Continuamos.
Al día siguiente, como ya se estaba acostumbrando Maribel, preparó el desayuno antes de que doña Fátima llegara. Estaba emocionada de ir a su pueblo después de mucho tiempo. Eran las siete y media de la mañana y aún no llegaba doña Fátima. Joel y Maribel desayunaron.
Joel le dijo a Maribel que era momento de salir rumbo al pueblo, segundos después recibió un mensaje de doña Fátima: Pronto llegaré.
Joel condujo en dirección del pueblo. Maribel estaba inquietada, puso música y contó cuántas canciones se reproducían antes de llegar a su destino. Solía hacerlo, una manera de matar el tiempo. Después de contar las canciones, las multiplicaba por tres, los minutos por las que duran en promedio. Llegaron al pueblo después de la quinta canción.
—No quiero ver a mi tía.
Joel entendió y no pretendía convencerla que debía hacerlo. Condujo hasta el cementerio con indicaciones de ella. Al llegar, Maribel se bajó con dos ramos de flores y Joel caminaba despacio detrás de ella. Llegaron casi al fondo del cementerio y pronto estaba frente a las lápidas. Joel permanecía atrás, a unos metros de ella.
—Hola, mamá, papá —contuvo las lágrimas—. Perdónenme por no haber venido antes. Pasaron muchas cosas, unas buenas y otras malas —sonrió, sus ojos ligeramente humedecidos—. Los extraño mucho. Me gustaría tenerlos aquí conmigo y que conocieran a Joel, bueno, mamá ya lo conoce —hizo una pausa—. Él ha sido bueno conmigo, me ha tratado muy bien y… mamá, siempre tuviste la razón… hay hombres tontos y otros que no —volvió a sonreír, las lágrimas comenzaban a caer delicadamente—. Creo que también tuviste razón, todo este tiempo Joel se portó lindo conmigo, ahora lo respeto y creo que me gusta. Él no es un tonto, es como papá. Hubo momentos en los que él me recordó cómo eran ustedes dos, felices como esposos. ¡Ah! Me tiene confundida, pero no he venido hablar de eso… Quiero que sepan que siempre estarán en mi mente y mi corazón. Tuve a los mejores padres.
Maribel se arrodilló y colocó un ramo de flores en cada tumba.
—Me voy, regresaré pronto. Denme su bendición desde arriba, los amo —se secó las lágrimas.
Logró controlarse y no caer de rodillas; consideró que ya había llorado lo suficiente por ellos, muchas noches en casa de Joel. Se había prometido que no lo haría frente a ellos, quería que la vieran desde el cielo feliz, sonriente. Para que ellos no estuvieran tristes.
Maribel caminó junto a Joel hasta llegar al coche. Ella abrió la puerta y entró, sin darle tiempo a Joel para actuar como un caballero.
—¿Podemos ir a ver a mi amiga? Creo que le debo una disculpa.
—Sí. Solo indícame por dónde ir.
Rodearon el parque hasta ir al otro lado, detrás de la comisaría.
—Es aquí.
Joel estacionó, levantando un poco de polvo.
—Estoy nerviosa, no la quiero ver molesta… es mi amiga.
—Si no hiciste nada malo, no lo estará. Además, si es tu amiga, sabrá perdonarte lo que hayas hecho…
—No es nada malo… —lo miró—, lo haré.
Maribel bajó del coche, y Joel esperó a que ella caminara hacia adelante. Maribel avanzó hasta el patio, donde la puerta estaba abierta.
—Espérame aquí —dijo—. ¡Buenas tardes! —gritó y golpeó la puerta, sintiendo escalofríos.
Alguien apareció desde lejos, solo miró. Maribel, estando a esa distancia con oscuridad en el interior, no pudo reconocer si era su amiga o no.
—¡Voy!
La silueta caminó hacia ella, cargando algo en brazos. Cuando ambas mujeres se vieron, se sorprendieron. Unos niños se acercaron a Joel, empezaron a platicar con él y querían jugar.
—¡Maribel! ¡Amiga! Pasa, pasa, allí está la silla.
—Gracias —sonrió.
Cuando Maribel estuvo dentro de la casa, no pudo evitar abrazarla. Luego se sentaron.
—Lucía, te ves bonita.
—Tú igual, mirate. ¿Viniste con tu galán? —dijo sonriendo.
—¿Eh?
—Ya todo el pueblo sabe…
Maribel enmudeció unos segundos.
—¿Qué saben?
—Tu tía… —cuando Lucía mencionó esas palabras, Maribel entendió que todos sabían—. Contó lo que pasó contigo. Debería estar molesta contigo porque nunca respondiste mis mensajes, somo amigas y eso en verdad me dolió.
—Por eso estoy aquí, perdón.
—No te preocupes, debiste sufrirlo y creo que no querías hablar con nadie.
—Sí. Me enoja mi tía. Pero no he venido hablar de ella… ¿Y ese bebé?
—Es mío.
—¡¿En serio?! ¡Es muy bonito!
—Es niño.
—¿Dónde está Marcelino?
—No sé, hace mucho que no lo veo.
Maribel comenzaba a arrepentirse al preguntar.
—Amiga, ¿te dejó con el bebé?
Lucía soltó una risotada.
—¡No!
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Editado: 19.04.2026