Continuamos:
Los dos viajaban hacia la ciudad, pero ninguno quería romper el hielo. Joel ni siquiera tuvo la idea de poner música en el estéreo. Maribel miraba por la ventana, observando campos de zacate y, en otras zonas, solo monte.
Comenzaba a extrañar lo que entonces había sido su hogar; consideraba que, al alejarse de allí, perdía parte de sus recuerdos. Allí creció, allí convivió con sus padres, allí estaban sus amigos y allí tuvo a su primer amor. Ella no era una tonta, siempre había considerado a su tía como una persona egoísta, y quedarse con ella sería más problemático.
Muchos recuerdos le venían a la mente, y sus lágrimas comenzaban a deslizarse por sus mejillas. Trataba de no voltear la mirada hacia Joel para que él no la viera llorar. Sin embargo, Joel la miró. Al verla allí, inmóvil, con la cabeza apoyada en el cristal, supo que estaba triste. Él pensó haber dicho palabras de consuelo a un corazón roto, pero luego se dio cuenta de que solo había sido su imaginación.
Al llegar a casa, Joel estacionó la camioneta, se bajó y, antes de cerrar la portezuela, le dijo a Maribel: «Hemos llegado a casa».
Ella se sentía extraña por el modo en que Joel la trataba, a pesar de que solo era la segunda vez que se veían. Comenzaba a pensar que él ya estaba desempeñando su papel como un esposo amoroso y considerado.
Ella esbozó una sonrisa.
Joel abrió la puerta de la casa y regresó a la camioneta para descargar las pertenencias de su futura esposa. Maribel le pidió que no bajara una caja en especial, ya que de esa se encargaría ella. Allí guardaba las fotos de sus padres, las de sus amigas y, por supuesto, una foto de Esteban, donde ella estaba de pie junto a él y ambos sonreían junto a una tienda de misceláneos.
—Bienvenida a casa, por favor, pasa.
Maribel estaba detrás de Joel.
—Gracias —respondió ella. Su voz no era fuerte ni clara, así que Joel no la escuchó.
—Allí está la sala, a la izquierda el comedor y la cocina... acompáñame.
Ella miraba cada rincón y observaba lo que había. Se fijó en unos cuadros: animales, paisajes y uno de una película de acción, con un actor de artes marciales muy famoso...
—El cuarto de la izquierda es mío y el de la derecha es tuyo... veo que estás un poco ausente. Quiero que te sientas cómoda y libre, esto no es un cuartel militar.
Maribel solo asintió con la cabeza.
Joel abrió la puerta del cuarto derecho: las paredes estaban pintadas de azul cielo, el techo era blanco y había una cama individual.
—Pasa —dijo Joel.
Maribel entró en el cuarto con timidez, observaba lo que había dentro.
—Allí está el baño y... —carraspeó—, un ropero para tus cosas personales. Y... un pequeño... tocador para —Joel elevó una mano y simuló pintarse la cara—, tus cosas de mujer.
Ella notó que Joel se avergonzó.
—Es muy bonito, el azul es un color hermoso. Gracias.
—Quiero que te sientas en casa, eres libre de andar por ella. Imagino que desempacarás; mientras lo haces, yo saldré. Nos vemos más tarde —Joel se detuvo cerca de la puerta—. ¿Cuándo es tu próximo cumpleaños?
—El nueve de septiembre.
—Nos vemos.
Joel se fue. Maribel apoyó la caja sobre la cama y comenzó a llevar las bolsas de ropa al ropero. Todo estaba limpio y olía bien; supuso que, antes de que ella llegara, Joel había trapeado o quizá lavado el piso. Se dio cuenta de que los muebles eran nuevos: olían a madera recién pintada, e incluso el colchón olía a nuevo. Se acercó a la ventana, deslizó la cortina y no vio nada, solo parte del terreno desierto, sin plantas, sin nada. Suspiró y empezó a acomodar todas sus pertenencias. Luego sacó una bolsa con pintauñas, rímel, pintalabios, peines, donas, pulseras y maquillajes, que ordenó en el tocador.
Ella sonreía; jamás pensó tener un lugar para sus cosas de mujer y un espejo donde pudiera verse bonita, sin tener que estar sosteniendo un espejo de mano roto. Se mordía el labio inferior y sonreía, gestos que hacía cuando estaba contenta, feliz. Se recostó boca arriba en la cama, sacó de la caja una fotografía donde estaban sus padres y ella. La levantó y le dedicó una sonrisa. Le dio besos a la fotografía y luego la puso en su pecho.
—Mamá... mi nuevo hogar es bonito, ¡es azul! —sus lágrimas se deslizaban—. Aunque no sea para siempre... creo que estaré bien. Papá... siempre pienso en ti. Cerró los ojos y durmió por minutos.
Pero ella, creyó haber dormido por horas, se levantó dejando el retrato sobre su tocador. Fue hacia la sala por el ruido que había escuchado.
—Hola...
—Hola...
—He traído algunas cosas: frutas, toallas, verduras, leche, cereal, otras cosas más y... te compré un chocolate...
Maribel extendió la mano para agarrarlo. Mientras lo hacía, miró a Joel, quien estaba avergonzado por el pequeño detalle.
—Dicen que es bueno cuando las mujeres están tristes —se adelantó a explicarse.
Él se alejó con las bolsas de la compra hacia la cocina, y Maribel se sintió tímida y sonrió.
—Toma, un par de llaves de la casa. La entrada principal y la puerta trasera.
—Joel —dijo repentinamente—, ¿estás seguro de que quieres hacerlo?
—Sí...
—Apenas llevamos unas horas juntos y ya hasta me quieres dar un par de llaves, ¿no es algo precipitado?
—¿Precipitado? ¿Y nuestro casamiento, no lo es?
—Sí, pero...
—Solo quiero que te sientas a gusto mientras permanezcas aquí; tenerte encerrada no es de humanos. Habrá momentos en los que tendré asuntos de trabajo que requerirán viajar y... al tener llaves podrás cerrar con seguro y así estés más tranquila.
—Bueno, está bien.
«Qué considerado», pensó.
Maribel revisó la bolsa de la compra, sacó el jamón, el queso, y los llevó al refrigerador. Joel la miró y sonrió; le gustó que ella fuera libre y, sobre todo, que tuviera confianza.
—Puedes ver los canales del televisor; a un costado de allí está la contraseña del internet.