La Promesa De Mi Madre (atada a Un Extraño)

PARTE V; ¿AMIGA O ENEMIGA?

¡Última Parte del Capítulo II!

La rutina semanal se instaló con firmeza. Joel se levantaba y se iba a trabajar antes de que Maribel despertara.

Compartían el almuerzo y la cena, momentos en los que ella, por fin, preguntó sobre su empleo de Joel. Él trataba de contarle sin sonar tedioso, pero Maribel invariablemente volvía a sumirse en el aburrimiento y la soledad. Sus días transcurrían entre la televisión y el celular, del sillón a la cama y viceversa.

La cocina siempre estaba inmaculada; Joel se encargaba de la limpieza inmediatamente después de cada comida. Pero el miércoles trajo un giro inesperado. Maribel estaba en el sillón, con la cabeza colgando hacia el suelo y el pelo desparramado, mientras prestaba escasa atención a una comedia que pasaba en la televisión.

Las llaves sonaron, seguidas del chirrido de la puerta al abrirse. Maribel se reincorporó de golpe, pensando que era Joel, pero una rápida mirada a su teléfono le confirmó que todavía era demasiado temprano para su regreso. Se levantó enseguida, sintiéndose temerosa, y caminó con cautela hacia la entrada. El susto fue mutuo.

—¡Dios mío! ¡Me asustaste, muchacha! —exclamó la señora, dejando caer las llaves al piso. Maribel las recogió y se las entregó—. Gracias. Me asustaste —dijo la mujer, recuperando el aliento.

—¿Quién es usted? —preguntó Maribel, todavía cautelosa, sin relajarse del todo.

—Soy amiga del dueño de esta casa y vengo a hacer limpieza. La semana pasada tuve problemas familiares y no pude venir.

—No sabía —articuló Maribel.

—¿Y tú quién eres? Joel no me dijo que habría alguien aquí; de hecho, casi nunca hay nadie. Esta casa está acostumbrada al silencio.

—Soy... —Maribel buscaba palabras, consciente de su compleja posición.

—¿La novia? —la señora sonrió con curiosidad.

—Algo así... Me llamo Maribel

—Yo me llamo Fátima.

—Bueno, Maribel, debo empezar a limpiar. Un gusto conocerte.

—Igualmente, doña Fátima —respondió con voz apagada.

Doña Fátima abrió la puerta trasera, a un costado de la sala, y se dirigió a una bodega para buscar los utensilios de limpieza.

Mientras ella estaba con su trabajo, Maribel permanecía sentada en el sillón, observándola. Se dio cuenta de que doña Fátima terminaba de trapear el cuarto de Joel y se dirigía al del medio. Esa era su oportunidad. La habitación a la que iba doña Fátima era la misma donde Joel pasaba tanto tiempo encerrado. Maribel sintió curiosidad por saber qué había dentro.

—Hola, muchacha —saludó Fátima al pasar.

—Hola —respondió Maribel.

—¿Dónde vives? —preguntó Fátima con naturalidad, sin detenerse.

—Por ahora aquí... ¿puedo pasar?

—Sí, apenas comenzaré a limpiar. ¿Me puedes pasar la bolsa negra?

Maribel asintió con la cabeza. Mientras doña Fátima vaciaba la papelera, Maribel aprovechó para observar el entorno. La habitación estaba impecable. Había un escritorio de metal con una computadora; a un costado de la puerta, dos sillones de cuero negro flanqueaban una pequeña mesa de cristal. Frente a ella, un mueble de madera empotrado, que ocupaba toda la pared, estaba repleto de libros. En una esquina, vio una guitarra.

—Son muchos libros, ¿no cree? —dijo sorprendida.

—Sí. Yo no podría leer tantos. Mi hijo está leyendo un libro de misterio que Joel me regaló.

—Yo solo he leído dos libros, uno me regaló mi amiga y otro lo compré cuando tuvimos una excursión escolar a la capital, era la feria del libro.

—Aquí en el parque Juárez cada año hacen la feria del libro.

Maribel se acercó al mueble, tomaba uno, leía el título y la sinopsis, tomaba otro y hacía lo mismo. Sin querer movió la guitarra que estaba posando en una base de metal.

—Cuidado —dijo doña Fátima asustada—, Joel se molestará si algo le pasa a esa cosa. Es muy obsesivo, meticuloso con sus cosas personales. ¡Oh, vaya!, dije meticuloso. Esa palabra está en el libro que lee mi hijo —sonreía.

—¿En serio?

—Sí, una vez tomé un libro y se me quedó viendo. Leí unas líneas y me gustó una frase, vine a trabajar y para que no se me olvide doblé la hoja y... me regañó.

—¿Qué? ¿Joel la regañó, a usted? —se detuvo de leer el libro que tenía en la mano, estaba sorprendida.

—Sí. Me dijo que no doblara las hojas; es algo que no le gusta. Luego me pasó con otro libro. Me senté aquí para platicar con él —ella señaló la silla que usa Joel para atender a las personas—. Sobre el escritorio había uno de esos libros —señaló el mueble—. Tomé un lapicero, y mientras platicaba con él, abrí el libro y, sin querer, comencé a rayarlo. No eran fuertes los rayones, pero de nuevo vi su molestia y me dijo que no hiciera eso, no a sus libros, incluso me dio una hoja en blanco, me quitó el libro y me dijo—: Aquí está una hoja para que raye.

—No puedo creerlo, son solo libros.

—Es lo que le dije; me dijo que le gusta conservarlos sin marcas, sin doblar las hojas y menos escribir en ellas. Creo que los cuida como cualquier persona haría con sus cosas de importancia. Y cuidado con golpear la guitarra, ¡Dios! Ese hombre se morirá por bilioso y enojón.

Maribel soltó una ligera carcajada. No creía que Joel, un hombre tranquilo, callado, hasta un poco tímido, fuera una persona biliosa y enojona. Trató de imaginarse a un Joel molesto. Trataba de visualizar un rostro de pocas facciones, de pocas sonrisas.

—¿Usted lo conoce... bien?

—Un poco.

—¿Cómo es él? —preguntó con curiosidad—. En general...

—Además de ser lo que te dije —se detuvo con lo que hacía y dijo—: Es buen chico, es considerado, trata de evitar los conflictos. Casi nunca sale a divertirse, prefiere estar encerrado aquí, con su computadora, leyendo, tocando la guitarra, escuchando su música. Cuando puede, ayuda a las personas; a mí me ha ayudado cuando tuve problemas económicos y cuando mi hijo el más grande se metió en problemas, ¡ay! Dios, agradezco su persona de Joel. Puede parecer a veces malo, pero es bueno, o como dice él: «Trato de ser justo». Ah, es quisquilloso con la comida, no le gusta cosas demasiado calientes; si algo no le gusta, no lo comerá o te lo dirá para que no se lo vuelvas a ofrecer. Puede llegar a ser un dolor de cabeza —carcajeó—, pero te acostumbras; he sido trabajadora de limpieza de años y me ha tocado patrones malos... al menos él no lo es. ¿Por qué preguntas?




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