La Promesa De Mi Madre (atada a Un Extraño)

PARTE III: ANGUSTIA LIBERADA (MARIBEL & ESTEBAN)

❤️ Continuamos. ❤️

Por ese comportamiento extraño que vivió Joel, la rutina comenzó de nuevo. Nadie tocaba el tema sobre la noche en que fueron a ver la película. Durante esa semana, Joel se preguntaba qué hizo mal o qué le sucedió a Maribel para cambiar su actitud, si él aseguraba que estaba siendo una noche agradable.

Maribel pensó que lo mejor era que Joel siguiera con su rutina; ahora tenía una visita pendiente con su amor. Y ahora comenzaba a contar los días con más entusiasmo para que todo termine, pueda ser libre y estar con Esteban.

Se paseaba por toda la casa, escuchaba música de amor y se sentía feliz. Las palabras de Esteban le devolvieron los ánimos, le devolvieron la vida y un motivo para soportar todo lo que estaba viviendo. Se tiraba en la cama pensando en que Esteban la seguía amando a pesar de su decisión, de su compromiso con Joel.

Trataba de buscar el día perfecto para ir a la casa de Estaban; se hacía ideas con él, de abrazarlo, de besarlo, de decirle tantas cosas. Sentirse protegida, realmente quería el consuelo de Esteban.

Días después la ocasión se le presentó cuando Joel avisó que se iba de viaje y regresaría hasta al día siguiente por la tarde.

Jueves por la noche cenaron juntos, platicaron como de costumbre. Durmió contenta y al día siguiente despertó igual de contenta, ansiaba ir de visita. Ir a escondidas le provocaba un hormigueo por todo el cuerpo. Ese día despertó mucho antes que Joel solo para escuchar que se fuera. Se levantó, se bañó y apenas desayunó con lo primero que encontró en la cocina.

Se puso bonita. Salió de casa.

Joel había viajado para visitar a un cliente y tomar unos cursos fiscales. Había aprovechado que el curso sería el viernes para que el sábado conviviera con el cliente, día en que doña Fátima hacía limpieza y para que Maribel no se sintiera muy sola.

Cuando llegó a la ciudad de Valladolid, entró la llamada de Juan.

—Vi tu mensaje.

—Te encargo que des unas vueltas por la casa en la noche, han estado robando por la colonia y no quiero que se preocupe Maribel. Ya mañana temprano irá doña Fátima.

—La hubieras llevado, ¿no es lo que hacen los maridos?

Estalló la risa de burla.

—Vine por trabajo, no de paseo.

—¡Ay, hombre trabajador! ¡Sonríe!

—Ya debo colgar, cualquier cosa me avisas.

—Sí, amigo, cuídate.

Joel entró a la habitación donde impartían información fiscal y nuevos cambios para presentar información financiera en Hacienda.

Maribel llegó al parque que se encontraba cerca de la casa, subió a un taxi y dijo la dirección de su destino.

Ella iba nerviosa; dentro de su bolso sacó brillo para sus labios suaves y de color rosa pálido. Sacó un espejo de mano para retocarse, acomodar su cabello.

Miraba a cada momento su celular como si esperara algún mensaje, quizá se hacía a la idea de que Joel le mandaría un mensaje preguntándole lo que hacía, de cómo estaba ella y su día. Después recordó que nunca le ha enviado un mensaje, ni una llamada, y comenzó a tranquilizarse.

El taxista se marchó y ella permanecía parada frente a la casa.

«¿Qué estás haciendo? —pensó—. No deberías estar aquí... si Joel se enterara..., ¿qué crees que ocurra? ¡Nada! —se respondió—. No tenemos nada. Ambos sabemos que solo estamos cumpliendo un trato, una promesa... él no sabe nada de mí, si estuve enamorada o si tuve novio».

Maribel avanzó.

«Vete, aún estás a tiempo. Si tocas esa puerta... será un grave error», pensó. «No tiene por qué serlo, él no es mi padre, ni mi dueño, ni somos nada —se respondió de nuevo».

Golpeó tres veces la puerta. Se dio sus últimos retoques a su cabello, a su blusa y se miró los zapatos.

Nuevamente golpeó la puerta tres veces.

«Es una mala señal, Maribel, no seas tonta. Joel no sabe la existencia de Esteban, si Joel se entera..., ¿qué crees que piense? ¡Que piense lo que quiera! —se respondió—, ¡no somos nada!»

Comenzaba a sentirse incómoda de haber llegado y golpeado la puerta sin que nadie abriera.

Por fin la puerta se abrió.

—¿Maribel?

—Hola.

—Mi amor —Esteban la abrazó—, pasa, entra.

Ella conocía el interior de la casa. En la sala no había muebles; en el comedor, había una mesa cuadrada de lata y cuatro sillas de plástico; en la cocina, un refrigerador, microondas, estufa de dos quemadores.

—No ha cambiado nada —dijo ella.

—Así está bien... ya sabes que casi nunca vienen mis padres.

—Sí.

Esteban abrazó a Maribel, se miraron y ambos se besaron, besos de amor, besos sinceros. Ella liberó la tensión que llevaba sobre sus hombros. La nostalgia la cubrió por completa al sentir el calor, el olor de Esteban.

—Te extrañé mucho, amor.

—Yo igual —Maribel tuvo la sensación de llorar.

Luego permanecieron parados abrazados; ella descansaba su cabeza en el pecho de Esteban.

—Vamos a sentarnos.

—No quiero —dijo como niña pequeña—, estoy bien así.

Esteban no dijo nada, la abrazó con más fuerza.

—¿Me sigues amando? —dijo ella.

—Sí.

—Yo igual, te amo.

Maribel se había fijado de los envases de cerveza, de cigarros, pero ella no dijo nada. Le importaba más sentir consuelo en brazos de su novio o ¿ex novio?

Minutos más tarde ambos estaban sentados, Maribel apoyaba su cabeza en el hombro de él, suspiraba y mantenía sus ojos cerrados. No pensaba en nada, no pensaba más que solo en él y en ella.

—¿Por qué no me buscaste? No debiste casarte —dijo sin enojo.

Maribel llegó a la conclusión que su tía no le contó todo a Esteban... de cómo sucedieron las cosas y se preguntó que tanto le habían dicho.

—Pasaron muchas cosas... muy rápidas. Mi madre murió —sollozó—. No quisiera llorar...

—Está bien, te entiendo. No es tu culpa, yo no estuve allí para estar contigo. Estuve aquí... estuve trabajando con mi tío, el pintor... ¿te acuerdas de él? —Maribel asintió con la cabeza—, entraron a robar en el taller y allí estaba mi celular... Regresé al pueblo y me enteré de algunas cosas por tu tía... ¿Él te obligó?




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