EPÍLOGO
Cinco años después...
El viento del Mediterráneo seguía oliendo a sal. Rachel apoyó los codos sobre la barandilla de la terraza mientras observaba el pequeño velero blanco que avanzaba lentamente hacia la costa de Amalfi.
—Mamá...
Rachel sonrió antes incluso de girarse. Aquella voz seguía siendo el sonido más hermoso que había escuchado jamás.
—¿Sí, tesoro? —El pequeño Alexis apareció corriendo por el jardín con un cachorro de labrador detrás de él.
—Papá dice que no puedes esconderte porque hoy es tu cumpleaños.
—Ah, ¿sí? — Rachel soltó una carcajada.
—Y dice que, si no bajas ahora mismo, él y yo nos comeremos toda la tarta. —Alexis asintió con una seriedad que le resultó imposible no encontrar divertida.
—Tu padre lleva diciendo eso desde hace una hora —añadió Rachel, sonriendo. Conociendo a Dante, seguramente llevaba todo ese tiempo intentando convertir al pequeño en su cómplice.
—Pero esta vez va en serio. —El niño sonrió con la misma arrogancia encantadora que había heredado de su padre.
Rachel negó con la cabeza mientras lo tomaba en brazos. Cinco años atrás jamás habría imaginado aquella escena. Había pasado media vida creyendo que no merecía ser madre. Que no merecía ser amada. Que la culpa era una segunda piel imposible de arrancar.
Y, sin embargo... Allí estaba. Con un hijo que la abrazaba como si fuera el centro de su universo. Y un hombre que jamás dejó de recordarle que nunca tuvo que pedir perdón por sobrevivir.
—Te encontré. —La voz grave de Dante la envolvió incluso antes de sentir sus brazos rodeándole la cintura.
Rachel cerró los ojos. Seguía ocurriéndole cada vez que él la abrazaba. Era como si, por un instante, aquella muchacha asustada hubiera desaparecido para siempre, dejando en su lugar a la mujer que había aprendido a vivir sin miedo.
—¿En qué piensas, amore mio?
Ella giró el rostro y besó suavemente su mejilla.
—En que fui muy afortunada.
Dante sonrió, pero negó despacio con la cabeza. Había escuchado aquella misma frase demasiadas veces para dejarla pasar.
—No.
—¿No? —Rachel lo miró, sorprendida.
—La fortuna fue mía. —Fue la respuesta de Dante.
Rachel sintió que una sonrisa le curvaba los labios. Dante seguía siendo incapaz de aceptar que ella pudiera considerarse la afortunada de aquella historia.
—No sé si estoy de acuerdo contigo.
—No tienes que estarlo. —Dante rozó su mejilla con los dedos—. Solo tienes que dejarme pensar que tengo razón.
Rachel quiso responder, pero no pudo. Su hijo empezó a protestar desde sus brazos.
—¡Basta de besos! —dijo Alexis.
Los dos rieron y Dante despeinó al pequeño.
—¿Celoso?
—¡Sí!
Alexis lo dijo con tanta convicción que Dante tuvo que contener una carcajada.
—Entonces ven aquí.
Lo levantó en brazos con una facilidad insultante. El pequeño rodeó enseguida el cuello de su padre mientras Rachel los observaba.
Aquella imagen... Aún le parecía un sueño.
Había pasado tantos años imaginando una familia que, ahora que finalmente la tenía, una parte de ella seguía temiendo despertar y descubrir que todo había desaparecido.
Dante levantó la vista y la encontró llorando otra vez, pero no dijo nada. Nunca preguntaba por qué, simplemente había aprendido que algunas lágrimas no necesitaban preguntas. Solo necesitaban que él estuviera allí y caminó hasta ella y le besó la frente, como siempre.
—Sigues haciéndolo.
—Creo que nunca dejaré de hacerlo. —dijo Rachel, sonriendo entre lágrimas.
Dante la observó durante unos segundos. Conocía demasiado bien aquella sonrisa para no saber que detrás de ella todavía había recuerdos.
—Espero que no.
—¿Por qué? —Rachel alzó la mirada hacia él.
Dante tomó su mano y entrelazó los dedos con los suyos.
—Porque cada lágrima tuya ahora significa que eres feliz.
Rachel sintió que el pecho se le encogía.
Durante años había llorado por razones muy distintas. Por miedo. Por culpa. Por todo aquello que había perdido, pero ahora podía llorar simplemente porque era feliz.
Ella apoyó la frente contra la suya. Dante tenía razón, aquellas ya no eran lágrimas de miedo… Eran lágrimas de paz.
—Mamá…—dijo el pequeño Alexis, tirando suavemente de la manga de Rachel.
Ella se apartó un poco de Dante y acarició el cabello de su hijo.
—¿Sí?
—¿Sabes una cosa? —Alexis la miró con una expresión extrañamente seria para un niño de su edad.
Rachel sonrió.
—¿Cuál?
—Cuando sea mayor... quiero querer a alguien como papá te quiere a ti. —El pequeño miró a su padre antes de volver los ojos hacia ella.
Rachel dejó escapar el aire lentamente.
Aquellas palabras llegaron mucho más profundamente de lo que Alexis podía imaginar; durante mucho tiempo había temido que su hijo heredara sus heridas, que algún día comprendiera todo aquello por lo que ella había pasado y cargara también con ello.
Pero en aquel momento supo que no era eso lo que estaba aprendiendo… Estaba aprendiendo a amar.
Dante cerró los ojos durante un instante; Rachel lo miró y comprendió que aquellas palabras también habían conseguido tocarlo y cuando volvió a abrirlos, sus miradas se encontraron.
No necesitaron decir nada; el mundo entero dejó de existir.
Solo estaban ellos. Su familia…y la promesa que un día los había unido ya no eran una carga. Era un hogar.
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Nueva York.
La lluvia golpeaba los ventanales del ático de Rinaldi De Luca. Eran las tres de la madrugada y no podía dormir. Nunca lo hacía cuando los recuerdos decidían visitarlo; sobre el escritorio descansaba una única fotografía.
Dante junto a Rachel y el niño, riendo entre los dos.
Rinaldi sonrió apenas un segundo.
—Idiota… —murmuró, negando ligeramente con la cabeza. A pesar de todo, aquella imagen conseguía arrancarle una sonrisa cuando menos lo esperaba. —Al final sí encontraste aquello que todos buscábamos.