Continúamos:
Esta parte, sellan la promesa.
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Maribel despertó por la mañana antes de que Joel se marchara, miraba el techo y retumbaba en su cabeza: «Un año más sin papá y este año será sin mamá». Brotó pequeñas lágrimas.
Divagaba su mente sobre cómo le hubiese gustado tener a sus padres en su cumpleaños y de cómo sería. Quizá un pastel de chocolate, espagueti, tamalitos con carne y sándwich de pollo. Ella podía sentir el aroma de la comida.
Escuchó la puerta principal cerrarse, siguió sollozando hasta quedarse nuevamente dormida.
Desganada se levantó antes del mediodía, fue a la cocina, encontró pan blanco para su desayuno. Encendió el televisor y nuevamente se perdió en los programas de comedia hasta que llegara Joel.
Joel llegó más de las 2:00 p.m., entró a casa con bolsas en mano. Agitó la mano para que Maribel notara, ella se levantó y ya sabía que era comida. Joel dejó la comida sobre la mesa y después fue al cuarto de en medio. De regreso dijo:
—Lamento llegar tarde. Comamos.
Joel acercaba los platos y cubiertos y Maribel ayudaba a servir la comida.
—Deberías beber más refrescos naturales —dijo Maribel—, o agua.
—Trato de hacerlo.
—Estos días no veo que lo hagas —dijo con confianza—. Es malo beber mucho refresco con gas.
—Deberías hacer más cosas para que no te aburras aquí dentro; a una cuadra está un parque, puedes ir allí. Hay un preescolar, así que siempre hay gente.
—Estoy bien así. Pero gracias por decirme.
—¿Te pasa algo? Hoy te veo triste y escucho tu voz apagada. ¿Sucedió algo?
—No, no es nada. No te preocupes.
—Si en algo puedo ayudarte, dímelo.
—No, no puedes.
—Si me dices, podría intentar...
—¡No! —Maribel interrumpió.
—Yo solo trataba de...
—¡Pues no lo trates! No lo entiendes ni lo entenderías —ella se levantó, lloraba—, no puedes traer a mis padres —su voz se quebró.
Maribel se fue hacia su cuarto, llegando se tiró sobre la cama. Joel la siguió, se detuvo cerca de la puerta y apoyó su brazo en el marco. Siendo su casa, sintió no poder entrar al cuarto, como si ya no le perteneciera ese lugar...
—Lo siento, no debí ser insistente.
—No te disculpes, yo te debo pedir disculpas —sollozaba—, es que... es mi cumpleaños y ellos no están a mi lado.
Joel sintió el nudo en la garganta al ver cómo una joven estaba boca abajo llorando, pidiendo que sus padres estuvieran con ella en sus dieciocho años. Tal vez si ellos estuvieran con ella, esa nueva vida no lo estaría soportando: una boda, una vida con un desconocido. Quería maldecir a alguien echándole la culpa.
Ella lo estaba pensando.
—Es difícil, pero debes comer algo. Ven y comamos juntos, no estás sola.
—No tengo hambre.
—Si no comes, yo no comeré.
Se provocó un silencio entre ellos.
—No tienes por qué hacer eso, debes tener hambre.
—No tanto. Puedo quedarme aquí hasta que decidas salir a comer. Puedo quedarme como estatua.
—No creo, irás al baño, te irás cuando tengas sueño, cuando tengas que ir a trabajar —su voz era baja por estar boca abajo—, ya no tengo hambre.
Joel sentía tibio el estómago, apenas pudo probar las verduras al vapor. El pollo se enfriaba.
—Me quedaré aquí... —eso decía Joel cuando su estómago rugió.
—¿Qué fue eso? —dijo ella.
El llanto de Maribel se detuvo, su mente comenzaba a esclarecer y se dio cuenta de que estaba actuando como niña berrinchuda. Se reincorporó quedándose sentada en la orilla de la cama, se secaba las lágrimas y soltó una sonrisa burlona.
—Dijiste que no tenías hambre.
—No mucho —titubeó—, pero sí aguantaría.
Ella sonrió de nuevo.
—Mejor vamos a comer, no es bueno tener el estómago vacío. Lo decía mi mamá.
Durante el almuerzo conversaron de cosas triviales. Y por la tarde Joel regresó al trabajo y después llegó a casa muy de noche.
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Al día siguiente ambos estaban despiertos en sus habitaciones desde las 6:00 a.m., los dos pensaban en el matrimonio. Joel nunca pensó que el matrimonio le llegara y Maribel sí lo llegó a pensar, pero no a esa edad y no con Joel.
Joel no tenía escapatoria y Maribel estaba pensando en su única salvación. ¿Podría realmente faltar a su promesa si esa salvación apareciera? Contaba con que sucediera.
A las 7:00 a.m. y ninguno quería levantarse. Pasando los minutos, Joel fue el primero en hacerlo y fue directo al baño, tuvo sensación de querer vomitar, abrió la regadera y se dispuso a bañarse.
Maribel sacó su vestido blanco, lo tendió en la cama, sacó sus zapatos de tacón bajo de color crema. Miraba el vestido y sonreía de solo mirarlo, suspiró.
—¿Así que es hoy? —dijo ella con una voz tenue.
A las 8:30 a.m., Joel salió de su cuarto. Tenía puesto un pantalón y zapatos café, una camisa blanca, no se preocupó en haber comprado ropa para el día de su casamiento.
Joel permanecía sentado en el sillón viendo la televisión.
Maribel se veía en su espejo dándose sus últimos retoques de maquillaje. Se puso de pie, revisó su celular, leía muchos mensajes de su amiga que hasta ahora no ha querido contestar. Buscó entre sus contactos el de Esteban, abrió el chat y comenzó a escribir: «Ven por mí». Su dedo pulgar, casi por voluntad propia estuvo a punto de enviarlo, pero sus pensamientos cuerdos le dijeron: «No lo hagas, es solo por un tiempo. Tu madre estaría decepcionada». Borró el mensaje y susurró:
—Mi salvación...
Se miró al espejo con el vestido puesto, dio una vuelta completa.
—Papá, tenías razón. El vestido que me regalaste me queda hermoso.
Ella recordaba la conversación con su padre:
—Tengo una hija muy bonita, con vestido y ese cabello largo y negro serás la más hermosa.