A mi alrededor solo hay muros viejos de piedra húmeda. El espacio se vuelve cada vez más estrecho. Un líquido espeso y oscuro comienza a brotar de las paredes, deslizándose lentamente hasta cubrir el suelo. El olor a metal invade el aire, intento moverme pero mis pies comienzan a hundirse.
La desesperación crece dentro de mí, entonces lo escucho.
Un sonido ensordecedor me atraviesa y me deja completamente paralizada.
Son voces, las voces de mis padres.
Lejanas y distorsionadas por el eco de aquellos malditos pasillos.
—Elizabeth...
Giro desesperadamente, intentando encontrarlos.
—¡Elizabeth!
Pero no están.
Solo hay fuego.
Las llamas avanzan con furia, devorando todo a su paso. Quiero correr hacia las voces. Quiero gritarles. Decirles que estoy aquí.
Pero mi cuerpo no responde, el calor se vuelve insoportable.
Las llamas me rodean y siento que me consumen.
Y, durante un segundo, siento algo peor que el miedo.
Alivio.
Porque si el fuego termina conmigo, al menos las voces dejarán de llamarme.
Me levanto de golpe.
Mi pulso es errático y estoy cubierta por una capa de sudor. Trato de respirar hondo y calmarme. Solo fue una pesadilla....la cual debería parecerme familiar porque todos los días es igual, pero no puedo eliminar esa sensación de mi cuerpo, como si de verdad me estuviera quemando viva.
Son las 5:00 a.m. Es hora de empezar el día.
Me levanto de la cama con torpeza y camino hacia el pequeño balcón. Abro la puerta y el clima gélido, húmedo y gris me envuelve de inmediato.
Dejo que el viento helado golpee mi piel sudorosa; sentir cómo mis dedos y mis manos se entumecen poco a poco es la única forma de apagar el eco que dejan mis pesadillas y volver a la realidad.
Diez minutos después, con el cuerpo y la mente fríos, me preparo un café bien cargado mientras termino de vestirme.
Otra de las razones por las que amo el invierno es porque puedo usar abrigos largos que cubren todo mi cuerpo aunque hacen resaltar mi cara pálida, pero me siento bien al usarlos. Tal vez esté loca, pero no quiere decir que no me pueda vestir bien.
Salgo de mi apartamento y me dirijo al trabajo, absorta en mis pensamientos y esa constante duda de todas las mañanas: ¿Será hoy el día?
Quizás hoy, por fin, el doctor Henderson y su equipo decidan dejar de tratarme como una simple secretaria que está de adorno.
Tal vez hoy me permitan aportar algo real al proyecto de electromagnetismo, demostrarles que no pasé años estudiando física teórica solo para organizarles los archivos y servirles café.
Mi edificio está relativamente cerca del King 's College, así que prefiero caminar. Al llegar al centro de investigación saludo a Arthur, el guardia de seguridad. Es un señor amable a comparación del resto de personas que deambulan por el lugar.
—Buenos días, señorita Vane. ¡Vaya clima! —me dice con una sonrisa cálida que suaviza un poco la tensión en mi pecho.
—Buenos días, Arthur —le respondo, devolviéndole el saludo antes de tomar el ascensor.
Cuando llego a la oficina, descubro que mi molesto compañero de trabajo ya me está esperando para fastidiarme. Andrew se recuesta perezosamente contra mi escritorio, sosteniendo una taza de cafe con esa típica sonrisa cínica que me revuelve el estómago.
—Vaya, Elizabeth. Pensé que hoy te habías quedado dormida o que habías decidido rendirte con lo del proyecto —dice con su tono habitual—. El doctor Henderson lleva diez minutos buscando sus informes y, claro, su café no se va a preparar solo.
Lo miro un segundo con desprecio antes de dejar mi bolso sobre la silla.
—Tranquilo, Andrew. Sé que para alguien cuya capacidad mental se reduce a hacer fila para conseguir café esto puede parecer magia, pero los adultos podemos hacer varias cosas a la vez. De hecho, tus informes de resonancia ya están listos... a menos que necesites que te los dibuje con crayones para que los entiendas.
Andrew parpadea, con la sonrisa congelada a medio camino. Antes de que le dé tiempo a formular una respuesta indignada, le doy la espalda por completo. Lo ignoro olímpicamente, inclinándome sobre el archivador para buscar los expedientes y los análisis que ha pedido el comité. Siento su mirada clavada en la nuca, ardiendo de frustración por no haber conseguido sacarme de mis casillas.
Al ver que no le voy a dar el gusto de seguir discutiendo, se acerca a mí con pasos pesados, invadiendo mi espacio personal mientras rebusco entre las carpetas.
—No te hagas la graciosa, Vane —sisea cerca de mi oído, bajando la voz para que los demás no escuchen—. Eres excelente organizando carpetas y sirviendo café, pero es una lástima que cuando te den una oportunidad real de hacer física de verdad, ya estés demasiado vieja para entender los números.
El café que llevo en el termo pesa demasiado en mis manos. Las ganas de estamparle el líquido hirviendo en medio de esa cara de imbécil son una tentación divina, pero me limito a enderezar la espalda con una tranquilidad casi siniestra, girándome para mirarlo directamente a los ojos, con una frialdad absoluta.
—Guarda esos consejos para tus propios cálculos de resonancia, Andrew. Los últimos que hiciste tenían un error de desfase del cuatro por ciento que tuve que arreglar anoche en una servilleta para que no hicieras el ridículo frente al comité.
Su rostro enmudece. Sus ojos se abren de par en par al darse cuenta de que sé exactamente lo mediocre que es. Antes de que pueda articular una sola palabra para defenderse, la puerta del despacho del doctor Henderson se abre de golpe.
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Editado: 28.08.2026