La Promesa De Mi Madre (atada a Un Extraño)

PARTE VIII: EN EL HOSPITAL

¡Me perdí por el trabajo, pero aquí está la parte 8! ¡Saludos a todos por esas más de 1k de vistas!

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Esteban llegaba a la terminal, Maribel estaba de salida.

—Hola —dijo Esteban, faltándole el aire.

—¡¿Dónde estabas?! Llevo mucho tiempo esperándote.

—Sí, tuve que hacer algo urgente —jadeó.

—Esteban… mírate nada más, has cambiado —dijo Maribel sorprendida.

Él había perdido peso y los ojos los tenía bien abiertos y se veían un poco hundidos. Ella sospechaba que la única forma de estar en esas condiciones era el consumo de drogas.

—¿Qué te importa… trajiste lo que te pedí?

—Te desconozco, mírate, estás nervioso.

—¡Maldita sea, solo dame lo que te pedí…!

Maribel se espantó.

—Estás con las personas equivocadas —dijo Maribel.

Ella pensó que había suprimido ciertas emociones y sentimientos hacia él antes de llegar a la terminal. Se le apachurró el corazón de verlo así. Después de todo, le tenía un cariño muy grande que no desaparecería en unas horas o días.

—Ese no es tu problema.

—Tienes razón, no lo es. Me das lástima… No te daré nada, me largo de aquí… —dio unos pasos hacia adelante, se detuvo y se dio media vuelta—. ¡Ah! Y no te perdono lo que le hiciste a Joel en diciembre.

—¡Oye, espera! —dijo Esteban y agregó—: ¿Te enamoraste de él?

Maribel silenció enseguida.

—Dime, ¿te enamoraste? —repitió Esteban.

Maribel se mantenía en silencio, su mirada estaba fija en él, sorprendida y un poco sonrojada.

—¡Ja! ¿Lo amas? ¡Responde!

—No tengo por qué hacerlo…

—Maldita… —dijo enojado entre dientes—, maldita zorra, lo sospechaba…

Maribel arrugó el ceño.

—Última vez que me haces esto en público, última vez que me avergüenzas…

—¡No me importa…! —soltó una risa burlona.

—No sé cómo te convertiste en esto… yo te amaba, te quería, te defendí todas las veces y no hiciste nada por seguir manteniendo lo nuestro… creo que tú… nunca me amaste como decías… —Maribel soltó lágrimas de dolor y el nudo en la garganta aparecía.

Esteban dio unos pasos para alcanzarla, cuando ella comenzó a hablar, se detuvo.

—Me voy, quédate con lo que tienes —sentenció y con una mirada furtiva y lágrimas agregó—: Tú ya no estás en mi corazón… solo guardé en mi mente unos recuerdos de nosotros, de cuando fuimos felices… o más bien cuando yo fui feliz.

Maribel se giró decidida a marcharse. Esteban con arrebato se quitó la pulsera y se la aventó a ella, golpeándole la cabeza.

—¡Vete con él! Zorra —dijo encolerizado, luego su tono de voz se escuchó triste—, vete, corre con él… ve en su mundo de fantasía —alzó sus brazos acompañados de sacudidas, movimientos exagerados y de burla. Luego las bajó—. Pero nunca lo amarás como a mí —levantó su brazo derecho para señalar a Maribel y después se señaló a sí mismo…

Esteban se fue a la sala de autobuses con prisas. Ella se inclinó para recoger la pulsera mientras se secaba las lágrimas. «Dije no volver a llorar, estúpida», pensó.

Antes de llegar Maribel a casa, a unos metros vio que estaba a oscuras. Abrió la puerta, estaba sola y le pareció que el lugar era tenebroso e imaginó que hay pantanos y que al pisar ella se hundiría. Quizá lo imaginó por cómo se sentía: Enojada consigo misma, miedosa, triste, decepcionada.

La vecina gritaba su nombre repetidas veces. Maribel miró a la señora.

—Hola, hija —dijo la anciana.

—Hola, doñita, ¿pasa algo?

La viejita marcó un rostro desconcertante.

—¿No estás enterada?

—¿De qué? —dijo ella

—¡Válgame Dios! Joel…

Maribel se acercó a ella.

—¿Qué pasa con él? —preguntó, y al ver la cara de la viejita, su sentido de mujer le hizo sentir un temor.

—Fue atropellado…

—¡¿Qué?! ¿Dónde? —dijo Maribel asustada, preocupada, el corazón se le salía—. ¿Dónde está?...

—En el hospital, pero no sé cuál… solo escuché del accidente por los demás vecinos.

Maribel, sin importarle dejar abierta la casa y dejar a la viejita allí parada, corrió en dirección del preescolar…

Juan frenó en seco y sin querer asustó a Maribel.

—¿Dónde vas?

Maribel reconoció a Juan.

—Es Joel…

—Lo sé, vengo por algo de ropa… tú me lo podrías dar…

Maribel estaba atónita. Juan le gritaba una y otra vez: ¡Ey! ¡Ey!

—¿Me llevas a donde él está? —dijo al fin.




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