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Al día siguiente, Maribel estaba despierta desde temprano y recibió a doña Fátima. Maribel dijo que se bañaría.
Luego se puso bonita para su novio. Se puso un vestido corto de color blanco con flores azules que llenaban toda la ropa. Usó rímel, no pintó demasiado sus cejas y se puso brillo en los labios.
Salió de su cuarto.
—El desayuno ya está, te preparé un sándwich, jamón y queso... ¿o quieres comer otra cosa? —decía mientras daba la espalda.
—Perdón, lo que pasa mi amiga me invitó a desayunar —se sintió nerviosa.
Doña Fátima se giró.
—¡Guau! Estás hermosa, como una muñequita de porcelana, te van a robar y Joel se morirá —sonrió.
—Gracias doña Fátima, usted siempre me hace bien.
«¿Robar? No comiences, Maribel».
—¿Regresarás para almorzar?
—¿Por qué me lo pregunta? —dijo vacilante.
«¡Joel regresa hoy! ¿Cómo puedes olvidarlo? No debes ir, mejor quédate aquí —ella se respondió—: No pasa nada, no es mi dueño».
—Para saber si cocino para que comamos juntas, Joel no vendrá hasta mañana. ¿No te avisó? —doña Fátima mostró una cara dubitativa.
—Sí —dijo segura de sí misma—, quedé con mi amiga... no creo venir a comer.
—Está bien, cuídate, nena.
Maribel salió de la casa, miraba los rayos del sol y pensó que el día era el mejor. Para su suerte, un taxi pasaba en la puerta de la casa, como princesa se subió al carruaje. Mientras el chofer conducía, ella ocultaba una desesperación por volver a ver a Esteban, abrazarlo y por supuesto besarlo.
Cundo ella llegó a la casa no tuvo la necesidad de golpear la puerta. Esteban la abrió, cargaba una bolsa con envases de cervezas y detrás de él estaban tres amigos de la misma edad, dieciocho años.
—Hola, amor —dijo mientras seguía hablando con sus amigos.
—Hola, Maribel —dijeron los tres amigos.
—Hola —dijo decepcionada. Se puso molesta por dentro que ninguno supo percatarse.
—¿Nos acompañas? —sugirió Esteban.
Ella lo miró con ojos llenos de furia, y casi parecía que lloraría en ese instante.
—Toma esto —le dijo a uno de ellos—, vayan, aquí está el dinero.
—¿Es neta?
—¿Qué?
Maribel se mostró molesta.
—Ayer quedamos en vernos y salir a pasear... los dos. Vengo hasta aquí y resulta que vas a tomar con tus amigos, además me dijiste que ibas a bajarle.
—No empieces, ellos son mis amigos.
—Pero yo tu novia... bueno, no sé si lo soy —dijo y se dio media vuelta cruzando los brazos para que Esteban no la viera de frente.
—Sí lo eres.
—Pues no se nota —dijo molesta.
—Ellos llegaron, me están invitando.
—¡Yo vi que le entregaste dinero! ¿No pudiste decir no?
—No seas así, ya pareces a mi mamá...
Maribel se enfureció aún más. Estaba molesta por haberse vestido para él y no fue recibida como ella quiso, como ella se había imaginado. Sintió aplastarse su corazón, sus ojos quedaron rojos, llegó hasta sentir el nudo en su garganta.
—Pasé por mucho cuando mi mamá murió, quise que estuvieras conmigo. Quise que llegaras para que no me casara... —«como un príncipe azul», pensó—, apenas ayer te dije lo que quise cuando estuve sola —ella limpiaba con una sola mano sin perder su postura, sus lágrimas que habían comenzado a brotar—. Me puse linda para ti... y no te fijaste, siempre lo mismo. Soy una imbécil.
Esteban estaba en silencio e inmóvil mientras hablaba Maribel.
—Amor, tranquilizate. Vamos, entra a la casa y sentémonos.
Ella aceptó para que no la vieran llorar en la calle, algunas personas habían pasado fijándose de ella y de Esteban.
Maribel caminó hacia la puerta.
—Te ves bien.
«¿Me veo bien? Me veo hermosa, ¡idiota! Soy una... una.... Por seguir pensando en cuentos. ¿Cómo pude siquiera pensar en un príncipe azul? ¡No más!».
Ella seguía secando sus lágrimas. Se sentó en la silla cerca de la mesa de metal.
—Allí tomaremos...
—¿No quieres que esté aquí? ¡Me voy! Fue un error a ver venido —Maribel se levantó, con la mirada molesta no se guardó nada y dijo—: sigues siendo un niño, un inmaduro. Trabajas... y ¿para qué? ¿Para gasta dinero en demasiada cerveza? Y con tus amigos... Pensé que habías cambiado, que yo te importaba, hemos tenido problemas, pero sigo queriéndote, aun cuando mis amigas me dijeron que tú no vales nada y que no me mereces... a pesar de ello... yo te seguía aceptando —sus ojos estaban llenos de lágrimas. Esteban se sintió pésimo y lo que le sigue—. No cambias...
Maribel caminó a la salida.
—Espera... —ella no hizo caso—, ¡espera!
Esteban la tomó del brazo, la hizo girar y la abrazó. Cuando ella sintió chochar su cabeza con su pecho, soltó el llanto.
Esteban la llevó al cuarto a donde la televisión. Ella se sentó en una silla que fue nueva para ella, no la había visto antes. El arrepentimiento de estar allí se hacía presente.
Los amigos llegaban con ruido, risas. Entraron a la casa y Esteban salía del cuarto cerrando la puerta. Destaparon una cerveza y las demás las guardaron en el refrigerador. Gonzo sirvió la cerveza, Esteban agarró un vaso y se la bebió de un solo golpe, eructó.
—Ahora regreso, pongan música...
Entró al cuarto y cerró la puerta.
—Ya llegaron —dijo Esteban.
—Los escuché...
—¿Ya estas mejor?
Maribel no respondió.
—Sé que te dije que hoy estaríamos juntos, ¿quieres que salgamos?
—No, quédate con ellos. Yo me voy.
—No irás a ningún lado. Quédate a convivir conmigo...
—¿Con cerveza? ¡Estás loco! Lucía, Ángela, tenían razón, no cambiarás y no puedo vivir con alguien así que se la pasa bebiendo casi todos los días y cada fin de semana sin fallar... tiras dinero en vez de hacer algo... algo mejor.
—¡Ah! Ahora resulta... Ellas solo quieren que no estemos juntos por envidia... ¡Ya sé! Lo dices por ese pendejo, ¿por qué él no bebe cerveza y tiene dinero?
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Editado: 04.03.2026