La Promesa De Mi Madre (atada a Un Extraño)

PARTE VII: EL ACECHO DE ESTEBAN....

Cotinuamos....

La siguiente semana, Joel estuvo encerrado en su despacho: leía libros, componía canciones, jugaba videojuegos, incluso un día Maribel dijo querer jugar y él le enseñó.

Otro día ella lo escuchó cantar una canción con la guitarra:

«Yo quiero cambiar de corazón, el que tengo es un gran idiota, no supo valorar un amor, merece bien está derrota…»

Maribel recordó haberla leído. Entró a la habitación y Joel se detuvo. Tuvo las ganas de preguntarle si su canción que le pidió ya está terminada y que deseaba escucharla.

Sin darse cuenta, ella había aceptado permanecer en casa encerrada, no le molestó no salir a cada semana en algún lugar como: parques del centro de la ciudad, el zoológico o algún otro evento. Estaba satisfecha con las pocas salidas que ha tenido todo ese tiempo que vivía en casa de Joel. Además, en alguna parte de su corazón, temía que al salir a solas o con Joel, se encontrara con Esteban. Si ella salía con Joel, no sabía con precisión lo que pudiera pasar esta vez si por alguna razón ellos dos cruzaban miradas. Estaba más preocupada por lo que le pudiera pasar a Joel.

Maribel se acostumbró a la rutina de Joel, comprendiendo que la mayoría de su tiempo era el trabajo en la oficina y a veces en casa, ahora creyó firmemente que en verdad era posible que él nunca se fuera de vacaciones. Ella no rechazaba la idea de ese tipo de vida, después de todo, su costumbre era ser mujer hogareña, cuidar de una familia.

En una ocasión, mientras ellos dos miraban la televisión, Joel rectificaba en su mente los días, dándose cuenta de que, entre más tiempo convivía con Maribel, más rápido se acercaba el día pactado. Él se preguntaba si ella pensaba en ese día. La observaba estando a su lado, viendo la película, soltando sonrisas y carcajadas. Deseaba tanto estar dentro de su mente para saber lo que ella pensaba. Disfrutaba mirándola, siendo feliz. Y pensaba mucho en lo que Juan le había dicho.

En uno de esos momentos en la que batallaba contra su mente tomando decisiones, ella, con toda confianza recostó su cabeza en las piernas de él. Joel se asustó e intentó ocultar la cara de sorpresa. Ella se reía, tenía el dedo en sus labios. Por falta de voluntad en no hacer nada, él comenzó acariciarle los cabellos. Ella prestaba más atención al programa de televisión. Al igual que Joel, Maribel, por falta de voluntad llevó su mano a la cabeza de él; cerca de la oreja comenzó a tocarle mientras seguía viendo la película. Ella miró a Joel, quien ahora estaba viendo el programa, lo que ella no supo fue que él lo hizo en un rápido movimiento para que sus miradas no chocaran.

Cuando terminó la película, él dijo irse a bañar. Ella se quedó sola sentada, se le apagaba la sonrisa, se abrazaba y hundía todo el cuerpo en el sillón. Luego se llenaba de entusiasmo y decía con convicción:

—No importa, yo esperaré… se dará cuenta de que yo… estaré lista cuando él decida.

Se levantó con energías recargadas y se fue a su cuarto a escuchar música, ahora bailaba y se recostaba en la cama con el oso de peluche.

—Es un poco tímido, creo que me gusta así… —podía oír latir su corazón—. Cuando se anime, lo llenaré de besos —abrazaba el oso de peluche con fuerza y se imaginaba los besos con él.

El primer domingo de septiembre, Joel fue invitado a un partido de béisbol, invitó a Maribel, pero ella se negó. Prefirió quedarse en casa para ver películas, aunque en realidad quería hacer algo a escondidas para que Joel no supiera, y ese día era su gran oportunidad. Joel dijo que iría a casa de Juan y luego al súper por despensa. Los dos acordaron ocuparse con sus cosas y, antes de que Joel se fuera, ella le dijo:

—Cuídate, te estaré esperando. Le dio un beso en la mejilla.

Ella notó que Joel no tuvo ninguna reacción positiva.

Más tarde, Maribel limpiaba su cuarto y recibió un mensaje de texto. Tomó el celular pensando que era el de Joel. Revisó y leyó: Hola corazón. Sintió arrepentimiento de haberlo leído. Sintió una especie de temor, no sabía cómo reaccionar a ese mensaje.

Esteban: ¿Amor?

Maribel seleccionó el chat, buscó la opción de eliminar. Dudó si realmente quería hacerlo. Se enojó como si él estuviese frente de ella. Pensó que ese era el momento de hacerle un reclamo por lo que hizo, por no cumplir una promesa que hizo, una promesa de cambio. Sacudió su cabeza y se preguntó con coraje: «¿Me lo prometió? O solo fui yo quien lo pensó en ese momento. Solamente le pedí que cambie… pero él dijo que lo hará… ¿lo prometió? Yo soy la estúpida que siempre se imagina tantas cosas… como hacer un cambio». Sacudió la cabeza y pensó que ahora ya no tiene sentido seguir en la misma situación. Recordó la promesa que le hizo a Joel: «Te respetaré».

Esteban: Te extraño.

Maribel: Hola.

Esteban: ¿Estás molesta?

Maribel: ¿Tú que crees?

Esteban: Mmm, lo siento. Lo he pensado mucho y quiero cambiar. Estoy arrepentido.

Maribel: Puras mentiras… no sé cómo fui una estúpida… estaba loca, enamorada de ti, creo que eso me ciega… como dicen: El amor es ciego. ¡Pero ya no!

Maribel tuvo sentimiento encontrados, pronto tenía los ojos llorosos. Mientras escribía, su corazón se destrozaba, le dolía. Su amor que creyó estar siempre a su lado resultó ser un fiasco, una decepción. Realmente ella deseaba tener un solo amor y permanecer toda una vida con ese amor. Un único amor. Había escuchado que algunas personas se casaban y morían con su primer amor, como su mamá. Ella deseó eso, tener solo a un hombre en su vida, un solo hombre a quien procurar, amar, esperarlo de día y pasar noches de amor, vivir una vida y que cuando le preguntaran que, si él ha sido el primero y el único amor de su vida, ella respondería con felicidad y orgullo: SÍ.




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