¡Comienza un primer acercamiento! ❤️❤️
Habían pasado dos meses desde que Joel y Maribel vivían juntos; Maribel se acostumbró a la rutina. Había días en que no cruzaban ni una sola palabra, solo cuando almorzaban o cenaban. Ella iba por el segundo libro, trataba de matar el tiempo suficiente y de no pensar en los días o meses que faltaban para terminar su encierro (Aunque realmente no era como tal, un encierro. Por momento ella lo sentía así.
A su rutina añadió las visitas al parque cercano a la casa. Platicaba con las mamás que iban por sus hijos al preescolar y con las señoras que vendían ropa de bazar y otros artículos. También platicaba con doña Fátima.
Consideraba que sus días más felices eran aquellos en que doña Fátima iba a la casa a trabajar. Ya no se sentía sola, y la casa no era tan fría ni sombría, aunque en muchas ocasiones quería aminorar la soledad con música o los sonidos de la televisión.
Entre sus pláticas con doña Fátima, ella, apenada, le preguntó si le podría prestar un poco de dinero; estando sola la mayoría del tiempo se le antojaba un dulce, un helado, refresco, galleta y otras cosas más. Doña Fátima sintió tristeza al ver a la joven pedirlo con vergüenza; pensó que tal vez la vergüenza de Maribel era mucho mayor que su tristeza. Como si fuese su hija, le entregó el dinero y le dijo que se lo devolviera cuando tuviera. No dijo nada con respecto al comportamiento de Joel.
Fue un sábado cuando doña Fátima había terminado todo su trabajo, habían comido y era momento de irse a casa. Pidió hablar con Joel, quien estaba en su despacho.
—Oye —dijo a secas—, sé que soy tu empleada y que hay cosas en las que no debo entrometerme, pero si esa muchacha vive contigo, no deberías ser malo con ella... no te reconozco, tú eres buena persona.
—¿De qué me habla? —Joel se detuvo con lo que hacía—. Aparte de ayudarme aquí en la casa, somos amigos...
—Lo sé —interrumpió—, por eso me atrevo a decírtelo.
—Por favor, dígalo ya.
—Hace unos días, tu novia me pidió prestado dinero para poder comprarse sus dulces, galletas... deberías darle dinero, no seas codo. Me dio tristeza verla así... ¿nunca te dijo tu mamá que no debes tratar mal a las mujeres?
—No sabía —dijo suavemente—; agradezco que me dijera lo que pasó. Creo que pasé por alto eso.
Doña Fátima sintió alivio como si hubiera cumplido una misión a pesar de que nadie se la había dado. Se sintió satisfecha al escuchar a Joel y ella sabía que él comprendería.
—El amor se nutre cada día, con pequeños gestos, cariños... yo no he visto que convivas con ella como su novio. Como que tratas de evadirla... tú más que nadie sabe que he trabajado en casas y he visto de todo y sé cuándo los patrones tenían sus problemitas maritales —consideró que ya podía hablar a la ligera con Joel y con más calma; si algo le gustaba de su patrón joven, era que él escuchaba, analizaba y tomaba una decisión, y que casi siempre eran decisiones para bien. Joel se incomodó al escuchar: «Problemitas maritales». Supuso que Maribel había comentado que estaban casados, cosa que quería evitar—. Es muy pronto para que tengan sus problemitas, apenas son novios... deberías hablar con ella.
—Usted sí que se da cuenta de todo.
—A veces es inevitable.
—De acuerdo, tendré en cuenta lo que me ha dicho.
Doña Fátima se levantó.
—No seas duro con ella, hay veces que la veo triste... debes pasar más tiempo con ella y no solo quedarte encerrado aquí. Antes, cuando estabas saliendo con una chica, te veía feliz, alegre, hasta me contabas tus planes, me hablabas de ellas sonriendo, pero ahora no te veo alocado, embrujado, ¿cómo le dices?... ¡Ah! La magia del amor.
Joel no dijo nada.
—Me tengo que ir, deben comer mis hijos. Nos vemos jovenazo.
—Nos vemos. Cuídese.
Se sintió decepcionado de él mismo; era tanta su determinación de no querer involucrarse demasiado con la chica que vivía en su casa. Se había dicho que solo era temporal y no tiene caso convivir más de lo que hacía cuando estaban en la cocina. Las palabras de doña Fátima le llegaban a la sien: «No seas duro con ella, hay veces que la veo triste». Comenzó una especie de molestia interna que no le permitía concentrarse en lo que hacía en su computadora.
Consideró que las palabras de doña Fátima estaban llenas de verdad; estaba castigando a una inocente joven que no tenía la culpa de nada, ni siquiera él tenía culpa. Su comportamiento era desentendido por lo que pudiera pasarle o por los sentimientos de Maribel; lo tenía en segundo plano. No consideró detenerse por un momento y pensar si ella necesitaba algo. Y cada vez que llegaba a su mente su mal comportamiento, se sentía detestable.
Ese mismo día en que las palabras de doña Fátima le dieron una bofetada y le hicieron sentirse detestable, decidió hablar con ella. Escuchó el ruido de la televisión. Salió de la habitación, escuchaba la risa de Maribel.
—Hola —dijo ella cuando sintió la presencia. Una mirada seria atravesaba a Maribel—. ¿Está fuerte el sonido? ¿Te incomoda que me esté riendo?
Esa fue la primera vez que Joel se acercó a ella cuando veía la televisión. Pensó que había hecho algo malo..., pero ¿qué? Si solo veía la televisión.
—No, ¿puedo sentarme?
—Sí... sí. Es tu casa.
Ella se alejó unos centímetros en el sillón. «¿Qué se trae?», pensó.
Joel no tomó asiento.
—Creo que he sido descuidado contigo.
«¿Descuidado?», repitió Maribel en su mente.
Joel sacó dinero del bolsillo de su camisa.
—Toma... —Maribel miraba a Joel desconcertada y él estaba sintiéndose tonto—, es... para que puedas comprarte algo, lo que quieras.
—No... no es necesario.
—Tómalo, por favor. Con esto puedes comprarte algo que quieras comer en la tienda o lo que vendan en el parque...
Maribel se sonrojó. Antes de que lo tomara, cayó en cuenta que doña Fátima le había dicho lo del dinero que pidió prestado.