿Así es como se refiere a su familia? ¿Un pendiente?», había pensado. Ese día, Joel comenzó a sospechar que la tía escuchó toda la conversación, desde donde se escondió la última vez. Se preguntó si ella habría descifrado lo que su hermana le susurró al oído; quizá era tan chismosa que incluso poseía un oído agudo.

Al final de aquella llamada, Joel aseguró que iría el domingo.

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Cuando ese día llegó, Joel desde muy temprano fue a recoger la camioneta prestada de un amigo, Juan. Ciertamente Juan, no supo con exactitud para qué quería la camioneta.

A las 8:00 a.m., Joel llegaba a la casa donde tenía una cita a ciegas, una cita con su promesa, su palabra o una cita de su destino, o por sus circunstancias.

La tía esperaba a Joel con más entusiasmo que Maribel y, cuando vio la camioneta estacionarse, se levantó con alegría de su silla mecedora, que estaba cerca de la puerta de su casa.

—Espero que sea ese muchacho...

Joel se bajó.

—Uuuy, se ve que es de dinero. ¡Suerte!

Joel caminó a donde la tía estaba.

—Buenos días, señora.

—Buenos días, joven, puedes decirme tía, al final seremos parientes —sonrió.

Joel no dijo nada, ni siquiera devolvió la sonrisa, ni por amabilidad. Mantenía una mirada fija e inexpresiva, aunque siempre ha sido así. Nunca le han gustado los problemas o meterse en alguno. Siempre era reservado, con pocos amigos, y amaba estar a solas. Consideró alguna vez que la soledad puede ser su mejor amiga.

Realmente disfrutaba de sus actividades en casa o a solas; si se trataba de una fiesta, intentaba evadirla. Si no tenía escapatoria, le gustaba pasar desapercibido, huía de ser señalado como el centro de atención, mostrándose como una persona tímida, aburrida y sin gracia. A veces, las mujeres lo juzgaban y decían: «Ese muchacho me mira mucho, ¿es un pervertido?». Pero lo que realmente le pasaba era su falta de confianza, no la de ser el chico popular al que todos aman y con el que todos se divierten en las reuniones íntimas o fiestas. Lo mismo le sucedía cuando fue estudiante. Y así como pensó que la soledad era su aliada, también pensó que en ocasiones era ignorado, aunque no le llegó a disgustar. No siempre tuvo ese comportamiento.

—Señora, si ya sabe el motivo de mi visita, creo que es mejor terminar con esto. Alargarlo no mejorará la relación entre usted y yo... Lamento ser directo.

—No se preocupe —la sonrisa se le fue apagando.

«Como si me importara», pensó.

Joel intentó avanzar hacia la casa de la hermana.

—Espere un momento, joven, yo sé que mi hermana le pidió que cuidara a mi sobrina, pero ella podría no estar de acuerdo... Si usted me ayuda —nuevamente sonrió de oreja a oreja—, yo podría ayudar a que acepte... Le conviene tenerme de su lado.

Joel la ignoró.

—Espere, solo le pido una ayuda... Yo podría hacer que todo salga mal y le arme una escena justamente aquí. ¿Le gustaría?

—Señora, ¿lo que me pide es dinero a cambio?

La señora dudó por un momento.

—Una cuota de recuperación —hizo una mueca—. Mi sobrina me debía dinero por comida, medicamentos, y ni hablar de la renta.

«¿Renta?», pensó Joel.

Joel miró a la señora, callado y asombrado por lo que escuchó.

—Señora, se trataba de su hermana, de su sobrina... Son sus familiares...

—Nunca me cayó bien Marisol; solo por mi hermano las aguanté. Solo le llamo hermana...

—¿Cuánto? —interrumpió, no podía creer el descaro.

Ella soltó una sonrisa como alguien que recibirá un dinero sin esfuerzo.

—Diez mil pesos...

—¿Es lo que vale su familia?

—Ya le dije que no lo veo así.

—No sé cómo puede decir eso. Su hermana falleció y su sobrina... creo que la necesita para aminorar su pérdida.

—No me necesitará muy pronto.

—No tengo ese dinero...

—Claro que lo tiene —ella interrumpió y señaló con la cabeza la camioneta—, siempre ha venido con su coche y ahora ese.

Joel sacó su celular y marcó a Juan.

—Muy bien, señora, en unos minutos traerán el dinero. Espero que sea la última vez que tengamos contacto y no vuelva a pedir nada con chantajes.

—No es un chantaje, es una ayuda, cuota de recuperación.

Joel la ignoró, detestando la actitud de la señora, el cinismo. Caminó decidido a concluir su promesa. Llegó a la entrada y no escuchó ningún tipo de ruido. La tía venía detrás de él.

—Pase, joven.

La tía se adelantó entrando directo a la casa de guano. Joel la siguió, y ahora solo había dos sillas y nada más que eso. Joel tomó asiento y, para matar el aburrimiento y ocultar su nerviosismo, sacó su celular para revisar lo que fuese.

—¡Esa chamaca no está aquí! Le dije muy bien que no se fuera con don Fermín. Iré por ella, espere aquí.

El tiempo que lleva en llegar al pueblo desde la ciudad son aproximadamente quince minutos. Joel no se dio cuenta del tiempo, y Juan ya había llegado. No se complicó en buscar la casa; anteriormente había acompañado a su amigo para traer dinero del mes para cubrir algunos gastos. Juan caminó hacia la entrada de la casa; todo estaba en silencio. Llegó al umbral de la puerta.




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