La Sociedad de los Elegidos

PROLOGO

Las leyes del universo dictan que la materia jamás se destruye; tan sólo se transforma, dispersándose en el vacío en un eterno e insensible desorden. Las estrellas colapsan en silencio, cediendo ante una gravedad que las devora desde dentro, obligadas a soportar un peso para el que nunca fueron hechas.

A veces pienso que mi vida funciona de la misma manera.

Desde muy pequeña aprendí que la pérdida era una constante. Una ecuación imposible de resolver. Tenía dos años cuando un accidente ocurrido durante un congreso de física nuclear acabó con la vida de mis padres. No recuerdo sus voces. Apenas conservo fragmentos borrosos de sus rostros, fotografías y algunas historias que otras personas me contaron durante años.

Durante mucho tiempo intenté comprender por qué.

¿Por qué ellos?

¿Por qué aquel accidente?

Nunca encontré una respuesta.

Supongo que por eso terminé refugiándome en la física.

Las leyes del universo eran exactas. Crueles, a veces, pero exactas. Todo tenía una causa. Todo obedecía a algo, incluso cuando nosotros no éramos capaces de comprenderlo.

Me gustaba pensar que, si estudiaba lo suficiente, algún día podría entender las cosas que el resto del mundo parecía aceptar sin cuestionar: El tiempo, la materia, la gravedad, la muerte.

Quizá entonces también encontraría una explicación para mí, pero algunas cosas no obedecían a ninguna ley que yo conociera.

Mis sueños por ejemplo, hacía años soñaba con lugares que nunca había visitado: pasillos interminables, muros de piedra húmeda, un olor metálico impregnando todo. Voces, siempre voces a veces eran desconocidos y otras veces eran ellos: mis padres.

Me llamaban desde algún lugar al que nunca lograba llegar, cada mañana despertaba intentando convencerme de que solo eran pesadillas. El cerebro era capaz de crear cosas extrañas, especialmente cuando uno había pasado demasiado tiempo estudiando fenómenos que apenas comprendía.

Eso era lo que me repetía una explicación lógica, siempre había una explicación lógica.

Conseguir un puesto en uno de los centros de investigación más importantes de Londres debía haber sido el comienzo de algo nuevo. El primer paso hacia la vida que llevaba años imaginando.

En cambio, mi realidad consistía en organizar archivos, servir café y observar cómo personas mucho menos preparadas que yo discutían sobre teorías que apenas comprendían.

Mi existencia se había convertido en una rutina gris: deudas, trabajo, insomnio, pesadillas y una sensación constante de estar esperando algo. No sabía qué, solo sabía que estaba ahí como una ecuación incompleta.

Como una respuesta escondida en algún lugar del universo, esperando a que alguien hiciera la pregunta correcta. Lo que todavía no sabía era que algunas preguntas jamás deberían hacerse.

Porque no todos los enigmas están destinados a resolverse. Algunos están diseñados como trampas para atrapar a quienes hacen demasiadas preguntas.




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