Capítulo 21— Revelando el dolor de su niñez
A Dante le encantaba mirarla mordiéndose los labios mientras trabajaba en un crucigrama. Cuando caminaba por la casa, tranquila, relajada, sintiéndose bienvenida, aceptada.
Le encantó el sonido de su risa cuando una ola lo atrapó y lo empapó de la cabeza a los pies. Le encantaba despertarse con ella en sus brazos y dormirse con ella en ellos por la noche después de hacer el amor intensamente, o simplemente después de pasar una velada frente al televisor, e incluso después de un paseo por la playa.
Sabía que no era el hijo de ella, no biológicamente, y sí, él desesperadamente deseaba que lo fuera, pero días atrás, cuando sintió como un pie diminuto o tal vez un codo se le clavó en la palma de la mano, de repente pensó: Rachel es la razón por la que esta preciosa vida existe.
Y había imaginado a su hijo saliendo de su vientre, alimentándose con avidez de su pecho, y su corazón se había llenado de una alegría casi inimaginable.
— Amore mio, —susurró. —Soy muy dichoso de tenerte y me siento tan feliz.
Y su Rachel había sonreído, acercando su boca a la de ella, le mostró con sus labios, con su cuerpo, que ella también era feliz.
¿De verdad pensaba ella que él creería que estaba llorando en sus brazos sólo porque era feliz? Algo la preocupaba, la angustiaba. Algo que le había estado ocultando demasiado tiempo.
Con cuidado la levantó en sus brazos y la llevó por la playa, hasta dejarla bajo el toldo azul oscuro de la enorme cabaña que construyó después de heredar Almalfi, y donde comenzó a pasar la mayor parte de su tiempo en la isla. La sentó en un sillón, entró en la cabaña, sacó una caja de pañuelos, le secó los ojos y le acercó uno a la nariz.
— Suena—dijo él.
Ella lo hizo.
Dante casi se rió de que su elegante Rachel pudiera sonar como un ganso tocando la bocina, pero un hombre que se reía cuando su mujer lloraba merecía cualquier castigo que recibiera a cambio. Después de un tiempo, sus lágrimas se detuvieron.
— ¿Estás mejor?
Rachel asintió.
— Muy bien. —Dante se acuclilló frente a ella y tomó sus manos entre las suyas. —Ahora dime por qué lloras. —Le rozó la boca con la suya. —La verdad, cariño. Es el momento, ¿no lo crees?
Rachel levantó la cabeza.
— Sí, Dante, tienes razón —dijo ella. —Es hora de que lo sepas. —Hizo una pausa. —Yo no he sido francamente honesta contigo.
Dante asintió.
— Está bien, continúa.
El rostro de Rachel se veía tan pálido. Que él la volvió a besar de nuevo, poniendo su amor, su corazón, en el beso.
— Sea lo que sea—dijo ella en voz baja—, te seguiré amando; nada podrá cambiar mis sentimientos hacia ti.
¿Lo haría él? Rachel respiró para tranquilizarse. —Te dejé pensar que un hombre, un hombre me lastimó y esa es la razón por la que tenía miedo al sexo. — Sus palabras salieron apresuradas.
La sonrisa de Dante se ladeó.
— ¿Pero?
— Pero, pero fue mi culpa —dijo ella, con una voz tan suave que apenas era un susurro. —Quiero decir, me hizo daño, pero...
— Si alguien te lastimó, ¿cómo podría ser tu culpa?
— Allison me lo dijo; nunca dejó de recordármelo. Yo fui la única culpable de mi situación, en ese entonces.
Rachel dio un profundo suspiro. Ahora, más que nunca, necesitaba toda la fuerza del mundo para deshacerse de la pesadez de la culpa que arrastraba desde hace años, como una losa sobre su corazón, aplastando sus sentimientos.
Y como un manantial que se desbordaba precipitadamente, ella empezó por el principio. Desde la muerte de su propio padre. El casamiento de su madre con el padre viudo de Allison un par de años después.
Y de cómo se dejó convencer por Allison para conseguirle un bebé. Un bebé que la uniría para siempre con su amante. Con Dante Lombardi.
— Lo quise casi tanto como había querido a mi verdadero padre, Dante. Fue un buen hombre con nosotras. Mi madre volvió a ser feliz—dijo ella. Su voz temblaba. —Pero… pero cuando él murió, cuando ambos murieron, mi madre y mi padrastro...
— Por favor, cariño. Detente si te duele hablar de ello. —Le insistió él.
— Pero necesitas saberlo, Dante. Yo lo necesito; necesito decírtelo—insistió ella.
Él asintió, apretando ligeramente su mano.
— Estoy escuchando, tesoro.
— Fue una situación casi insoportable. Me sentía sola, asustada, perdida, abandonada. Gracias a Dios que tenía, que tenía a Allison.
— Allison. —dijo él, torciendo la boca. —Allison era la persona menos indicada para Rachel, pensó.
— Yo solo era una niña; tenía diez años, entonces. Allison tenía catorce. Reconozco que nunca habíamos sido cercanas, quizás por la diferencia de edad, o al menos eso supuse, pero cuando nuestros padres murieron... —Rachel tragó saliva. —Nos pusieron a las dos en un hogar de acogida. Juntas. Y Allison lo fue todo para mí en ese tiempo. La necesitaba. Necesitaba su compañía, su cercanía; me sentía orgullosa de su braveza y quise ser como ella. Allison era, ella fue mi...
— ¿Tu salvavidas?
Y allí estaba. Esa era la misma palabra que había usado Allison.
Rachel no pudo más que asentir.
— Sí, así me sentía con ella.
— ¿Y?
— Y entonces pasamos de un lugar que estaba bien a otro que no lo estaba. Y me acusaron de robar dinero, algo que nunca hice.
Dante tiró de Rachel desde la silla y la colocó en su regazo.
— No tienes que contarme nada de eso —dijo, tratando de que ella no escuchara la ira en su voz, la ira de un hombre que imagina a una niña arrojada a un sistema estatal, sola y no deseada.
— Lo juro, Dante, no había robado el dinero. No sé quién lo hizo, pero por eso me pusieron en el centro de menores por un tiempo.
Dios, su corazón se iba a romper. Y Dante sabía, sin lugar a dudas, quién había robado el dinero y había dejado que Rachel asumiera la culpa.