❤ Continuamos❤️
Las semanas siguientes, ninguno de los dos se dirigía la palabra. Ya no comían juntos, ni siquiera cuando doña Fátima estaba en casa. Cuando ella no asistía y Joel llevaba comida, él comía solo; después, Maribel salía como una ratoncita. Su comida estaba allí, pero Joel ya no. Cuando doña Fátima estaba presente, ellas comían juntas y después Joel... para él no era tan novedoso; siempre había comido solo durante mucho tiempo.
La casa volvió a ser lúgubre, sin ruidos de televisión o música. Maribel escuchaba música y demás desde su celular con audífonos. Había mantenido conversación con Esteban y esa conversación a distancia le daba ánimos, ayudándola a no pensar tanto en la soledad y en sentirse aprisionada.
En esos días, por las noches, se la pasaba enviando mensajes a él,incluso de madrugadas. Una noche en la que Esteban no estaba en línea, ella envióun mensaje pidiéndole que planeara una huida, queriendo escaparse, irse muylejos, a un lugar que no fuera la ciudad ni el pueblo. Pero él no había vistoese mensaje.
También ella había pensado en conversar con Joel, en hacer a un lado las diferencias, pues era un martirio seguir así. El coraje se la había pasado y recapacitó al darse cuenta que él no debió tener un mal episodio. Asimiló que Joel estaba cumpliendo una promesa bastante apropiada: teniendo protección y no estar totalmente desamparada, tal como la madre había pedido.
Si al final va a seguir el trato, era mejor estar bien, y se preguntaba si Joel haría las paces. Estaba confundida: Esteban no contestaba y ella había perdido todo interés por escaparse. Solo fue un impulso del momento en el que estaba molesta; había hecho su berrinche.
Un día, Maribel tomó la iniciativa, golpeó la puerta del despacho tres veces... luego otras tres veces. Joel abrió la puerta y ambas miradas se encontraron: una era de arrepentimiento por lo sucedido y otra, simplemente, vacía.
—¿Podemos hablar?
—Ya está todo dicho, ¿no es así? ¿O te faltó agregar algo más? Tal vez... ¿un «despreciable»?
—No... He venido a hablar.
—Dime.
—¿Puedo pasar?
Joel lo pensó por varios segundos antes de decidir abrir por completo la puerta y darle paso.
Ella se sentó en un sillón y Joel en otro sillón.
—Quiero decirte... que lo siento. No sé qué me pasó, no sé qué estaba pensando. Voy a tomar en serio el trato, te voy a respetar, lo mereces por lo que has hecho por mí hasta ahora. Ya no quiero estar sin poder hablarte, sin poder platicar contigo... —bajó la cabeza—, es mucha tensión para mí.
—¿Lo dices en serio? —dijo Joel, mientras jugaba con los dedos.
—Sí.
Joel tomó su tiempo en responderle; quería comprobar si ella se marcharía al no tener una respuesta.
—Bueno, acepto —Joel se levantó y extendió la mano.
—¿Eh? ¿Qué?
Ella lo miró insegura.
—Párate... Ahora estira la mano —esperó a que Maribel lo hiciera—. Ahora que hemos estrechado la mano, lo hemos aceptado.
Joel giró para irse a donde la computadora.
—¿Puedo preguntarte algo?
—¿Hay más? —se detuvo para mirarla fijamente a los ojos.
—Bueno —dijo tímida—, mejor te dejo.
—Espera... dímelo.
—Es diciembre, Navidad, y cada año he visto el árbol que ponen en el parque principal... ya es noche y no quiero ir sola —bajó la cabeza por segundos y después la levantó—, pero si no puedes... entiendo.
Maribel notó que Joel no decía nada. Giró para marcharse.
«¿Ese fue su plan? ¿Pedirme disculpas para salirse con la suya? Debería decirle que no me interesa, ese es su problema... No, ella tuvo el valor para venir a hacer las paces... creo que ha tenido suficiente con mucha soledad e indiferencia, además... hace rato que se me pasó el coraje...», pensó.
—Alístate, nos vamos en cinco minutos.
Ella volvió a girarse.
—¿De verdad? —dijo, feliz.
—Sí —él no pudo negarse; al hablar de la Navidad la notó cabizbaja y su voz... no pudo hacerlo. Quizá haya perdido un pleito y la cordura cuando discutieron, pero ganó en volver a ver esa sonrisa, esa ternura que emanaba en ella.
—No tardo —dijo y corrió a su cuarto, se cambió de ropa. Esa noche hacía frío. Maribel puso un suéter negro; cuando vio que tenía dos huecos, se la quitó. «No creo que haya mucho frío».
Antes de que ambos salieran, Joel se percató y le sugirió que llevara algo más sobre ella. Más de las 11:00 p.m. el frío probablemente aumentaría.
—Estoy bien así.
—No sabes lo que dices.
—Mírate, tú tampoco llevas nada.
—Pero yo puedo soportarlo.
No dijo nada; había visto a Joel llegar del trabajo y jamás tenía un suéter, y pocas veces lo vio irse y fue lo mismo.
—Espérame aquí —dijo Joel.
Cuando regresó, trajo un suéter de color azul.
—Toma. Póntelo.
Ella lo hizo con desconfianza.
—Es bonito... gracias. ¿No tenías otro color?
—No, el azul me gusta.
—¿De verdad? —dijo sorprendida.
—¿Por qué te mentiría?
Maribel no dijo nada, se dio la vuelta y salió primero de la casa. Como siempre, Joel abrió la puerta del coche para que subiera Maribel.
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Llegaron al parque Juárez. Estaba lleno de luces y venteros ambulantes, por lo que se vieron obligados a estacionar el coche a unas calles del parque. Un árbol mediano de Navidad se encontraba en medio, y mucha gente posaba tomándose fotos, mientras los niños corrían y gritaban.
Luego caminaron hacia el parque principal. Desde que se asomaron detrás del exconvento, el árbol se veía; era muy alto.
—Qué bonito —dijo Maribel entusiasmada.
Continuaron caminando hasta llegar a la explanada del exconvento.
—¿Sabes? Hace mucho que no como palomitas de aquí... ¿no quieres unas? Huele muy rico.
—Sí quiero, vamos —dijo Joel enseguida.
Maribel notaba a los niños que estaban subidos al trenecito que giraba alrededor de la explanada. Hace un año, cuando estuvo en la ciudad en esas mismas fechas de Navidad, había recordado una fotografía donde aparecía su papá y Maribel de pequeña junto a un trenecito. De nuevo lo había recordado.
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Editado: 04.03.2026