La Promesa De Mi Madre (atada a Un Extraño)

PARTE XII: NOCHE BUENA

Continuamos❤️

Para las siete de la noche, Joel salía de su cuarto bien vestido. Maribel se había bañado, tenía un short y una blusa sencilla. Estaba en la sala con la televisión encendida.

Cuando vio a Joel acercarse a la puerta, ella puso una cara de desconcierto. Su rostro lo decía todo, se puso un poco triste y la voz...

—¿Te vas?

Ella puso pausa al programa de televisión.

—Sí —dijo sin mirarla.

—¿Regresarás muy tarde?

—No. ¿Por qué preguntas? —seguía acomodándose la camisa y el reloj de mano.

Joel la miró y se dio cuenta del rostro de Maribel.

—Para que pongas la estrella... yo no llego... y para encender el árbol...

Su mirada tierna dominaba a Joel.

—Ven un momento...

—¿Ah?

—Ven...

Maribel bajó los pies del sillón, dejó el control sobre ello y se acercó.

Joel le tomó la mano derecha.

—Vendré a ponerlo y encenderé el árbol —Joel se inclinó y le dio un beso a su mano. Después le hizo giño.

Él se fue y ella estaba temblando, se tocó las mejillas, estaban tibias.

—¿Por qué hizo eso? Mi corazón... —ella llevó sus manos al pecho—, guau, late muy rápido —soltó una sonrisita—. No, no Maribel, solo son gestos que acostumbra hacer para hacerme sentir bien... él me veía igual que cuando estuvimos comiendo... ¡ay! —se tiró sobre el sillón como niña pequeña—, me confunde, ¿qué me está pasando?... ¡No! ¡Son solo ideas mías!

La cena navideña de la oficina iba bien. Todos asistieron y llevaron a sus parejas. Pablo pensó que Joel traería a Maribel; no sabía tanto como Juan, solo tenía noción de que estaba saliendo con una chica, y no la estaban pasando bien.

—La hubieses traído.

Pablo estaba a lado izquierdo de Joel.

—¿A quién? —preguntó.

—A tu novia.

—Quiso quedarse en casa, está poniendo el árbol de navidad —él sonrió.

—Entiendo.

Hora y media después de la cena, Joel dio sus últimas palabras para cerrar con broche de oro y después agradeció a cada uno por estar con él. Fue a donde la caja y pagó la cuenta; saludó al dueño, pues es su amigo.

Se despidió de todos. Iba sonriendo, con las ganas de verla sonreír, de encender el árbol de navidad con ella. Esa era la primera vez que él tenía un árbol de navidad en su propia casa. Recordó cuando su padre hacía lo mismo y su madre sonreía de felicidad. Justamente esa sensación nacía en su interior: Maribel le había hecho recordar a Ricardo y a su madre.

Pasó en algunas tiendas y después fue a su casa.

Eran las 9:45 p.m. Maribel se había sentido patética al pedirle a Joel que estuviera para el árbol de Navidad, y comenzó a desesperarse sintiendo enojo. Cuando un coche pasaba sobre la calle, Maribel pensaba que era él; cuando un taxi estacionaba, pensaba que era él. Al final se fue a recostarse en la cama, jugaba con su celular con tristeza. Los videos que veía no eran especialmente de Navidad, pero el algoritmo de internet la obligaba a ver luces de colores y árboles de Navidad en familia y canciones.

Joel estacionó el coche, se bajó y notó que no todos los focos de la casa estaban encendidos, solo la de la sala y el pasillo. No había ruido de la televisión ni esa risa que deseaba escuchar.

Maribel escuchó las llaves.

—Es él —dijo, y se levantó enseguida, dejó el celular en su tocador. Se miró al espejo, se roció un poco de perfume y se puso brillo en los labios... no cambió de ropa.

Joel miró hacia el árbol; había oscuridad. Encendió las luces que alumbraban la calle, la sala y cocina. Maribel estaba mirando desde el umbral de su puerta, solo tenía asomado la mitad de su cuerpo. Joel, desde allí, notó sus labios brillosos, su cabello largo y negro y una mirada seria; el espíritu navideño ya no estaba reflejado en ese rostro inocente y joven.

—Hola —dijo Joel, con bolsas en las manos.

—Hola...

Joel alzó los brazos mostrando las bolsas, luego las sacudió acompañado de una sonrisa cálida sin mostrar sus dientes.

Ella caminó despacio hacia la cocina.

—Pensé que no regresarías... —dijo suavemente.

—¿Por qué no? Aquí vivo —Joel le regaló de nuevo una sonrisa.

Los labios de Maribel brillaban y Joel los miraba; tuvo ganas de besarlos. Dedujo que se arregló para él, pues ella nunca usó maquillaje ni perfume dentro de la casa. Maribel bajó la mirada, miró abajo, levantaba suavemente sus pies con sus chanclas de peluche.

—Siento llegar tarde, pasé a comprar algo para que cenemos juntos —puso las bolsas sobre la mesa—, ¿en verdad pensaste que no vendría?

Maribel asintió con la cabeza, seguía mirando hacía abajo, mirando las chanclas.

—Para ti... ¿es importante la Navidad?

Ella de nuevo asintió...

—Me dijiste que pondría la estrella... no te iba a dejar mal —Joel se acercó a Maribel—, te quiero confesar algo...

Ella seguía con la cabeza abajo. «Tonto», pensó.

—Yo perdí a mis padres... hace unos años murió mi abuelo, y para honrarlo voy a tirar pan o maíz a las palomas. El abuelo que hacía eso era el padre de mi padre, Ricardo. Me quiso como su verdadero nieto. Y el padre de mi madre..., no era buena onda. Por todo eso, yo dejé de prestarle atención a la Navidad, vivo aquí desde hace años y es la primera vez desde entonces que tengo un árbol de Navidad en mi casa, tú me recordaste lo bonito que se siente...

Joel se acercó y abrazó a Maribel.

—Gracias —le dio un beso en la cabeza.

Maribel abrazó a Joel. Ella sintió como el cuerpo de él tiritó. Joel estaba nervioso, tuvo miedo de ser rechazado... pero era real, seguía temblando.

—Pondré la estrella.

Maribel asintió de nuevo con la cabeza, secándose las pequeñas lágrimas. Pensó que también Joel, la decepcionaría.

Joel tomó la estrella y la encendió, le bastó con solo estirarse y colocarla. Luego conectó el enchufe de las luces de colores a la extensión eléctrica.

El árbol encendió junto con el sonido de navidad.




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