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Domingo por la mañana, Joel salió a comprar desayuno, comió solo y dejó sobre la mesa su parte para Maribel. Se acercó a la puerta de ella, tocó tres veces y le dijo: «El desayuno está en la mesa». Se fue a su despacho y se encerró. Tomó el lápiz, la libreta y empezó a escribir lo que sentía ese momento. Había pasado mucho tiempo sin hacerlo y sin leer. Todo eso lo hizo ese domingo.
Maribel salió a desayunar, lavó sus trastes y regresó a su cuarto... se encerró. Se la pasó en el celular viendo videos y sin recibir ningún mensaje de aquel que se lo prometió.
Lunes comenzó la rutina aburrida, ella despertaba y escuchaba el azote de la puerta principal, escuchaba el arranque del coche hasta disminuir el ruido. Lunes, martes, seguía siendo casi lo mismo, ahora las pláticas en el almuerzo escaseaban sintiendo un ambiente pesado para ambos, cuando por error ella golpeaba la cuchara en el borde del plato o sobre la mesa, Joel se detenía unos segundos y luego continuaba comiendo.
El cuerpo de Maribel se ponía rígido en cada comida con él. Joel comenzaba a tratar en terminar de comer primero, tanto en el almuerzo como en la cena, lavaba sus trastes y se iba a su cuarto o al despacho.
De nuevo se sintió un ambiente tenso, sombrío, como cuando iniciaron en ese viaje en cumplir una promesa. También trataba de no chocar miradas con Maribel. Solo lo necesario y cuando se hacía la conversación, era corta.
Miércoles, desde muy temprano, doña Fátima ya estaba en la casa. Maribel, encerrada escuchó los buenos días que ambos se dieron.
—Doña Fátima... en el bote de basura de la oficina hay un... ponga toda esa basura en una bolsa negra y tírelo. No quiero ver nada de lo que esté en ese bote cuando regrese.
Doña Fátima no comprendía por qué esa actitud y mucho menos no sabía a qué se refería Joel.
—Está bien... ¿no quieres quedarte? Traje desayuno para los tres.
—Sabe usted que...
—Sí, ya sé, que no desayunas aquí, en la calle... Joel, deberías desayunar con ella...
—Ahora no, doña Fátima —su mirada vacía lo decía todo.
Ella comenzó la limpieza como siempre, había traído empanadas de queso y chicharrón en salsa verde.
—¿Ya se fue? —dijo Maribel con cautela.
—Hola, buenos días nena. Sí, se fue...
—Buenos días doña Fátima...
—¿Qué tienes? Te veo sin ánimos.
—Estoy confundida, me duele la cabeza, no sé qué está pasando conmigo.
—Si me cuentas, quizá podría ayudarte.
—No es fácil...
—Vamos a desayunar, se piensa mejor con la panza llena —doña Fátima acercó los platos y vasos—, ven, siéntate, nena.
—¿Qué sucede?
—Es Joel...
—¿Qué pasa con él? ¿Te hizo algo malo? —interrumpió.
—No, es todo lo contrario.
—¿Usted sabe por qué estoy aquí? —dijo titubeando.
—Pues eres la novia... —sonrió.
—Veo que no se lo ha dicho... Se me complica explicarle lo que ha estado pasando con Joel.
Doña Fátima seguía sin comprender lo que ella trataba de decirle.
—Creo que le gusto...
—Claro que sí, eres muy bonita y eres su novia.
—No —se levantó de la silla, dio giros hasta posar sus manos sobre el respaldo de la silla—. ¿Promete no decir nada a nadie... ni a él? ¿Puedo confiar en usted? —el miedo se le notaba en su rostro.
—Sí, puedes confiar en mí.
Maribel se armó de valor. Dio un respiro profundo y después exhaló.
—No somos novios, somos esposos...
—¡¿Qué?! ¿Pero cuándo, cómo? —hasta doña Fátima se levantó al escucharlo.
Ella tomó las manos de Maribel y la llevó a la sala, se sentaron en el sillón.
—No le diré todo, solo quiero que me escuche...
Doña Fátima miraba un rostro cansado, ojos tristes y por como lo decía Maribel dedujo que estaba asustada, volviéndose loca.
—Está bien. Solo escucharé, promesa... —hizo una señal de boca cerrada con sus dedos.
Nuevamente Maribel respiró hondo y exhaló.
—Nos casamos por una promesa, no me pregunte de la promesa, por favor... él acordó que en un año terminaríamos y cada quien estaría por su cuenta. Es falso lo nuestro, no hubo amor... nada. Debido a su promesa él ha estado pendiente de mí... en algunas cosas, lo necesario. Hubo momentos en los que me pareció que él hacía cosas como si yo le gustara, pero yo me decía que solo es para hacerme sentir bien estando aquí... ya sabe su comportamiento. Se ha portado lindo conmigo, considerado...
—Si le gustas, ¿por qué no le das una oportunidad?... perdón, dije solo escuchar.
—No es fácil... —Maribel ignoró las últimas palabras de doña Fátima—, el problema está en que, antes de casarme, yo tenía un novio, un chavo de mi edad que vive en mi pueblo. Hace poco lo vi... y todo surgió de nuevo —dio una pausa y movía su cabeza y su mano como eligiendo palabras al aire—. Aceptó en esperarme a que termine el trato con Joel... Esteban ya sabe mi situación... Y me alegra que él lo supiera. Un peso menos encima de mí.
—Entonces... ¿Joel... no? ¿Qué pasó con él? —dijo con curiosidad.
—No —negó con la cabeza apenada—. El sábado en que regresó, me trajo una cosa para mis maquillajes y me dio... un oso de peluche —se tocó la cabeza y después siguió mirando a doña Fátima—. No pude aceptarlo y le dije... ¡Ah! Me siento mal por él... no fue mi intención... Lo rechacé —dio una pausa y prosiguió—. Sus detalles... busca una oportunidad, lo sentí. Confirmé que si le gusto... su comportamiento ya no es por ser considerado con el trato, y cuando fuimos al cine, me pidió andar de manos y yo acepté... creo que nunca debí hacerlo... no sé en qué estaba pensando.
Doña Fátima la miró dudosa y dijo:
—Dime algo, cuándo te pusiste bonita, ¿fue para verlo a él o a tu amiga? —dijo con aire de desconfianza.
Maribel quedó callada unos segundos.
—Sí.
—Es complicado. Conozco a Joel, es buena persona, pero también no sé qué pase si se llega a enterar. Todos tenemos un límite.
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Editado: 04.03.2026